Italia

‘E vo’gridando pace, e vo’gridando amor’

Jorge Binaghi
miércoles, 3 de noviembre de 2021
Regio de Parma. Simon Boccanegra © 2021 by Roberto Ricci Regio de Parma. Simon Boccanegra © 2021 by Roberto Ricci
Parma, sábado, 16 de octubre de 2021. Teatro Regio. Simon Boccanegra (Teatro alla Scala, Milán, 24 de marzo de 1881); versión revisada. Libreto de F. M. Piave y A. Boito y música de G. Verdi. Dirección escénica: Wajdi Mouawad. Escenografía: Emmanuel Clolus. Versión en forma de concierto. Intérpretes: Igor Golovatenko (Simon), Angela Meade (Amelia/Maria), Michele Pertusi (Fiesco), Riccardo Della Sciucca (Gabriele Adorno), Sergio Vitale (Paolo Albiani), Andrea Pellegrini (Pietro), Federico Veltri (Un capitán de ballesteros), y Alessia Panza (Doncella de Amelia). Coro (maestra de coro: Gea Garatti Ansini) y orquesta del Teatro Comunal de Boloña. Dirección de orquesta: Michele Mariotti
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En memoria de Edit Binaghi

 Por distintos motivos, además del virus, hacía mucho que no entraba al Regio. Fue emocionante, y ya con todo el aforo liberado más. Pero nunca había visto aquí esta ópera de Verdi, una de mis favoritas entre las del autor, si no en absoluto la que más amo. Y esa era una emoción más fuerte porque está unida a recuerdos familiares y de juventud (de paso, para que nada tuviera que distraerme o disgustarme, tuvimos una versión de concierto, que siempre me han gustado, pero últimamente me permiten ir más tranquilo a una función lírica).

Tengo que admitir que después de haber escuchado en vivo las versiones de esta obra tan unida al nombre de Claudio Abbado por el propio maestro aunque con repartos mucho más modestos que en la Scala, tanto en Ferrara como en Florencia, se me volvió difícil la audición de la ópera porque estaba acostumbrado a que me emocionaran ciertos pasajes y con Abbado hasta me ocurrió con el coro que cierra el prólogo y que algunos consideran uno de esos pasajes ‘bandísticos’ del gran Giuseppe (que no sólo para mí no son casi nunca tales). Pensaba ya que a estas alturas eso era cosa del pasado y del mucho (nunca demasiado) escuchar ópera.

Y mi primer motivo de agradecimiento a Michele Mariotti fue que me causara la música esa honda impresión que siempre debería causar. No voy a hablar de los momentos claves como la gran escena del Consejo (si Verdi quiso poner a prueba a Boito, éste le respondió con un momento nada menos que genial que el Gran Vegliardo supo aprovechar). Sin olvidar otros momentos, quiero señalar tres: en el prólogo, el momento en que terminado su encuentro con Fiesco el corsario entra en el palacio de éste en busca de su amada sin saber que ha muerto; en el segundo el gran trío sobre el final del acto; y, sobre todo, el final de la ópera y en particular el último encuentro entre los dos grandes enemigos, Fiesco y Simón.

En este caso, con la ayuda de los dos cantantes, Mariotti consiguió hacer llegar la propuesta humana de Verdi que el protagonista proclama en el gran concertante y que da el título a esta reseña, pero por sobre todo el llanto de la humanidad que como Fiesco siente el reproche en medio de la piedad y que el coro remacha “s’avvolge la natura in manto di dolor’. D’Annunzio no exageraba cuando dijo que Verdi ‘lloró y amó por todos’ (en ese preciso orden).

La concertación de Mariotti acompañó a los cantantes y dio vuelo y expresividad sinfónicas cuando estas se requerían, pero supo ser también impalpable (la última vez que el Doge mira el mar, por ejemplo). La orquesta y el coro de Boloña son buenos, pero con un maestro al que conocen y respetan son óptimos (ciertamente algunas de las voces femeninas del coro podrían ser mejores, pero todos respondieron gracias también al competente trabajo de Garatti Ansini).

Entre los cantantes, bastante equilibrados, sobresalieron Pertusi y Golovatenko. El primero lleva tiempo interpretando estos papeles y la voz sigue sana y hasta parece haber crecido en volumen, pero lo que impacta es el fraseo (y un detalle pequeño, pero revelador: cada vez que pudo aplaudió a sus colegas). Golovatenko, si como se me ha dicho, debutaba en la parte, pues menudo debut. La voz no es ni bellísima, ni muy particular, pero es timbrada (más bien clara y padece un poco en el grave) y extensa, pero en él también destaca el fraseo y su óptima dicción, y sobre todo no acude al volumen o al forte continuo que aquí, menos aún que en cualquier otro Verdi, no es de recibo.

Meade no estuvo en su papel o en su noche más afortunada. Entró con un notable vibrato en su aria, pareció muy pendiente de la batuta, olvidó una frase y sólo a partir de la escena del Consejo pareció más cómoda. Su intervención culminó en el gran trío que cierra el segundo acto.

El joven Della Sciucca (25 años, si mis datos son correctos) permitió salvar las dos funciones, pero sería recomendable que con dotes tan interesantes (un bello color de tenor lírico pleno) no afrontara partes tan comprometidas como las de Adorno (recuerdo que en la segunda y definitiva versión el honor le correspondió a Francesco Tamagno, futuro creador del Otello verdiano). Parecía comprensiblemente preocupado porque su agudo sonase bien, pero para eso, típico ejemplo, forzó innecesariamente. De verdadero fraseo sería prematuro hablar, pero en lo genérico estuvo bien y con buenas intenciones.

Vitale cantó un buen Paolo, esa especie de miniYago, aunque la voz sonaba opaca. Muy interesantes, en orden de calidad, el joven Pellegrini, que aprovechó todo lo que pudo las frases del otro villano, Pietro, y Veltri en su corta pero nada fácil intervención en el último acto. Poco puede decirse de Panza en la única frase que tiene a su cargo.

El público no colmaba la sala, pero no parecía por la intensidad creciente de los aplausos que en los saludos finales eran verdaderas ovaciones.

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