España - Madrid

En ocasiones veo Rossinis

Germán García Tomás
lunes, 18 de octubre de 2021
La Cenerentola © 2021 by Javier del Real La Cenerentola © 2021 by Javier del Real
Madrid, martes, 5 de octubre de 2021. Teatro Real. La Cenerentola. Música de Gioacchino Rossini. Libreto de Jacopo Ferretti. Coproducción de Den Norske Opera de Oslo y la Opéra National de Lyon. Dirección musical: Riccardo Frizza. Dirección de escena: Stefan Herheim. Escenografía: Stefan Herheim y Daniel Unger. Figurines: Esther Bialas. Iluminación: Phoenix (Andreas Hofer). Vídeo: Fettfilm - Torge Moller. Reparto: Karine Deshayes (Angelina), Michele Angelini (Don Ramiro), Borja Quiza (Dandini), Nicola Alaimo (Don Magnífico), Rocío Pérez (Clorinda), Carol García (Tisbe), Riccardo Farsi (Alidoro). Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real. Director del coro: Andrés Máspero. Ocupación: 80%.
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La Cenicienta es uno de esos cuentos versionados hasta la saciedad en el mundo de la música. La singular propuesta que ideó el libretista Jacopo Ferreti para Gioacchino Rossini prescinde del universo mágico del original de Charles Perrault y se centra en la peripecia puramente humana, con ingredientes de lo más prosaico: el zapato de cristal es un brazalete, la despiadada madrastra es un pomposo y ridículo padrastro y el hada madrina es un filósofo harapiento. El regista Stefan Herheim, autor de la puesta en escena de esta Cenerentola rossiniana que ha abierto la temporada centenaria del Teatro Real, se inclina por cierto componente fantástico inherente a la narración, optando por guiños aislados mientras suena la obertura en un ejercicio coreográfico que hace desfilar a todos los personajes de la obra, en lo que desarrolla una mini historia dentro de la trama general, que gira en torno a una limpiadora de hoy en día con anhelos de prosperar en la vida. 

Y es que el movimiento es el motor de este montaje importado de Oslo y Lyon, pues las melodías del cisne de Pésaro, su ritmo movido e incesante en cascadas de múltiples crescendi, se ven replicadas desde el escenario en gestos continuos, de una mayor o menor simplicidad, más o menos previsibles, que inclinan en ocasiones el ritmo corporal hacia el terreno de lo más pop y actual, y con el apoyo de proyecciones. 

Diversos detalles visuales que buscan constantemente el vínculo entre música, texto y escena. Pese al imperio libérrimo del movimiento que impide decaer el ritmo escénico, no se cae en el defecto del hastío, porque todo está medido al milímetro. 

La cenerentola, producción de Stefan Herheim. © 2021 by Javier del Real.La cenerentola, producción de Stefan Herheim. © 2021 by Javier del Real.

Ya desde los aludidos compases iniciales, cual Dios Providente y Omnisciente, y revestido de no poca bonhomía, se sitúa el propio Rossini, alado y armado con una pluma a modo de batuta marcando invariablemente el compás. Desde su seráfico parapeto en forma de nube, contempla todo lo que acontece debajo de él, tempestad incluida, -pues él reparte los rayos-, cuyos estruendosos truenos genera desde la escena el filósofo Alidoro, desenmascarado él mismo como prelado “al servicio” de la divinidad rossiniana mientras canta su aria “Là del ciel nell’arcano profondo”, dirigida a Cenerentola y aludiendo a ese “nume signore del mondo al cui piè basso mormora il tuono”, que todo lo sabe, todo lo ve y que sonríe feliz desde arriba. 

También juega un papel esencial la cambiante y elaborada escenografía, diseñada por Daniel Unger y el propio director noruego, un entramado aderezado con proyecciones animadas que comentan o subrayan lo que ocurre en escena -siluetas rossinianas con notas musicales que borbotean en el trabalenguas del segundo aria de Don Magnifico-, que encaja de forma asombrosa con el movimiento escénico en una perfección de auténtico reloj suizo. 

La cenerentola, producción de Stefan Herheim. © 2021 by Javier del Real.La cenerentola, producción de Stefan Herheim. © 2021 by Javier del Real.

Nos introducimos en las escaleras y estancias de la mansión del padrastro de Cenerentola -en quien se personifica de inmediato la divinidad rossiniana-, y hasta se nos refleja el interior del propio coliseo, cuyas butacas se muestran de forma especular durante el magnífico quinteto de Don Magnifico, Don Ramiro, Dandini, Alidoro y Angelina (“Nel volto estatico”), viéndose los espectadores por arte de magia coprotagonistas de la escena presenciada, dentro de ese caos, confusión y desconcierto al que Rossini siempre somete a sus personajes en los números de conjunto, como el finale del primer acto, todo un dechado de surrealismo. En un ejercicio de hilarante originalidad, Herheim despliega al coro masculino como un ejército de réplicas perfectas del compositor italiano, que en un momento dado se colocarán, en compañía de risueños, inmóviles y diminutos Rossinis de cartón piedra, -prismáticos en mano-, en los palcos de un teatro imaginario, sosias expectantes por ver las peripecias del barón de Montefiascone y sus dos hijitas respecto a conseguir el favor del falso príncipe.

Sobre el maestro Riccardo Frizza recae que se sostenga todo el edificio arquitectónico que mantiene indisolublemente unidos foso con escena. El genuino sello rossiniano se canaliza bajo su batuta en una orquesta flexible y bien engrasada, un tanto atemperada en brillo y elasticidad, pero equilibrada en todo instante en una buena lectura de la partitura, destinando, eso sí, un tempo bastante acelerado en ocasiones, como en el cuarteto “Zito zito, piano piano” y todo el concertante final del primer acto. 

El italiano no duda en participar en la trama, pues al principio del segundo acto, junto a Don Magnifico y sus hijas, descubre su identidad bajo la misma y chistosa peluca que en un primer momento vimos a éste, lo que provoca la inevitable carcajada del público. Además, a la pregunta de Don Ramiro de qué debe hacer respecto a Angelina, en su recitativo accompagnato, Frizza le responde desde el foso lo que en el texto original pronuncia Alidoro: que haga caso a su corazón.

Karine Deshayes y el Coro Titular del Teatro Real. © 2021 by Javier del Real.Karine Deshayes y el Coro Titular del Teatro Real. © 2021 by Javier del Real.

Sin una buena mezzosoprano, La Cenerentola es una ópera que decae bastante en ese gran espectáculo de agilidades y coloraturas que el espectador siempre espera. En la función a la que asistimos, cantó el segundo reparto en su casi totalidad, pero por haber cogido un resfriado, la cantante rusa Aigul Akhmetshina tuvo que ser sustituida por la integrante del primer cast, la francesa Karine Deshayes -a la que hay que alabar el mérito de haber enlazado dos funciones consecutivas-, que ofreció por lo general una recreación poco gratificante del rol titular. 

Su voz desde el principio no terminaba de coger cuerpo, faltándole empaque, pese a poseer graves a los que no imprime contundencia, aunque siempre tendió a buscar el refinamiento en la expresión. Resultó escasamente audible en gran parte del primer acto, sin destacar en especial en los concertantes, pero a lo largo de la noche su centro fue ganando mayor lustre, pese a un canto de agilidad no del todo depurado. Aunque estuvo bien en su dúo con Ramiro, destinó lo mejor para el final, su gran escena “Nacqui all’affanno”, donde se la vio mucho más resuelta vocalmente. 

Dando vida a Don Ramiro, el tenor Michelle Angelini, un ligero de grato timbre que salva fácilmente los saltos al agudo, no brilla en sus primeras apariciones, pero gana enteros conforme avanza la representación (buena escena con coro “Sì, ritrovarla io giuro”). Su línea de canto es elegante y aseada. La comicidad sin excesos y con la dosis de histrionismo adecuado se encarnó en el barítono con tintes de bajo Nicola Alaimo, un Don Magnifico que sigue la estela de la gran tradición bufonesca asociada a este personaje. Muy bien su último aria, “Sia qualenque delle figlie”. 

La cenerentola, producción de Stefan Herheim. © 2021 by Javier del Real.La cenerentola, producción de Stefan Herheim. © 2021 by Javier del Real.

Borja Quiza posee unas grandes dotes de actor, pues sabe moverse estupendamente por el escenario, pero en lo vocal flojea un tanto en este repertorio. No se puede decir que el barítono gallego no pone intención a la hora de sacar adelante a un Dandini de enorme carisma escénico, pero los pasajes de mayor agilidad que posee el personaje no son su fuerte, flaqueando con frecuencia en la afinación. Estupenda elección la de las dos hermanastras, Clorinda y Tisbe, a cargo de la mezzo Carol García y la soprano Rocío Pérez, interesantísimas cantantes y muy teatrales ambas, y un tanto corto expresivamente se queda el Alidoro del bajo Riccardo Fassi, que abordó de forma correcta su, por otro lado, complicado aria. El coro masculino brilla a la altura acostumbrada, entonando con soltura y buen volumen, y en su sitio está el acompañamiento de los recitativos en las manos de Daniela Pellegrino y Dragos Balan, fortepiano y violonchelo, respectivamente.

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