Ópera y Teatro musical

La otra noche … la Tebaldi

Agustín Blanco Bazán
martes, 1 de febrero de 2022
Tebaldi como Leonora © 1958 by Teatro San Carlo Tebaldi como Leonora © 1958 by Teatro San Carlo
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¡Feliz cumpleaños Renata! Y más felicidades por haber llegado a los cien, algo que quienes anunciaron tu muerte en el 2004 se resisten a aceptar. Pero ya sabemos que en el mundo de la ópera (la más absurda y alienada de las artes) hay muchos que, como ocurre con los roqueros de Elvis Presley, no dejan morir sus mitos fácilmente. Es a ellos, los que hoy envejecen recordando un “pasado” que para ellos es siempre el presente que hoy me complazco en proclamar: “¡La Tebaldi vive! ¡Y yo la vi la otra noche en el San Carlo en La forza del destino!"  ¿Por qué no dedicarle una crítica en Mundoclasico?

Napoles, Teatro San Carlos, 15.3.1958, La forza del destino, ópera en tres actos con libreto de Francesco Maria Piave y música de Giuseppe Verdi.  Regisseur, escenografía y vestuario: Varios Anónimos. Elenco: Giorgio Algorta (marqués de Calatrava), Renata Tebaldi (Leonora), Franco Corelli (Don Alvaro), Oralia Dominguez (Preziosilla) Ettore Bastianini (Don Carlo di Vargas), Renato Capecchi (Melitone), Boris Christoff (Padre Guardiano), Ana di Stasio (Curra, cameriera), Mariano Caruso (Mastro Trabuco) Orquesta y coros (Maestro del coro: Michele Lauro) del teatro San Carlos bajo la dirección de Francesco Molinari Pradelli.

La puesta de "Varios Anónimos" 

Ante todo conviene aclarar que la alusión en la ficha técnica a Varios Anónimos no indica el descubrimiento de un regisseur griego, sino el hecho que la filmación de la RAI de 1958 no se preocupa por dejarnos saber si hubo realmente algún responsable escénico principal. Sospecho que hubo muchos y de allí el nombre. 

Comencemos por los decorados, en rigurosa tela a través de la cual se han abierto puertas, ventanas, ojivas góticas y, algo particularmente importante en esta obra, rincones para esconderse y urdir cosas tremendas. A veces estos telones pintados se mueven bastante en las escenas de coro y danzas pero la tarantela y el rataplán alimentan este temblor con vitalidad dramática. Y cuando Leonora tira del piolín de la campana para anunciarse a los monjes del Convento de Nuestra Señora de los Ángeles la entrada a la clausura tiembla como una cortina atacada por el destino del título pero … ¡no podía ser de otro modo cuando es la Tebaldi quién llama a la puerta! 

De cualquier manera, estos decorados son estrictamente fieles a las descripciones del libreto, y gracias a ello el interior del palacio del marqués de Calatrava al comienzo tiene el ventanal con balcón a través del cual irrumpirá Alvaro. No como aquella escenografía del Covent Garden del 2004 en que Alvaro irrumpía sin ton ni son en una cámara sin ventilación. 

¿Regie de personas? Molinari Pradelli,  la Dominguez y Capecchi 

La regie de personas es de inenarrable frescura por la escasez de instrucciones. ¡He aquí una tropa de cantantes extraordinarios realmente librados a la fuerza de un destino que les obliga a abrirse paso como pueden! De cualquier manera, al no tener un regisseur obsesivamente empeñado en reemplazar a Verdi y Piave con sus ideas, cantantes y coros se desplazan sin chocarse bajo la dirección del único director que cuenta, que es el de orquesta. Riccardo Muti alguna vez bromeó en mi presencia que el verdadero regisseur es el director de orquesta. Y algunos insistimos en elevar a Francesco Molinari Pradelli a la categoría de los grandes. 

En esta Forza la excelente orquesta del San Carlo ataca con precisión, tersura y una premonición intensa y contenida. Uno de los momentos escénicamente más geniales de esta función es el de Don Carlo cantando su “Son Pereda” mientras mira sorpresivamente y de vez en cuando a la ventana detrás suyo desde donde lo espía una Leonora en ascuas y siempre lo suficientemente atenta para ocultarse justo cuando aquél se da vuelta para mirar. ¡Bien sabían Tebaldi y Bastianini que este juego de escondidas dependía de sus talentos individuales antes que de las instrucciones de un director de escena! ¡Y qué bien responden a la orquesta sin dejar pasar siquiera un acorde sin retransmitirlo al público con una gesticulación apasionada y precisa! 

El entusiasmo de los coros y las comparsas por mostrarlo todo en una función que sabían se televisaba tuvo como resultado un admirable pathos en las escenas de la posada y el campamento militar. El hecho que los solistas deben abrirse paso como podían en medio de tanto jolgorio no hace sino incrementar la espontaneidad general y da un inesperado relieve a la actuación de quienes tienen la dificilísima tarea de confrontarse y dialogar con la turba. 

Vaya en primer lugar una mención para la no muy conocida, pero para muchos inolvidable Oralia Dominguez, una mezzo que siempre lograba imponer su presencia con solo asomarse al escenario, y aquí una Preziosilla literalmente de armas llevar, en sus invocaciones a la guerra, sus arengas a los soldados y su sardónica interactuación y reojos con los personajes individuales. Ninguna revolución fracasaría si tuviéramos a Dominguez al frente cantando un "Rataplán" como el que casi rompió las tablas del San Carlo aquella noche de marzo de 1958. 

Y sin regisseur preocupado por mandar sus mensajes sobre la la degeneración y la decadencia de la guerra, hasta los pequeños cameos logran lucirse en medio del jaleo general: como nunca de saleroso intercambio sus pullas con los coristas ese mercachifle de Trabuco, a quien para acentuar su bufonería le pusieron una naricilla notablemente respingada. 

También se la pusieron a Renato Capecchi que deslumbra como un Melitone inolvidable, tanto en su presentación como cura español que quiere arruinar los festejos del campamento predicando a la soldadesca esa pacatería tan proverbial en su país de origen, como repartiendo sopa con su gigantesco cucharón sopa a esos pobres que no cesa de maldecir. “¡Cuatro porciones para mí!” pide una madre. “¿Cuatro? ¿Y por qué?”, pregunta Melitone amenazando a la madre con su cucharón. Respuesta: “¡porque tengo seis hijos!”  Retruque: “¡pues no los tendrías si te hubieras dedicado como yo a mortificar el cuerpo, y pasarte las noches rezando rosarios y Misereres!” 

¿En qué puesta de la Forza del destino emerge este tipo de cameos con los irresistibles contornos de esta Forza napolitana? 

Los mitos 

Atrapado entre la supervisión de Melitone y las neurosis de Leonora queda el Padre Guardiano, aquí interpretado por Boris Christoff con el suplicio de una peluca blanca de agresivos copos arriba y al costado y una barba similarmente algodonesca y también enrulada. ¿Quiso Anónimos sugerir una similitud entre este Guardiano y San Pedro, el portero del cielo? Pero Christoff sabe cómo imponerse a pesar de esta caracterización paródica. Es así que sus rulos y las mechas blancas quedan primeramente neutralizados por sus ojos enormes y sus miradas de fuego. Del resto se encarga su presencia intensamente estatuaria y ese timbre eslavo tan característicamente suyo, formidablemente apoyado para sus líneas legato y adecuadamente áspero y abierto. Es precisamente esta aspereza la que le permite contrastar con severidad, elevación y distanciamiento el caos emocional que envuelve a Alvaro y Leonora.  

¿Hubo alguna vez un barítono de proyección de voz más expansiva que la de Ettore Bastianini? En esta Forza la actuación de su Don Carlos se restringe a plantarse mirando al público con mirada severa y pose de agresiva intensidad. Nada más, pero basta y sobra para que cante un “Urna fatale” con insuperable candor e incomparables mordente y squillo

Similarmente elemental es la actuación de Franco Corelli pero también éste compensa su rigidez con una voz capaz de actuar por si misma. Su fraseo, abierto y sólidamente impostado en la garganta en el pasaje del registro medio al agudo es un antecedente directo de la emisión Pavarotti, y como este último, Corelli frasea con incomparable entrega las frases legato, aún cuando en otros momentos se coma alguna que otra vocal o consonante en los fraseos estilo parlando

¡Y ahora a nuestra cumpleañera! Parabienes

Acero y terciopelo son las metáforas más comunes para definir la voz de Tebaldi. Aquí quisiera agregar que a lo largo de esta Forza hizo gala de un formidable control de dinámicas. Jamás usó filados en los diminuendos. Aún los pianos fueron cantados con plena voz. A veces pareciera aterrizar un poco detrás de la nota que le toca atacar, pero su fraseo es de una agilidad y diferenciación incomparable. ¡Y esta si que actúa, a diferencia de Bastianini y Corelli! Ciertamente es una actuación amanerada pero, ¡qué intensidad tiene su expresionismo extremo! 

Lo más risueño para cualquier espectador contemporáneo es la primera escena, en la cual debe interpretar el doblez de niña amante de su papá pero a punto de escaparse con su amante. Aquí Tebaldi nos inunda con risueño calidoscopio de miradas de suplica, culpabilidad y picaresca combinadas con un gesto muy suyo, a saber una tendencia a entrelazar sus manos y llevárselas al pecho. A ello agrega un coreográfico desplazamiento de un lado al otro de la escena y, en momentos de angustia y horror, un levantar los brazos y las manos para esconderse detrás de ellas. De allí en adelante, Tebaldi progresa con un antológico contraste entre la palpitante angustia de “Madre pietosa Vergine” y la sublime aceptación de “La vergine degli Angeli.” 

Y en la escena final nuestra diva arrasa con todo. No hay manierismo que parezca excesivo en su “Pace, pace mio Dio”, gracias a una gesticulación asociada sin fisuras al melodrama orquestal y todas las contradicciones del carácter, desde el erotismo hasta la entrega final son expuestos con detallada y antológica exageración. “¡Esto también es ópera!”, comentó una vez el gran regisseur Joachim Herz, al evocar una visita de la Tebaldi y la Scala a un Berlín por entonces más empeñado en seguir a Bertold Brecht que al naturalismo italiano. En las antípodas de este estilo de cantantes vociferantes mirando al público se colocaba la escuela de Felsenstein y Herz, pero tanto ellos como el público cayeron rendidos al melodrama con que los visitantes consiguieron vencer todas sus teorías sobre como modernizar el género operístico. 

Epílogo 

Confieso que a mi me ocurrió lo mismo frente al terceto final, con la emoción contenida del padre guardián de Christoff, la desesperación del Alvaro de Corelli, y la Tebaldi ya casi cantándonos desde el cielo. Un antológico trémolo de violines en lacerante mezzopiano culminó con un suave golpe de timbal que Christoff gesticuló uniendo sus manos en plegaria. Telón, aplausos y gritos por parte de uno de esos públicos que no sólo aplaudía, sino que también gritaba su aprobación o reservas en imprecaciones completas. Y también un aplauso mío al laborioso apuntador que tan efectivamente se dejó oír por los cantantes, el público y los que asistimos a través de esta filmación. 

Renata Tebaldi ha declarado que ella siente el rol de Leonora dentro de sí, por los menos en su espiritualidad religiosa. También nos ha contado como pasaba el tiempo entre “la Vergine degli Angeli” y el comienzo de “Pace, pace mio Dio”: trataba de olvidarse y distenderse preparando algún otro rol, y hasta llegado el momento de reagrupar su adrenalina para el supremo desafío de su aria final. Este esfuerzo fue abruptamente aniquilado cuando una noche de marzo de 1960 en el Met, alguien golpeó la puerta de su camerino para informarle que Leonard Warren había muerto de hemorragia cerebral después de cantar “Urna fatale” y que el resto de la función había sido cancelado: “Morir, ¡tremenda cosa!” 

La función de Nápoles, dos años después viene en blanco y negro y con posibilidades cinematográficas y sonoras limitadas. Pero, “che forza…questa Forza” comenta Vincenzo Bisogni en sus notas a este memorable DVD.

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