Obituario

La sublimación del bel canto

J.G. Messerschmidt
jueves, 21 de octubre de 2021
Edita Gruberova © 2019 by C W Hoesl Edita Gruberova © 2019 by C W Hoesl
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Hace un rato, mientras paseaba con mi perro, miré distraídamente la portada de un periódico y leí un titular: Edita Gruberova ha muerto. De pronto empezó a fluir, como un río manso, una imparable corriente de recuerdos. Quizá fue una remota tarde de invierno en la década de 1970 cuando por primera vez oí su nombre en la radio. Volvió a mi memoria una olvidada noche del 82, una reunión de compañeros de clase en un bar para celebrar el comienzo de las vacaciones de Navidad. Una de las presentes, a la que yo ya conocía del conservatorio, a pedido de los demás, cantó algo creo que de Verdi. Como era estudiante de canto y se llamaba Edith, la llamé en broma "Edita Gruberova". 

Luego la corriente de recuerdos me llevó a noches en la ópera: coloraturas estratosféricas, la sensación de estar en los umbrales de otro mundo, bravos frenéticos, aplausos interminables, Bellini, Rossini, Donizetti... Después en mi memoria apareció el interior de un teatro, pasillos entre camerinos, una escalera y Edita Gruberova, discreta y silenciosa, pasando a mi lado, nos saludamos, en alguna otra ocasión un breve intercambio de palabras, la posibilidad de una entrevista que nunca llegó a concretarse... Y luego un conocido común, contando anécdotas de la prima donna. Y el mismo conocido cuidando en su casa un pajarito hembra que le había dejado una amiga que estaba de viaje; como cantaba mucho y bien, le llamaban Gruberova o, abreviando, "Grube", apócope que también se usaba para referirse a la soprano en el ambiente teatral. 

Edita Gruberova fue una de esas personas que, sin que lo advirtamos y sin que ellas mismas lleguen a sospecharlo, tiene un cierto papel en nuestras vidas. ¿Se es exactamente la misma persona antes que después de haberla oído cantar? ¿Se tienen los mismos pensamientos, las mismas percepciones y emociones? Apenas percibimos vagamente este influjo mientras dura, mientras oímos cantar a una Edita Gruberova. De manera abrupta somos conscientes de él en el instante en que su realidad se desvanece para siempre y se metamorfosea en recuerdo, cuando a la soprano le ocurre lo que tantas veces representó en escena: muere.

No tiene mucho sentido contar aquí en detalle la vida de una cantante celebérrima. Nació en Bratislava en 1946, donde debutó en 1968. Inmediatamente fue contratada por el Teatro de Banska Bistrica, de donde pasó directamente a Viena en 1971. Desde la Ópera de esta ciudad irradió su fama a todos los grandes teatros mundiales en los que actuaría hasta retirarse en 2019. Con las Óperas de Viena, Zúrich y Múnich tuvo vínculos especialmente estrechos; en ellas llegó a convertirse en una institución viviente e insustituible.

Edita Gruberova es uno de los eslabones más brillantes de la gran tradición centroeuropea de sopranos de coloratura. Tuvo la sabiduría de no caer en tentaciones peligrosas y de mantenerse fiel al repertorio en el que creció y en el que llegó a convertirse en indiscutida prima donna assoluta: el belcanto. Mozart, Bellini, Rossini, Donizetti, Johann Strauss, algo de ópera francesa y de Verdi, Ariadna en Naxos y muy poco más fueron su campo de acción. A pesar de estos límites, nunca se echó en brazos de la rutina. Su dominio técnico fue indiscutible, no sólo en la coloratura, donde alcanzó un brillo y una perfección máximos, sino también en recursos como la sottovoce y, sobre todo, el portamento

Se la ha llamado a menudo "reina de la coloratura", pero aún más lo fue del portamento, donde alcanzó un virtuosismo único y que fue una de las características más individuales de su arte interpretativa. Edita Gruberova no se sirvió de la técnica o del virtuosismo para hacer de ellos un fin, sino que los empleó siempre como parte integrada plenamente en el discurso musical y, sobre todo, como medios de expresión. En este último aspecto su virtuosismo tuvo una dimensión psicológica, fue un instrumento de construcción del personaje por medio de la música.

Ciertamente esto revela que su concepto de las figuras que interpretaba no estaba sometido al realismo o a la verosimilitud "material" o existencial. La configuración musical de sus personajes sublimaba su identidad psíquica, convirtiendo sus emociones, actos, pensamientos, etc. en arquetipos, en platónicas representaciones de la realidad humana. Ello no los ponía en contradicción con la realidad, sino que los situaba en un plano elevado, platónicamente ideal: así como la idea platónica es más real que su sombra material, estas figuras tenían una consistencia que se hallaba por encima de lo puramente contingente. 

La música y en ella una cierta forma de virtuosismo no son para el belcanto punto de llegada, sino instrumentos para reflejar una realidad inexpresable por otros medios. Edita Gruberova supo reconocerlo y emplear su enorme talento en esta empresa. Pocos, creo, fueron capaces de advertir conscientemente este ideal y esta forma de cincelar personajes y partituras. Muchos, en cambio, lo intuyeron y se dejaron llevar por el placer de oír su voz y su interpretación, experimentando de manera puramente sensorial y emocional lo que se escondía detrás de tanta belleza formal. Algunos, sobre todo entre los profesionales (directores de escena, críticos de ópera, músicos), no pasaron de reconocer las virtudes técnicas, ciegos para lo que verdaderamente significaban.

Como actriz Edita Gruberova no fue ciertamente extrovertida, en parte porque los papeles interpretados no eran los más propios para expansiones teatrales, en parte por su propio temperamento, en parte por su ya expuesta concentración en la configuración de la expresión por medio de la música, lo cual en buena medida la eximía de grandes ademanes como actriz. Sin embargo, en determinadas producciones y papeles demostró un elegante dominio del arte dramática. En su actuación de despedida del papel de Rosina, de El barbero de Sevilla, dio prueba de tener finas dotes de actriz cómica y un sentido del humor que llegaba hasta una inteligente autoironía, tan rara en actores y cantantes de ópera. En Roberto Devereux de Donizetti, pese a las debilidades de la producción de Christoph Loy (se trata de una escenificación con pretensiones veristas de una ópera que en nada lo es) hizo una sólida interpretación de su personaje de Elisabetta, a la que dio una compleja y verosímil psicología con medios dramáticos sobrios y precisos.

De los papeles que le oí cantar me quedaría con su incomparable Elvira en I puritani de Bellini. Si por una función debiera recordarla, sería por una de Lucia di Lammermoor, con Marcelo Álvarez y Paolo Gavanelli bajo la dirección de Marcello Viotti. No es nada fácil encontrar un reparto tan brillante de intérpretes tan inspirados y compenetrados como los de aquella velada de hace ya casi veinte años. Baste decir que fue una de aquellas funciones únicas e irrepetibles que jamás se olvida. Los aplausos y las aclamaciones del público del Festival de Ópera de Múnich no tenían fin, ni siquiera cuando ya había caído el telón cortafuegos. Por una puertecita que se abre en éste hacia el escenario se asomaron Edita Gruberova y sus compañeros a saludar al público, que por fin, satisfecho, abandonó la sala. Es muy posible que quien sólo conozca a Gruberova por sus grabaciones, no llegue a captar toda su excelencia. Su voz y sus artes interpretativas no eran, desgraciadamente, de las que se dejan aprisionar en un registro sonoro: sólo en persona se podía aprehender todo lo que irradiaba en escena.

Todavía no ha aparecido ninguna soprano que pueda ser considerada como equivalente a Edita Gruberova en su repertorio y estilo. Las poquísimas que pudieron rivalizar con ella, si las hubo y si aún viven, o ya se han retirado o se encuentran en el último ocaso de sus carreras. Su voz y su arte son algo que siempre echaremos de menos. Edita Gruberova es una de esas raras personas a las que nos gustaría volver a encontrar y sobre todo oír en el paraíso al que ojalá lleguemos alguna vez cuando acabe esta vida. No sabemos cuánto tendremos aún que esperar. Pero a ella, que ya ha llegado, le deseamos que allí tenga el gozo de cantar sin fin y a los que estén a su alrededor, el no menor de oírla.

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