Opinión

Federalismo cultural ¿en la música?

José Luis Méndez Romeu
lunes, 22 de noviembre de 2021
INAEM. Gobierno de España © INAEM, 2019 INAEM. Gobierno de España © INAEM, 2019
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En el modelo cultural de los países occidentales, con la excepción del Reino Unido y de Estados Unidos, la cultura ha pasado a ser una actividad fuertemente dependiente de los poderes públicos. Museos y bibliotecas, teatro y música, salas de exposiciones y otras instituciones son dirigidas por empleados de las instituciones, financiadas con transferencias del presupuesto y dirigidas estratégicamente por cargos políticos. Sólo instituciones culturales de gran tamaño y prestigio han logrado autonomía para gestionar sus recursos y servicios. Las instituciones controlan los recintos, orientan el gusto del público a través de las diferentes programaciones, realzan o censuran determinadas manifestaciones y establecen las condiciones de contratación con la producción privada de espectáculos. Aunque sigue existiendo un circuito privado de producción y exhibición tanto en el teatro como en la música moderna o en las artes plásticas, es minoritario frente al abrumador predominio de la oferta pública.

En consecuencia la política cultural, no sólo la gestión, debe ser analizada y contrastada constantemente. Por ejemplo, cuando se predica el federalismo cultural, un extraño concepto introducido por el Ministro de Cultura, puede tratarse del desguace de los Museos estatales como han denunciado algunas voces, luego negado por el señor Iceta, pero podría aplicarse a la necesaria potenciación de la actividad artística producida en el territorio español que no es solamente Madrid o Barcelona. Ocurre lo contrario, que la colaboración con las iniciativas relevantes de muchas ciudades es menospreciada económicamente por el Gobierno de la Nación. Por ejemplo, la ópera, la música sinfónica o la danza. Es más, si se analiza el desglose territorial del gasto en promoción cultural del Ministerio, aparecen algunos territorios fuertemente apoyados mientras otros son marginados. No parece posible tildar a esa política de federalista.

Algo semejante podemos predicar de las Comunidades Autónomas y de los municipios, con frecuencia enzarzados en lamentables rivalidades por los titulares de prensa evitando la necesaria cooperación en los proyectos más ambiciosos. Veamos un ejemplo. Días pasados, Dima Slobodeniouk ha sido aclamado por el New York Times tras dirigir a la Orquesta Filarmónica de dicha ciudad. Un éxito que los coruñeses comparten en cada programa que dirige en la sede de la Orquesta Sinfónica de Galicia de la que es director titular hasta el final de la presente temporada. Durante los últimos cuatro años al frente de esta última formación ha prestado gran atención a los compositores de la primera mitad del siglo XX así como a los compositores nórdicos. Esa formación además de la temporada de abono en la ciudad donde reside, ofrece seis conciertos al año en Ferrol, tres tanto en Pontevedra como en Vigo y uno en otras tres ciudades de la Comunidad, además de estar presente en Madrid, y San Sebastián.

Lo hace en medio del desinterés de las instituciones que, tras imponer el traslado durante la pasada temporada a un recinto musicalmente inadecuado, han desatado una campaña de acoso político al Gerente de la Orquesta, Andrés Lacasa, al tiempo que niegan los recursos necesarios para mantener el extraordinario nivel artístico alcanzado. Por otra parte se han ido reduciendo las actividades de promoción como los conciertos familiares, los conciertos escolares además de no prestar la menor atención a la creación de nuevos públicos. La epidemia ha causado estragos entre los abonados tradicionales sin que se haya producido la menor reacción. Son acciones propias de la dirección política de las instituciones, no sólo de la gestión profesional de las unidades de producción.

Instituciones que por el contrario procuran rivalizar en todo. Ha habido sendas programaciones de la Xunta de Galicia y del Ayuntamiento coruñés para conmemorar el Año Pardo Bazán lo que se repetirá con el Centenario de María Casares. Pero mutuo acuerdo para mantener bajo mínimos financieros al Festival de Ópera que lleva setenta temporadas con éxito de público y crítica. Si en algo coinciden la prosopopeya federalista, autonomista y localista es en no hacer lo que deben: cooperar.

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