Alemania

Suavecito y “kitschig“

Juan Carlos Tellechea
martes, 14 de diciembre de 2021
Khatia Buniatishvili © by Jennifer Taylor Khatia Buniatishvili © by Jennifer Taylor
Düsserldorf, miércoles, 1 de diciembre de 2021. Gran sala auditorio Mendelssohn de la Tonhalle de Düsseldorf. Khatia Buniatishvili, piano. Erik Satie, Gymnopédie nº 1. Frédéric Chopin, Preludio en mi menor op 28 nº 4, Scherzo nº 3 en do sostenido menor op 39. Polonaise en la bemol mayor op 53, Mazurka en la menor op 17 nº 4. Johann Sebastian Bach, Aria de la Suite nº 3 en re mayor BWV 1068, Preludio y fuga en la menor BWV 543. Franz Schubert, Impromptu en sol bemol mayor op 90 nº 3 D 899. Franz Liszt, Serenade en re menor nro. 7 S 560, Consolation nº 3 S 172, Rapsodia húngara nº 2 en do sostenido menor (en la versión de Vladimir Horowitz). François Couperin, Les barricades mystérieuses (del segundo libro de Pièces de clavecin). Organizador Heinersdorff-Konzerte, Klassik für Düsseldorf. 90% del aforo, reducido por las medidas de prevención e higiene contra la pandemia de coronavirus.
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Khatia Buniatishvili ofreció un recital de piano este miércoles en la sala Mendelssohn de la Tonhalle, organizado por Heinersdorff-Konzerte, Klassik für Düsseldorf. Fue una de esas veladas agradables como para un público que regresa agotado del trabajo y no quiere otra cosa más que música livianita que lo relaje del estrés de la jornada. No se trata de romperse más el coco con composiciones complicadas a última hora de la tarde. ¡Faltaría más!

Su programa de 80 minutos parecía más una lista de reproducción discográfica para amantes de los aperitivos y canapecillos musicales. 

Un Satie por aquí, un Chopin por allá, un Bach por este lado, un Schubert por el otro, un Liszt más allá, y un Couperin acullá. Pero todo breve, parafrástico y agradable al oído, laxante, nada somnífero. 

Una colorida hibridación de literatura pianística entre el Barroco y el Romanticismo con buena calidad de ejecución.

Buniatishivili, luciendo un precioso atuendo de noche con hilos dorados y plateados colgando, tiene mucho público; parece haber encontrado el nicho de mercado idóneo para ella y estar sentada sobre una mina de oro. 

Una fila más atrás de mi butaca una familia de estadounidenses recién llegados de Disneylandia/París aplaudiendo con entusiasmo. Detrás de ellos un grupo de admiradores georgianos gritando “¡bravo, bravo, bravo!“ entre pieza y pieza. A mi lado una ejecutiva de una gran empresa de Düsseldorf luciendo su bolso de Gucci algo más discreta y meditativa. Un poco más adelante un par de jóvenes de aspecto bastante informal y despreocupado a todas luces satisfechos con la presentación. Promedio de edad de los asistentes: entre 45 y 55. 

El furioso final resultó ser una garantía de ovaciones a más no poder, con bises como el Adagio del Concierto en re menor de Bach y "La Javanaise" de Serge Gainsbourg.

Si esto es de mal gusto (“kitschig“) o no, tanto da. Ella le pone cara a todo. Lo que importa es que sea adorable. El truco radica en que Buniatishvili organiza las piezas en unidades dramáticamente coherentes. Por ejemplo, forja un trío de la Mazurka op 17/4 de Chopin, Les Barricades Mystérieuses de François Couperin y el Preludio en la menor con fuga BWV 543 de Bach en el arreglo de Franz Liszt, uniendo las obras individuales tan estrechamente como si fueran una especie de conjunto atmosférico de variaciones.

Esto crea contextos en los que realmente hay obras singulares. Engendra una buena alternancia de fogonazos suaves (como el "Aire" de Bach de la Suite en re mayor BWV 1068) y un virtuosismo ferozmente ardiente (verbigracia en el Scherzo nº 3 de Chopin y, especialmente, en el acto circense de Liszt-Horowitz de la Rapsodia húngara nº 2, en el que hay que tocar prácticamente todas las teclas del piano, y en el que Buniatishvili pulsa también la mayoría de ellas).

Escuchar aquí es un gran placer. Sobre todo porque Buniatishvili recorta sistemáticamente cada pieza hasta la idea central de su intensidad expresiva: de la manera más tierna y etérea posible, allí donde ya es fragante, desinhibida en el gran gesto, donde la cabeza de la concertista ya está lanzada hacia atrás de cualquier modo.

La pianista lleva años causando furor y formando círculos de fanáticos. Posee todas las aptitudes que hacen hoy en día a una carrera de música clásica: virtuosismo, una memoria robusta, buenos nervios y una presencia escénica deslumbrante. Su toque es cálido y rico en matices, tiende a suavizarse cuando se trata del ritmo.

Pero su forma es flexible, carece de consistencia firme. Es cremosa como uno de esos helados suaves de máquina. Además, lleva a gala agregar aderezos interpretativos que enajenan muchas miniaturas de Chopin. Por ejemplo, la Polonesa en la bemol mayor op 53 resulta casi extraña. La marca de tempo Maestoso convertida en Vivace y el ritmo elevado a una velocidad galopante, causa una impresión más apresurada que heroica.

En la transcripción de Liszt del Preludio y fuga en la menor de Bach, la pianista tiende a los contrastes dinámicos duros entre el ronroneo y el forzamiento. La introvertida Mazurka en la menor de Chopin también sufre el triste destino de una repentina dramatización que resultó ser más espectacular que interpretativa. Buniatishvili terminó con la versión de Horowitz de la 2ª Rapsodia Húngara de Liszt. La virtuosa pianista superó de forma impresionante los elevados obstáculos técnicos, aunque no acertó ni con el carácter de la Rapsodia de Liszt ni con el ingenio de la paráfrasis de Horowitz.

En fin, que a su público le importan un bledo estas exquisiteces y bobadas. Lo principal es que suenen más o menos bien y lo hagan olvidar del agotamiento del día en medio de esta maldita pandemia que todo lo destruye. Por supuesto, tiene que haber algo de llamativo y poderoso en todo esto. Debe de ser así, porque la experiencia del concierto es tan intensa como convincente para esta masa de espectadores.

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