España - Galicia

Lo que sea, pero así

Alfredo López-Vivié Palencia
miércoles, 26 de enero de 2022
Gabriela Montero © by Consorcio de Santiago Gabriela Montero © by Consorcio de Santiago
Santiago de Compostela, jueves, 20 de enero de 2022. Auditorio de Galicia. Gabriela Montero, piano. Real Filharmonía de Galicia. Joana Carneiro, directora. Gabriela Lena Frank: Leyendas: An Andean Walkabout; Gabriel Fauré: Suite de Pelléas et Mélisande, op 80; Clara Schumann: Concierto para piano en La menor, op 7.
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Parece ser que, coincidiendo con el horario del concierto, había uno o más partidos de fútbol trascendentales a efectos de no sé qué copa, recopa o recopichuela. O que muchos padres de alumnos de enseñanza primaria estaban “testeando” a sus hijos mientras en las escuelas los directores hacen sudokus para confinar aulas y cubrir bajas. O que a los estudiantes de piano de Santiago y comarca no les llama la atención que venga una solista de renombre a tocar una pieza que no conocen. O, por fin, que al público habitual de la Real Filharmonía no le apetecía salir en esta noche fría a escuchar un programa sin gancho. El caso es que la sala Brage del Auditorio de Galicia presentaba hoy un aspecto desolador: algo más de la mitad del aforo, a ojo de buen cubero.

Leo en el programa de mano que la californiana Gabriela Lena Frank (Berkeley, 1972) mezcla en sus Leyendas 

elementos de la tradición musical clásica occidental y de la música folclórica andina, inspirándose en una idea de mestizaje… en la que las culturas coexisten sin que una esté sometida a la otra.

Pues vale. Por lo que escuché, de la primera ha sacado una ilustre formación académica para escribir música muy clara, aunque sea empleando un lenguaje demasiado vanguardista como para triunfar ante el público general; de la segunda, obviamente el elemento rítmico que sostiene toda la música popular iberoamericana (ta, ta-ta, ta-ta), y un par de melodías plenamente cantables que dan un pequeño respiro al oyente.

Para esta obra escrita en el año 2001, de veintipocos minutos y dividida en seis números que alternan rapidez sincopada y premiosidad contemplativa, Frank emplea únicamente las cuerdas de la orquesta. A los primeros atriles les reserva el arduo trabajo de un cuarteto, mientras el resto se dedica casi siempre al “pizzicato”. La pieza me resultó difícil, pero el trabajo que hizo Joana Carneiro fue lo bastante demostrativo de que la Real Filharmonía de Galicia, cuando está en buenas manos, es capaz de tocar con el nivel de excelencia que se espera de ella: sonido grande, limpio y empastado. Merecidísimos los aplausos para todos, y en particular para los cuatro solistas.

La Suite que recopiló Fauré de su Pelléas et Mélisande es de esas piezas que le sientan como un guante a la Real Filharmonía. Carneiro lo sabe, lo aprovechó y lo disfrutó; no sólo en la célebre “Siciliana”, sino desde el principio hasta el final. Fue de esas ocasiones en las que uno anticipa visualmente el placer de la escucha: cuando hay conexión fluida entre la batuta y la orquesta –y previamente un trabajo de ensayo eficaz-, uno es capaz de imaginar el sonido que vendrá únicamente viendo el gesto y la expresión –facial y corporal- que procede de la tarima. Y ese sonido salió con la transparencia y la delicadeza que esta música requiere.

Clara Wieck compuso su Concierto para piano en La menor siendo aún una adolescente, muchos años antes de casarse con Robert Schumann. No es una pieza que enamore, aunque sí hay que reconocer que esta mujer –excepcional en el más etimológico sentido de la palabra- sabía lo que hacía. La escritura para el piano es la que cabe esperar de alguien de su categoría: virtuosismo con cascadas de octavas por un lado, y lirismo ensoñador por otro; pero sin copiar ni a Liszt ni a Chopin, a quienes en aquel momento no podía conocer. A la orquesta no le plantea demasiados problemas en su papel de mero acompañante, pero se cuida muy mucho de disponer una plantilla desproporcionada. Y además con la buena idea de hacer que los tres movimientos se toquen sin pausa, de forma que la obra queda compacta en sus veinticinco minutos de duración. 

Ni siquiera Gabriela Montero se sabe este concierto de memoria (ni falta que hace), y recurrió a la ayuda del atril. Me gusta la seguridad con la que toca, la fuerza de sus dedos, y la contención a la hora de añadir almíbar. A pesar de ello, su interpretación me pareció monótona y algo desganada. A lo mejor es que la pieza no da más de sí (yo tampoco me la sé, y no puedo comparar); pero no lo creo, porque el acompañamiento de Carneiro y la orquesta salió mucho más mimado y envolvente. Lástima que el primer violonchelo no hiciese lo propio en su dúo con el piano en que consiste el segundo movimiento (Por cierto, ¿tomó Brahms de ahí la idea para su Concierto en Si bemol?) Tampoco Montero me entusiasmó en su improvisación sobre el Finale de la Novena Sinfonía de Beethoven con la que correspondió los aplausos (dijo que la víspera le habían pedido lo mismo), dejando aparte unos brillantes destellos lisztianos en la parte más oscura del teclado.

No tengo el menor interés en volver a escuchar ninguna de las tres obras en el cartel de esta noche; como tampoco pienso perderme ningún concierto que dirija Joana Carneiro, toquen lo que toquen.  

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