Reino Unido

Walkiria sin Loge

Agustín Blanco Bazán
miércoles, 15 de diciembre de 2021
The Valkirye © 2021 by Tristam Kenton The Valkirye © 2021 by Tristam Kenton
Londres, lunes, 22 de noviembre de 2021. English National Opera (ENO) en el London Coliseum. The Valkyrie, ópera en tres actos con libreto y música de Richard Wagner. Traducción al inglés de John Deathridge. Regisseur: Richard Jones. Escenógrafo: Stewart Laing. Elenco: Nicky Spence (Siegmund), Emma Bell (Sieglinde), Brindley Sherratt (Hunding), Mathew Rose (Wotan), Rachel Nicholls (Brünhilde), Susan Bickley (Fricka). Orquesta de la ENO bajo la dirección de Martyn Brabbins. Coproducción con la Metropolitan Opera House, New York.
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Thomas Mann escribió una vez que Wagner era mediocre como compositor y como poeta, pero que, una vez entrelazadas, su música y su poesía se fundían en una unidad de incomparable genialidad. 

Pero para lograr esta unión las palabras tienen que ser en el original alemán, un idioma que en Gran Bretaña las grandes casas de ópera aplican a rajatabla, con una notable excepción: la ENO o English National Opera. 

Allí cualquier idioma que no sea inglés está prohibido y esta nueva Walkiria no fue una excepción: un decente conjunto de cantantes flotó sobre la orquesta en lugar de integrarse a ella con esas consonantes que deben articularse con una intensidad comparable a cualquier instrumento, y servir de apoyo vocales que en lugar de ir sueltas en el tarareo de la línea melódica siempre se apoyan en las consonantes que las rodean. 

¡Trate el lector de cantar “Spring” en lugar de “Lenz” en Wintersturme! mientras se da una ducha o calienta el café! En lugar de apoyar la “e” extendida de “Lenz” entre la “l” y la “n”, deberá extender la i (iiiiiii) entre “Spr” y “ng.” No debe pues sorprender a nadie que el lied de Sigmund haya sido una vez más cantado en una producción de la ENO sin integrarse a la pulsación de la orquesta. 

Nicky Spence. © 2021 by Tristam Kenton.Nicky Spence. © 2021 by Tristam Kenton.

Es así que sonó como una canción de un musical de Lloyd-Weber y dulzón como una melodía de My fair lady. Nicky Spence superó estas dificultades tratando de acentuar lo inacentuable como mejor pudo, pero su agudo final en el primer acto salió algo destemplado. Y en el segundo acto ya estaba algo cansado.

Similares problemas tuvo que confrontar el Wotan de Mathew Rose, con esos parlando que en inglés pierden todos los ángulos y recovecos con que el idioma original se incorpora o contrasta con el comentario orquestal. Su adiós de cierre también fue malogrado por las imposibles triquiñuelas de vocales y consonantes. Una cosa es cantar “Leb wohl!” afianzando el legato en la “o” y fijando la conclusión de la “o” con una “l” y otra es tratar de apoyar en la segunda “e” de “farewell!” 

Aquí Rose, ya cansado por un papel que requiere una excepcional resistencia física, patinó esa larga “e” hasta casi rozar el calado y la desafinación. En alemán, este excelente cantante habría podido lucir mejor la calidez de su timbre y su inteligente expresividad. Pero hay más porque…¡imposible dejar de pensar en lo que habrá sufrido cuando el momento más dramático de la partitura se transformó en el más cómico por causa de la corrección política de John Deadrige, el responsable de la nueva traducción! 

Mathew Rose. © 2021 by Tristam Kenton.Mathew Rose. © 2021 by Tristam Kenton.

En lugar de presagiar el fin de los dioses y su orden político como “Das Ende! Das Ende” a este Anglo Wotan no le quedó más remedio que chillar: “Extinction!…extinction.” Muchos entre el público tuvimos que contener la risa ante esta burda propaganda de Extinction rebellion el movimiento ambientalista que tantos dolores de cabeza da a la policía británica con sus escaramuzas callejeras.

Nicky Spence y Emma Bell. © 2021 by Tristam Kenton.Nicky Spence y Emma Bell. © 2021 by Tristam Kenton.

Burda sí, pero no desacertada en su relación con una puesta en escena que no hizo sino enfatizar la que se nos viene con árboles pelados y cenizas cayendo de un cielo gris e invernal. Invernal porque Richard Jones ubicó la puesta al norte del círculo ártico, con cabañas de tronco y un Wotan barbudo, en anorak rojo y camisa a cuadros… también roja, en una palabra una especie de cazador de venados, morsas u osos. 

Con esta rusticidad campesina y una Brünhilde menuda y ágil saltando sobre su papá y caracterizada como una rebelde reminiscente de Greta Thunberg, Richard Jones aniquiló cualquier posibilidad épica en su puesta. 

Su genio asomó solo en dos momentos. Cuando Sigmund se acurruca sobre Sieglinde después de anunciar que rehúsa ir al Walhalla sin ella, Brünhilde posa ligeramente la palma de su mano sobre el vientre de Sieglinde, y reacciona temblando al haber descubierto el misterio de una vida para ella inimaginable. 

Emma Bell. © 2021 by Tristam Kenton.Emma Bell. © 2021 by Tristam Kenton.

El segundo gran momento es el de una Sieglinde hecha un bollito sentada en el suelo con sus brazos entrelazando sus rodillas, llamando en vano a su madre mientras cae la nieve… o la ceniza. Y aquí ha llegado el momento de encomendar la interpretación de este rol por Emma Bell, una soprano de cuyo timbre y entrega me hicieron acordar a Leonie Rysanek

Rachel Nicholls. © 2021 by Tristam Kenton.Rachel Nicholls. © 2021 by Tristam Kenton.

Por el contrario el timbre de Rachel Nicholls no es el apropiado para Brünhilde. Nicholls es una cantante de formidable apoyo y extensión de registro, pero es una soprano lírica, más apropiada para Senta o Elisabeth. Es así que, predeciblemente, deslumbró con su grito de walkiria, para naufragar con su registro medio bajo durante el anuncio de la muerte en el segundo acto. Aquí el apoyo fue inseguro y la dicción poco clara. Otro problema fue que su voz es pequeña para las enormes dimensiones del Coliseum londinense. 

Nicky Spence y Brindley Sherrat. © 2021 by Tristam Kenton.Nicky Spence y Brindley Sherrat. © 2021 by Tristam Kenton.

Vocalmente excelente, aunque sobreactuado por su sadismo casi cómico el Hunding de Brindley Sherrat, y similarmente eficaz Susan Bickley, una Fricka convincente en su autoridad e irritante por las despreciativas miradas de señora finolis que les lanza a Wotan y Brünhilde. 

La dirección orquestal de Martyn Brabbins fue detallada y con aceptable color, pero falló por su debilidad de articulación. Hubo más bien una continuidad rapsódica ejecutada con elegancia pero sin las abrupteces interpretativas de accelerandos, diminuendos, sforzandos, súbito piano, etc, que hacen a la esencia de una buena interpretación wagneriana.

Escena de las Walkirias en el tercer acto. © 2021 by Tristam Kenton.Escena de las Walkirias en el tercer acto. © 2021 by Tristam Kenton.

En el tercer acto, las walkirias “cabalgaron” sobre unos simpáticos caballos estáticos de dos patas cubiertos con un lienzo del cual asomaban sus cabezas de caballo y la escena final fue malograda por una inaceptable imprevisión. 

Parece que Richard Jones había planeado un grandioso final de fuego, pero a la poco previsora administración de la casa no se le ocurrió consultar con la municipalidad hasta último momento. Gran error éste si se tiene en cuenta que las medidas de prevención de incendio son rigurosísimas en una ciudad que ha protagonizado catastróficos finales de fuego a lo largo de su historia. 

Y la ENO debería haber consultado con las autoridades teniendo en cuenta que, hace ya algunos años, la pira de un Trovatore en el Covent Garden había sido reducida a una fogatita por orden de las autoridades y para frustración del regisseur Piero Faggioni, que furioso no permitió más que una serie de funciones, después de lo cual la puesta no volvió a verse. 

Pues bien, aquí también se presentó la municipalidad para hacer valer sus reglas de prevención de incendio, y el resultado fue una escena final enmarcada en cortinas grises. Para aliviar esta radical opacidad, Wotan cubrió con su anorak rojo a Brünhilde, y ésta, como una caperucita roja dormida fue elevada con unas poleas a metro y medio del suelo mientras caía el telón.

Como en otras oportunidades la ENO ha presentado esta nueva versión de La Walkiria como ensayo de cocina en inglés de una producción destinada al Met de Nueva York en idioma original y seguramente con un reparto rimbombante. Pero dudo que llegue allí sin una radical revisión. 

Algo parecido ocurrió con la Forza del Destino en la puesta de Calixto Bieito. Después de la primera función se hizo correr la voz que el director del Met, Peter Gelb, había quedado encantado. Pero no. Parece que Gelb estaba simulando para no ofender a nadie. O decidió pensarlo dos veces. 

Porque lo cierto es que poco después el Met anunciaba que, después de todo, esta Forza no iría al Lincoln Center. Porque allí siempre se pide espectáculo, épica y color. Allí las régie de personas con ansias de renovación no compensan visiones tal vez saludablemente provocadoras pero sin brillo y con dramaturgia finalmente a medio hacer.

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