Discos

Drama a costa de tensión

Alfredo López-Vivié Palencia
miércoles, 3 de noviembre de 2021
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Johannes Brahms: Sinfonía nº 4 en Mi menor, op. 98; James MacMillan: Larghetto for Orchestra. Pittsburgh Symphony Orchestra. Manfred Honeck, director. Productor: Dirk Sobotka; ingeniero de sonido: Mark Donahue. Un SACD de 54 minutos de duración. Grabaciones en vivo en el Heinz Hall de Pittsburgh en abril de 2018 (Brahms) y octubre de 2017 (MacMillan). Reference Recordings FR-744-SACD.
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Para celebrar los diez años de titularidad de Manfred Honeck al frente de la Pittsburgh Symphony, la orquesta encargó una nueva pieza al compositor escocés James MacMillan (Kilwinning, 1959). La partitura que se estrenó en octubre de 2017 (grabación que recoge este disco) consistió –según cuenta el autor en una brevísima nota incluida en la carpetilla- en la transformación instrumental del Miserere que MacMillan había escrito en 2011 para el grupo vocal británico The Sixteen. 

De manera que este Larghetto for Orchestra (un cuarto de hora de duración) presenta –en el lenguaje siempre atractivo de MacMillan- primero un canto de la cuerda que ruega misericordia, después unos impresionantes corales en el metal (a Aaron Copland le habrían entusiasmado) para expresar el perdón, y al final un precioso solo de trompeta y de nuevo la cuerda reflejando la paz.

Como ya es costumbre en estas grabaciones, el propio Honeck provee las notas del disco con sus opiniones sobre el compositor y la obra que se registra. De Brahms, Honeck insiste en su carácter melancólico y de su Cuarta Sinfonía destaca su dramatismo. Como el ejemplo más brillante en toda la historia de la sinfonía de eso que convenimos en llamar –engañándonos a nosotros mismos- “música absoluta”, nunca la había visto de ese modo. 

Pero también es cierto que, con el tiempo, la Segunda Sinfonía del mismo autor ha ido perdiendo (para mí) en pastoralidad y ganando en tiniebla e inquietud. Por eso la escucha del disco me convence de que ese concepto para aproximarse a la Sinfonía en Mi menor puede ser válido, aunque a mi entender Honeck lo lleva a extremos que no hacen justicia a la pieza: la tensión brahmsiana es intrínsecamente serena y no puede convertirse en pesadilla.

Lo primero que llama la atención son los tiempos urgentes que emplea Honeck a lo largo de la obra, que despacha en 39 minutos. Una urgencia que a veces pasa a ser tan vertiginosa que se resiente la articulación del conjunto: por ejemplo, la conclusión del primer movimiento (sólo por escribir eso Brahms merece estar en los altares), o la práctica totalidad del Scherzo (Honeck subraya el carácter “interruptus” del Trio), que ruge como un huracán pero con sonido atropellado (también es verdad que le falta un punto de profundidad a la toma de sonido). Si Honeck pretendía –como dice en las notas- dar a este movimiento un carácter jovial y divertido, ciertamente le salió todo lo contrario.

El caso es que la cosa empieza muy bien, estirando la primera nota del Allegro non troppo, pero enseguida Honeck pisa el acelerador y ya no lo suelta. Salvo en alguna transición de efecto hermosísimo que Honeck logra con gran sutileza: la recapitulación en el primer movimiento (7’05’’); la entrada de los arcos en el segundo (2’15’’); o la primera variación de la cuerda en la Passacaglia (2’45’’), por cierto con las variaciones de la flauta y del clarinete estupendamente fraseadas. 

En ese último movimiento Honeck da uno de los mayores ejemplos de dramatismo cuando, poco después del coral de los trombones, entra la orquesta en tutti y en fortissimo (5’40’’), provocando un efecto que Mahler habría aprobado sin duda. Aunque tal vez el episodio más tremebundo es el clímax del tiempo lento, cuya escalada en los metales (7’30’’) es escalofriante.   

Estoy bien seguro de que quienes asistieron a esos conciertos pudieron vivir una experiencia única que sirve para refrendar el acierto del nombramiento de Honeck y, por tanto, la celebración de sus ya catorce años de titularidad a día de hoy (un período de tiempo cada vez más raro, por lo extenso, en este tipo de desempeños). Y el disco ciertamente llama la atención en una primera escucha (y en la segunda), tanto por la novedad del concepto como por el trabajo sobresaliente de una orquesta respondiendo a las exigencias de una batuta que no tiene piedad; pero también me temo que es de esos ejemplos de grabaciones que quedarán más como recuerdo de un evento que como referencia discográfica.

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