Una jirafa en Copenhague

Cosmos, microcosmos y el observador

Omar Jerez
miércoles, 8 de diciembre de 2021
Obra © by Moisés Zamora Obra © by Moisés Zamora
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¿Cuántas veces te ha sucedido ser el testigo privilegiado de un acto que sabes que nunca más se volverá a repetir, siendo consciente al 100% que si haces un movimiento en falso, ese acto mágico, desaparece? La tentación de coger un móvil y grabar ese mágico instante es a lo que todos nos vemos tentados cuando vemos que lo imposible en la proporción áurea, se manifiesta delante tuyo, se descubre frente a tu presencia; un acto en el que si finalmente decides ser parte, ha de ser en la función de público y no como actor principal, de este modo, el telón se cerrará de manera natural para seguir su orden espontaneo en otro dimensión cuántica.

Por eso cuando te encuentres ante un orden perfecto, lo mejor es observar y apartarte, no intervenir, no alterar el simposio que ya de por sí solo funciona.

Todo esto lo viví durante seis horas, como si de diez minutos se tratase, recientemente; estar con dos excelentes artistas y, sin dudar, diría dos maravillosas personas como son Moisés Zamora y Paco Díaz.

Verlos en su conjunto me provocó ternura, mucha ternura y si algo necesita nuestra especie y este mundo en continua distopía, es ternura; una ternura que revista de amor, de cariño, de respeto, de bondad, de ilusión y de vivir, pero vivir no desde un tecnicismo en términos biológicos, de vivir con la plenitud de lo que eres y lo que representas, la supraconsciencia.

Moisés Zamora tiene una de las vidas más demoledoras que uno halla escuchado jamás, no sé si NETFLIX conoce a Moisés Zamora, pero si eso ocurre en algún momento, sea en Madrid o en Kuala Lumpur, podría crear un especial de una biografía de alguien que ha grabado a fuego sobre su espalda, en una especie de epitafio, “SIMPLEMENTE VIVÍ”.

Quiero y deseo que a Moisés Zamora le vaya bien las cosas; Moisés, mereces que todo te sonría, eres un superviviente y para mi ya has alcanzado la inmortalidad, te admiro, te respeto, te auguro un presente motivador y un futuro sin límites, necesito a seres que me inspiren, y tú no eres una inspiración pasajera, eres un camino que apartó la palabra miedo de su vocabulario.

Moisés Zamora, aquí tienes un amigo.

Te abrazo: Omar Jerez

Obra. © by Moisés Zamora.Obra. © by Moisés Zamora.

En ocasiones veo muertos decía Cole Sear (Haley Joel Osment) en El sexto sentido, dejando muy claro que no todo el mundo es capaz de percibir las mismas cosas. Por su parte Frank Stella afirmó que lo que ves es lo que ves, eliminando el socorrido flotador de la ilusión para conseguir que sus pinturas se sumergiesen en la literalidad objetual. Pues bien, cuando observo atentamente las piezas de Moisés Zamora veo cosas que no creeríais. Incluso rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Delante de sus piezas es fácil hacer un viaje que va de lo más pequeño a lo inabarcable, de las células vistas a través del microscopio a la inmensidad de los campos de estrellas. 

Obra. © by Moisés Zamora.Obra. © by Moisés Zamora.

Entre todos los puntos de vista posibles, hay uno con el que me siento especialmente cómodo: cuando me sitúo frente a sus telas y papeles como si fuese un aviador que cartografía territorios apenas explorados, dibujando con precisión mapas que ayudan a viajar, quizás, para perderse para siempre. 

Cartografía, un término que se ha convertido en uno de los comodines recurrentes a la hora de hablar de arte contemporáneo. Desde que Deleuze y Guattari, hace ya bastantes años, lo incluyesen entre los principios del Modelo Rizomático, la etiqueta se aplica con generosidad como mapa de relaciones en donde interactúan fuerzas invisibles. En el caso que nos concierne soy mucho menos ambicioso, me refiero a la cartografía como representación de un paisaje, un paisaje peculiar, sin principio y sin fin y por supuesto, sin centro. Y ahí sí, volvemos a la idea de rizoma tan querida por los pensadores franceses.

Obra. © by Moisés Zamora.Obra. © by Moisés Zamora.

Cada porción de materia utilizada por Zamora, ya sea tela, cartón, papel o plástico, se transforma en un fragmento de tierra o de cielo que podría solaparse con otro realizado meses antes o que todavía está por llegar. 

Hay que estar muy atento para saber si lo representado pertenece a una galaxia que la tecnología actual todavía no permite mostrar, o al magma solidificado que hace semanas dejó de ser tan rojo como el de alguna de sus piezas. Si predominan los verdes, podríamos estar ante un bosque cuajado de pequeños lagos, una sima marina, una ciénaga o la superficie de un planeta todavía no bautizado. 

Obra. © by Moisés Zamora.Obra. © by Moisés Zamora.

Cada pieza es un mapa que seguramente sea el propio territorio representado. Hay superficies horadadas que muestran un tesoro de oro que evoca a El Dorado del antiguo Virreinato de Nueva Granada y al mismo tiempo, al propio mapa del tesoro. Aunque el oro sea en realidad una manta isotérmica de las que se emplean para cubrir los cadáveres. Otros territorios se camuflan con la pared que los acoge y así toda la casa, el edificio, la calle, la ciudad, el país, el mundo entero… pasa a formar parte del mapa, como en el cuento de Borges.

Obra. © by Moisés Zamora.Obra. © by Moisés Zamora.

Hay otro tipo de cartografías que veo en las piezas de Zamora, una piel que es el mapa de algo que una vez estuvo vivo. La materia en sus manos se transforma en el cuero que ha sido curtido con el tesón y la ciencia Transforma el lienzo, el pellejo que se puede pudrir, en una superficie que engaña a la muerte, a la podredumbre. Superficies dibujadas, lijadas, amputadas, recortadas, quemadas, maltratadas, coloreadas, teñidas y acariciadas, para conseguir traernos los últimos restos de un animal mítico ya desaparecido. La piel es lo único que tenemos para reconstruir lo que antes estuvo vivo.

He visto trabajar a Moisés Zamora y las interpretaciones anteriores, cuajadas de referencias externas que van de lo espacial a lo material no sería extraño que fuesen completamente ajenas a las intenciones del artista. No descarto que sus piezas sean autorreferenciales, que la propia ejecución de las mismas sea lo que las justifique y explique. No importa, eso no evitaría que cada vez que las mire con atención, viaje y en ocasiones, consiga no saber en qué lugar del espacio-tiempo me encuentro. Y eso me gusta. Mucho.

Paco Díaz

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