España - Madrid

Binomio romántico

Germán García Tomás
viernes, 19 de noviembre de 2021
Daniel Barenboim © Ibermúsica Daniel Barenboim © Ibermúsica
Madrid, martes, 9 de noviembre de 2021. Auditorio Nacional (Sala Sinfónica). Staatskapelle de Berlín. Daniel Barenboim (director). Robert Schumann: Sinfonía núm. 1 en si bemol mayor op. 38, “Primavera”. Johannes Brahms: Sinfonía núm. 4 en mi menor op. 98. Ciclo de Ibermúsica. Ocupación: 90%.
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Citas para la memoria de una leyenda viva de la música en el campo de la dirección orquestal. Pudimos asistir al segundo de los dos conciertos de sinfonismo alemán que ofrecía Daniel Barenboim en Madrid con su orquesta Staatskapelle de Berlín visitando el ciclo de Ibermúsica, en plena gira europea. Tras la interpretación en el Auditorio Nacional de dos de las cimas del Romanticismo alemán, páginas revestidas de amplias dosis de dramatismo, como fueron la Tercera, “Eroica”, de Beethoven y la Séptima, “Inacabada”, de Schubert, el maestro de Buenos Aires proponía al día siguiente una velada sinfónica con el binomio formado por Robert Schumann y Johannes Brahms, con el bautismo del de Zwickau y el testamento del hamburgués, una óptima elección teniendo en cuenta las sinergias artísticas y las relaciones amicales entre ambos.

Está fuera de duda que Barenboim, desde que asumió su titularidad en 1992 –con dirección vitalicia desde 2000-, ha llevado a la legendaria formación de la capital germana a una de las cotas más altas en este tipo de repertorio (sin contar su vinculación teatral a la Staatsoper Unter den Linden), y es en cierta medida una creación de sello propio, llegando a ser sus profesores los más dignos rivales de los filarmónicos berlineses. En la mejor tradición centroeuropea, el sonido de la Staatskapelle Berlin es genuino por su perfecto empaste, su calidad y la tímbrica que atesora. En ello, reiteramos, ha tenido mucho que ver el director y pianista argentino-israelí durante sus casi tres décadas al frente, y el enorme sinfonista que es se conjuga para seguir brindando experiencias sonoras inolvidables

Comenzó con fuerza en el tutti la Sinfonía "Primavera” de Schumann, con una soberbia y bien delineada introducción en Andante que condujo a un crescendo en el que entró con pujanza, como un cañón, el tema principal en Allegro. Durante todo el movimiento, de irreprochable trazo discursivo, y del que, a su criterio, Barenboim omitió la repetición de la exposición, asistimos a la pulsión rítmica que lo recorre, con pequeños crescendi, aunque sin la aérea ligereza deseada, pues la artillería pesada de la orquesta berlinesa se impuso sin soltar apenas amarras. Los leves momentos de descanso en los que el maestro hizo cantar a la cuerda –aterciopelada y de gran tersura- contrastaban con los fortes del armazón orquestal, haciendo eso sí, destacar el más puro detalle de color, como ese vibrante triángulo en primer plano en el retorno de la introducción, hacia la mitad del movimiento. Éste concluyó enérgicamente, pero tras ralentizar la precedente disertación en el tema coral a cargo de la cuerda. Enlazados los siguientes movimientos, alivió la carga Barenboim en el Larghetto, donde hizo sobresalir a una excelsa cuerda dulcemente cantabile y una exquisita prestación del viento madera, otra de las grandes secciones de esta formación. Precisamente, la espléndida solista de flauta aprovechó su aguda cadencia antes de la reexposición del Finale –de nuevo sin repetición-, que Barenboim hizo discurrir ben marcato por sus recovecos rítmicos con acusados contrastes dinámicos y un sobrio aparato gestual hacia arriba y abajo antes de una coda altamente explosiva.

Con el delicioso regusto de la Primera de Schumann, y tras recuperar el Auditorio Nacional un descanso no anunciado, llegaba una partitura más poliédrica y de mayor profundidad, con más aristas armónicas, rítmicas y expresivas, en las que Daniel Barenboim se introduce con elevada elocuencia. La Cuarta de Brahms, expresión tardía y nostálgica del espíritu romántico, siempre es un reto para todo director y el argentino se acerca a ella con calidez y un sólido planteamiento arquitectónico que mantiene su equilibrio, sin escatimar el poderoso músculo de su orquesta alemana en el conflicto del primer tiempo, con un volumen desatado en ocasiones, pero sin renunciar a la sutilidad, que destina para el tema con variaciones del movimiento lento, muy paladeado y respirado en cada frase, trasmitiendo una honda emoción que se traduce en el cuidado trabajo de depuración instrumental. Sin apenas pausa, el Allegro giocoso supuso una exhibición lúdica donde de nuevo el triángulo –concomitancias sinfónicas- es casi el instrumento con rango de solista, tal fue su nitidez y color entre esa apoteosis del ritmo. Por fin, la lectura de la passacaglia conclusiva tuvo la virtud de ser un todo unitario que no pierde nunca la continuidad del discurso, pese a ser conscientes de la autonomía que tenía cada una de las variaciones. Amplia ovación para una versión de encendido dramatismo que Barenboim entiende muy bien como buen hombre de teatro que es. Arropado por una entregadísima orquesta, su paso por Madrid ha vuelto a causar una honda impresión, antes de que el próximo 1 de enero desde la Musikverein de Viena se cuele en nuestras casas en el Concierto de Año Nuevo.

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