Francia

En conjunto, buena función

Jorge Binaghi
lunes, 29 de noviembre de 2021
Guth, Rigoletto © 2021 by Elisa Haberer Guth, Rigoletto © 2021 by Elisa Haberer
París, miércoles, 10 de noviembre de 2021. Opéra Bastille. Rigoletto (Venezia. Teatro de la Fenice, 11 de marzo de 1851), libreto de F. M. Piave sobre el drama de V. Hugo Le roi s’amuse y música de G. Verdi. Puesta en escena: Claus Guth. Escenografía y vestuario: Christian Schmidt. Luces: Olaf Winter. Video: Andi A. Müller. Coreografía: Teresa Rotemberg. Intérpretes: Ludovic Tézier (Rigoletto), Dmitry Korchak (Duca di Mantova), Nadine Sierra (Gilda), Goderdzi Janelidze (Sparafucile), Justina Gringyté (Maddalena), Bogdan Talos (Monterone), Cassandre Berthon (Giovanna) y otros. Coro (maestra de coro: Ching-Lien Wu) y orquesta del Teatro. Dirección de orquesta: Giacomo Sagripanti.
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Entre los muchos espectáculos, nuevos o no, que ofrece la Opéra de París en la sala Bastille y el Palais Garnier destaca un Rigoletto en una nueva producción firmada por Claus Guth. La inteligencia del director es tan conocida como sus arbitrariedades. Esta no ha sido la excepción, tras una idea inicial fortísima: el escenario es una inmensa caja abierta, y en el preludio se presenta el actor que funcionará como doble del protagonista arrastrando un pesado baúl del que irán saliendo los atributos propios de un bufón, un vestido blanco ensangrentado, etc. Toda la obra será este recuerdo masoquista de lo ocurrido y el vano intento de cambiar los hechos. 

Gilda, a los ojos del padre, es siempre una niña que se mueve con pasos de baile, a la que se dirige durante los dúos mientras la verdadera hija, la mujer, procura inútilmente reunir en sí la realidad con la fantasía paterna. Naturalmente Guth insiste y repite mucho en esto y de este modo el efecto pierde fuerza a medida que progresa la acción. Seguramente no ayudan los gestos estúpidos de los cortesanos (sin necesidad de esto sabemos qué son), una coreografía prescindible, y los cambios de vestuario de época a tiempos modernos, con un Duque que llega a la taberna de Sparafucile, come un tarambana con cigarro y bebida en mano, y particularmente ignoro si a Verdi le gustaría la idea de convertir ‘La donna è mobile’ en un espectáculo de cabaret parisino de mitad del siglo pasado con chicas llenas de plumas que forman un coro mudo (estilo las que rodean a Georges Guétary en ‘A starway to paradise’ en Un americano en Paris de Minnelli). 

'Rigoletto' de G. Verdi. Giacomo Sagripanti, director musical. Claus Guth, director de escena. París, Opéra Bastille, noviembre 2021. © 2021 by Elisa Haberer.'Rigoletto' de G. Verdi. Giacomo Sagripanti, director musical. Claus Guth, director de escena. París, Opéra Bastille, noviembre 2021. © 2021 by Elisa Haberer.

En este contexto es obvio que Maddalena deba ser una ‘domina’ vestida de riguroso látex negro con un látigo en la mano, pero esto mismo hace sufrir al cuarteto posterior (tenor y mezzo, en el improvisado escenario sobre el fondo, no logran nunca un equilibrio vocal con padre e hija en el proscenio). Pero cuando por último Rigoletto cierra de un golpe seco y desesperado su maleta de desastres un estremecimiento se hace presente en el respetable y es justo destacarlo. Superfluos en cambio los videos de Müller y la coreografía de Rottemberg. 

En el aspecto puramente musical la velada fue dominada, como corresponde, por el intenso protagonista de Tézier, en cuya voz se sigue todo el drama sin que la línea de canto resulte desfigurada o forzada con el pretexto de la recitación: el respeto de las dinámicas y las indicaciones de la partitura no sólo son una delicia de musicalidad sino una justa comprensión de la tragedia y de los tantos matices de un personaje que no es simplemente ‘bueno’. Cuando al comienzo del segundo cuadro del primer acto entona ‘quel vecchio maledivami’ el espectador tiembla junto con él. Lo mismo ocurre con la invectiva contra los cortesanos, que no es sólo un show vocal sino profundamente sentido con medios poderosos, y la célebre ‘vendetta’ final del segundo acto finalmente no son agudos pirotécnicos de los cantantes en una competencia estéril sino dos sentimientos contrapuestos (y por supuesto, nada de agradecimientos y de bises no solicitados como se ve algunas veces). Se entiende perfectamente ese breve y terrible monólogo (sólo frases en realidad; me parece que no se ha insistido bastante en este aspecto de la modernidad de Verdi) que luego de la tempestad con asesinato incluido (nada que ver con las de Rossini) va de ‘Della vendetta alfin giunge l’istante’ a ‘come invero qui grande mi sento’.

'Rigoletto' de G. Verdi. Giacomo Sagripanti, director musical. Claus Guth, director de escena. París, Opéra Bastille, noviembre 2021. © 2021 by Elisa Haberer.'Rigoletto' de G. Verdi. Giacomo Sagripanti, director musical. Claus Guth, director de escena. París, Opéra Bastille, noviembre 2021. © 2021 by Elisa Haberer.

Sierra (Gilda) no se queda atrás. Nunca la he visto ni oído en forma tan brillante en lo vocal ni madura en lo expresivo. Si tuviera que elegir un momento concreto no sería el obvio -y bellísimo- ‘Caro nome’, sino, por la verdad de la emoción, ‘Tutte le feste al tempio’.

Dmitry Korchak canta bien en general, pero como para tantos tenores nacidos para Rossini y algún autor más, a su Duque le faltan el timbre, la incisividad y el famoso squillo que la parte (y Verdi en general) requieren. La ‘corona’ de ‘La donna è mobile’ casi termina en grito y la afinación es dudosa. Buen intérprete.

Muy interesante (tal vez demasiado baritonal) el Monterone di Bogdan Talo, mientras el Sparafucile de Janelidze exhibe, frente a un instrumento notable, notas fijas, monotonía y poca musicalidad (lo que caracterizaba por ejemplo a un bajo tan importante pero de resultados dudosos como Paata Burchuladze). Me gustaría ver en otro tipo de producción a la Maddalena de Gringyté, voz típicamente ‘eslava’ y de poca redondes, pero al parecer importante, y muy convincente y convencida como artista. De los demás, todos correctos, sobresalían la Giovanna de Cassandre Berthon y el Marullo de Jean-Luc Ballestra.

El coro, preparado siempre por su nueva directora, Ching-Lien Wu, exhibía rigideces en el primer cuadro, pero mejoraba pronto pese a que poco lo ayudaba la coreografía.

Giacomo Sagripanti es un muy buen director, muy apreciado aquí por los profesores y el público, y realizó un óptimo trabajo, tal vez en algunos momentos con decibelios excesivos, pero seguramente la frecuentación de este y otros títulos verdianos le permitirán una aproximación más ‘reflexiva’. Aplausos interminables. Había también un segundo reparto, que no vi, con Lucic, Lungu y Calleja en los roles principales. 

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