Alemania

Klavier-Festival Ruhr 2021

Tormentas que sisean, rugen y silban con colores cambiantes

Juan Carlos Tellechea
jueves, 28 de octubre de 2021
Marc-André Hamelin © 2021 by Peter Wieler /  KFR Marc-André Hamelin © 2021 by Peter Wieler / KFR
Mühlheim an der Ruhr, lunes, 18 de octubre de 2021. Gran sala auditorio de la Stadthalle. Marc-André Hamelin. Carl Philipp Emanuel Bach, Suite en mi menor Wq 62/12. Serguei Prokofiev, Sarcasmos op. 17. Alexander Scriabin, Sonata nº 7 op. 64 "Misa blanca“. Ludwig van Beethoven, Sonata nº 29 en si bemol mayor op. 106 "Hammerklavier Sonata“. Bises: C. P. E. Bach, La Complaisante H. 109. Eugene Gossens, The Punch And Judy Show. C. P. E. Bach: Rondo en do menor Wq 59/5,2. Klavier-Festival Ruhr 2021, con el apoyo de la Fundación Deutsche Bank. 70% del aforo, reducido por las medidas de prevención e higiene contra la pandemia de coronavirus.
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El pianista y compositor franco-canadiense Marc-André Hamelin no es solo un supervirtuoso que desentierra tesoros perdidos de la literatura pianística mundial, sino un gran artista con gran profundidad y sensibilidad en la ejecución de los clásicos del repertorio que hipnotizan al público. La Suite en mi menor de Carl Philipp Emanuel Bach es un compromiso en este sentido. Con ella comenzó la maravillosa velada de este lunes en el Klavier-Festival Ruhr que, justo es decirlo, ha organizado y organiza unos recitales extraordinarios que hacen olvidar por un par de horas los efectos sociales de la pandemia.

Con su virtuosismo Hamelin no solo despierta el asombro, sino que crea constantemente tensión a partir del color. La estructura hace que la interpretación de la Allemande, la Courante, la Sarabande, los Minuetos 1, 2, 3 y la Giga fluya como las aguas de un bucólico arroyuelo y todo sea todo un gran  acontecimiento. Su incontenible imaginación transforma la suite en un estudio de géneros, su toque hace que cada nota sea preciosa. El hijo de Johann Sebastian Bach es ahora algo más apreciado, pero aún no ha conquistado un lugar permanente en las programaciones. Sin embargo, con un abogado defensor como Marc-André Hamelin, Carl Philipp Emanuel Bach puede tener mucho éxito.

El salto hacia Sarcasmos, la colección de cinco piezas de Serguei Prokofiev, es de enormes contrastes. Hay acordes abruptos, saltos salvajes y ninguna melodía claramente reconocible en esta música anterior a la Primera Guerra Mundial, escrita en 1912 y 1914. Donde otros pianistas truenan, Hamelin desata tormentas que sisean, rugen y silban con colores cambiantes. Es más bien una música de corazón frío, muy motora, armónicamente atrevida y de gesto metálico. Pero, gracias a sus disparidades casi brutales, muy poco después suena humorística y casi sensual.

Hamelin, quien participa por 16a vez en este festival, hace que cada nota suene cuidadosamente pensada; no tocaría ni una de más. En general, resulta muy analítico, intelectual, calculado, incluso un poco frío, pero al mismo tiempo inmensamente emocionante. En la "Misa Blanca" de Alexander Scriabin se encuentra en su elemento. Conocida propiamente como Sonata para piano nº 7, op 64, fue compuesta en 1911 y se caracteriza por sus llamativos coqueteos con la atonalidad y las texturas floridas, estruendosas e impresionistas.

El único movimiento de la pieza se sumerge y se estrella de la mano de Hamelin en varios estados de ánimo, aunque el éxtasis místico es el principal. Dado el interés por las ideas místicas, no sorprende su atracción por esta música trascendente. La reputación de Scriabin, que murió de septicemia en 1915 a la edad de 43 años, ha sufrido cambios sísmicos durante el último siglo.

El éxito inicial se basó en sus irresistibles bombones chopinescos para piano, pero con el tiempo, la música del compositor se volvió cada vez menos convencional y atonal. Aclamado en la Rusia zarista, fue denunciado y rehabilitado bajo el régimen soviético, descuidado y resucitado en otros lugares. En las últimas décadas, ha sido aclamado como un visionario protomoderno que intentó unir su misticismo y su música.

Éste en realidad es el preámbulo de lo que todos están esperando: La gran Hammerklaviersonate de Ludwig van Beethoven que es (y sigue siendo) una prueba de valor. ¿Qué puede fallar con un pianista como Hamelin, que está por encima de todos los tecnicismos? No mucho, pero esto y aquello: no porque no esté a la altura del trabajo interior o intelectualmente. Más bien, debido a sus eminentes habilidades, disimula la imposición de la pieza, la tensión que sería necesaria.

El fugato del primer movimiento (Allegro) parece una danza y una frivolidad, el Scherzo. Assai vivace – Presto – Tempo I es demasiado inofensivo. En el poderoso Adagio sostenuto, appassionato e con molto sentimento, en cambio, ya no hay que esconderse. Aquí Hamelin se muestra como el cantante de una balada, en la que los momentos de doloroso sopor son los más llamativos. Domina la temida fuga final de forma apasionante, aunque en algunos puntos exista el peligro de la fluidez pura. Así que Hamelin ha aprobado la Sonata 29 en si bemol mayor op 106, y es aclamado merecidamente a viva voz.

En los tres bises, y porque las ovaciones no se calmaban sin más, vuelve al toque extremadamente cuidadoso, nota por nota, con La Complaisante, de C.P.E. Bach; se gana de nuevo el afecto de la platea con una miniatura brillantemente ejecutada y con mucho humor, de Eugene Gossens, The Punch And Judy Show; y se destaca en otra ejecución muy meticulosa del vivaz Rondo en do menor Wq 59/5,2, de C. P. E. Bach, antes de agradecer tanta efusividad del público, recoger el ramo de flores que había recibido antes para colocarlo a un lado sobre el piano, y abandonar a paso tranquilo el escenario.

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