Reino Unido

Rattle y la Sinfónica de Londres en medio del Omicron

Agustín Blanco Bazán
miércoles, 12 de enero de 2022
Simon Rattle © 2022 by Barbican Hall Simon Rattle © 2022 by Barbican Hall
Londres, jueves, 6 de enero de 2022. Barbican Hall. Leonidas Kavakos, violín, LSO-London Symphony Orchestra, Simon Rattle, director. Unsuk Chin: concierto para violín nº 2. Jean Sibelius: sinfonía nº 7 en do mayor, Op 105. Béla Bartók: El mandarín maravilloso (Suite)
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Sala llena y enmascarada. Y un público ávido de música en vivo frente a una orquesta y un director emblemático de lo que Inglaterra llegó a ser. La orquesta lo sigue siendo, formidable por su intensidad de ataque, su brillantez de sonido y la capacidad de cada instrumentista para integrarse a un todo siempre bien oxigenado y sin fisuras. Y el director también brilló en un programa que le vino como anillo al dedo.

La compositora coreana Unsuk Chin (Seúl, 1961) no oculta en sus notas de programa que este concierto fue inspirado por Leonidas Kavakos, que en este estreno mundial lució sus mejores talentos. Efectivamente, la obra está subordinada claramente a la iniciativa del violín solista a lo largo de este conciso y variado movimiento único de 25 minutos de duración. La orquesta comienza murmurando un comentario en respuesta al inicio marcado por el solista y en este murmullo se percibe la alternativa de percusión y cuerdas que caracterizará su progresión hasta el final. Poco a poco las respuestas orquestales se afirman con respuestas cada vez más angulares y abruptas, en contraste a solos de violín de un virtuosismo exacerbado pero nunca exhibicionista. La forma total asemeja a un laberinto, sugiere la compositora, pero aún dentro de esta curiosa y atractiva sensación de “sin salida”, las texturas están claramente diferenciadas.

Después del intervalo, la séptima de Sibelius fue despachada en veinte minutos por un director no solo estrechamente afín a la obra sino inspirado por una sensibilidad a la vez íntima y expansiva. En comparación con algunas versiones que pretenden martillar grandeza a través de pesadez y solemnidad, Rattle optó por sumergirse en un río sonoro de agitados contrastes. (Sibelius mismo comparaba una sinfonía a un río). En el progreso del adagio al vivacissimo inicial salieron claras las diferencias de tiempos de las maderas de viento, la trompa y las frases de cuerdas y las reapariciones del tema de trombón sobre el cual tanto se apoya la obra encausaron firmemente la narrativa básica hasta el luminoso tema coral que preanuncia la recapitulación final. Como nunca las reminiscencias de Chaikovsky lograron ser asociadas con un asertivo presagio de modernidad. El final fue maravilloso: los tensos acordes de cuerdas en el registro alto fueron aplacándose para sumergirse en las intervenciones finales de trombón, y luego de un interrogante fraseo de maderas y cuerdas, el crescendo-sforzando final emergió como una ola de afirmación y tranquilidad.

Una atmósfera jazzista y de frenético expresionismo predominó en la lectura de Rattle para el Mandarín Maravilloso. El caos urbano del comienzo fue ordenadísimamente expuesto en todas sus aristas, melismas y variación cromática. Y los agresivos glissandi de trombones y tubas fueron magistralmente contrastados con solos de clarinete desarrollados a través de un evasivo y misterioso lirismo. Magistral fue el balance de dinámicas gracias al cual la diversidad de acordes y los constantes cambios de velocidad nunca salieron del cauce de una segura unidad de ejecución. Bartók pareció emparentarse con Shostakovich en su visión de una sociedad desintegrada y a la vez en ansiosa búsqueda de conclusiones armónicas.

El bis, inesperado en una orquesta local y anunciado como un regalo de año nuevo, fue una Danza eslava de Dvořák que los enmascarados recibieron como la mejor medicina a las aprehensiones traídas al Barbican por el anuncio de más de doscientos mil casos de Omicrón esa misma tarde.

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