España - Cataluña

"Ets el millor del món"

Jorge Binaghi
viernes, 11 de febrero de 2022
Beczala en el Liceu © 2022 by Teatre del Liceu Beczala en el Liceu © 2022 by Teatre del Liceu
Barcelona, jueves, 3 de febrero de 2022. Gran Teatre del Liceu. Recital de Piotr Beczala, tenor, acompañado por Sarah Tysman (piano). Arias y canciones de Verdi, Tosti, Moniuszko, Rachmaninov, Chaicovski, Gounod, Massenet y Bizet. Bises de Puccini, Karlowicz y Lehár.
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El catalán creo que se entiende. Fue la reacción espontánea de un espectador entre los bises del gran tenor polaco al final de un concierto que tildar de apoteósico es poco. No sé si hay alguien ‘mejor del mundo’ en canto lírico o lo que sea, y sé muy bien que frente a simplificaciones o exageraciones como esta se elevan las inevitables voces disidentes, y probablemente está muy bien que así sea. Si lo he utilizado como título es porque sí daba el termómetro de la sala del Liceu (con un nivel de asistencia poco frecuente en esos recitales, y más si son con piano) desde el vamos. 

Y justo es reconocer que Beczala se ha ganado a pulso el aplauso que lo recibió, los que siguieron y los absolutamente apasionados del final. Esta historia de amor que esperemos que dure (está menos sujeta que las otras a decepciones o cansancios) proviene de un trabajo continuo desde su debut en Faust pasando por conciertos aquí y en el Palau de la Música hasta llegar a la Luisa Miller de 2018 por la que público y crítica lo juzgaron mejor cantante masculino de la temporada y a la ‘reapertura’ tras el cierre duro de la pandemia en un recital, también con piano, y acompañado por Sondra Radvanovsky, otra predilecta del público del Liceu.

En todo caso, sí debo decir que lo considero, no de ahora, el mejor de los tenores que conozco en esta época, desde que lo descubrí (pueden ir a mirar la crítica aquí misma para cerciorarse) en una de sus primeras salidas internacionales para cantar el rol del pastor en Krol Roger de su compatriota Szimanowsky en Ámsterdam.

Venía de nueve funciones en el Met (con tormenta de nieve incluida) en las que hizo su tercera nueva producción de Rigoletto, al tiempo que se despedía del papel en escena. Con dos días escasos de diferencia hizo este concierto, que comenzó precisamente con dos de las intervenciones solistas del Duque de Mantua, aunque evitando la sempiterna ‘donna è mobile’. La elegancia de la balada ‘Questa o quella’ fue increíble con frases come ‘forse un’altra’ notables y acto seguido el gran recitativo y aria del tercer acto. Fue palpable el silencio durante el primero y la segunda fue arrebatadora con una cadencia final y un trino notables.

A modo de intermedio entre los ‘verdis’ vino luego una serie de las canciones maravillosas de Tosti, que a alguno le pareció más ‘reservada’ o menos ‘italiana’ que en las voces de Caruso, o Pavarotti, o Gigli. Seguramente el canto de Beczala es menos ‘arrebatado’, como lo era el de Björling o Gedda, pero hay que diferenciar entre ‘reserva’ y ‘frialdad’. Sin duda fueron ‘aristocráticas’ pero no faltas de pasión (‘L’ultima canzone’, ‘Chi sei tu che mi parli’ y el sensacional ‘Ideale’, donde hizo gala de su media voz), 

Siguieron la canción de entrada de Manrico en Il trovatore, ‘Deserto in terra’, dicha con gran ardor y un recitativo y aria del tercer acto para el recuerdo, no sólo con el trino (como al final de ‘Parmi veder le lacrime’) sino por el arrojo de un agudo no escrito. Así terminó una parte que pareció un homenaje a los tenores del pasado que hacían este repertorio (Björling y Gigli los primeros).

Pero para acabar la primera parte Beczala tuvo el valor de cantar un fragmento nada conocido de su connacional Moniuszko (que le debe en gran parte las recientes exhumaciones de Halka) y de una de sus obras más no diré conocidas sino citadas: La casa encantada, de otra de sus obras populares en algunos países, pero no en los más ‘operísticos’ (vi la ópera sólo una vez en Wexford precisamente como rareza y bien que vale la pena). Un aria bellísima de tenor (Stefan, el húsar) del acto tercero en que recuerda a sus padres y que además de obtener una primorosa y elegíaca versión es muy difícil y el público escuchó con inusitado silencio (sólo una vez, y no en momento ‘crítico’, oí sonar un móvil). Por ella sola habría valido el concierto.

La segunda parte se repartió entre rusos y franceses. De los primeros hubo cuatro canciones de Rachmaninov (‘Un sueño’, ‘Lilas’, muy bellas, y las conocidísimas y sensacionales ‘No cantes, bonita’ y ‘Aguas primaverales’ que ya había cantado alguna vez en el Palau pero que fueron de una gallardía y entrega vocal alucinante) y …. claro, Chaivosqui. Antes y después de las conocidas y extraordinarias ‘Sólo quien conoce la nostalgia’ y ‘En el bullicio del baile’ se escucharon las también melancólicas ‘¿Por qué?’ y ‘¿Reina el día?’ 

Pero entre ambos autores apareció un aria de ópera del segundo. Y, claro, el lamento de Lenski antes del duelo en que perecerá del acto tercero tuvo una versión estremecedora. Sólo lo había oído hace mucho en el Châtelet de París en una versión de la ópera completa y había estado muy bien, claro. Lo que hizo esta vez no encuentra traducción adecuada en palabras. Ni siquiera con su versión del Met que circula en dvd. Tendría que ir palabra por palabra, y no es el caso. Basta con citar su ‘¡Olga!’ en una mezcla de reproche, desilusión, nostalgia y amor perdido pero que continúa ardiendo para explicar que fue memorable.

Luego vinieron las arias francesas, empezando por el Roméo de Gounod (que me temo que no volverá a cantar entera) con su célebre saludo al sol, el canto de Ossian del Werther con el que concedió en su momento el primer bis en el Liceu, y el aria de la flor de Carmen, que cantó bellísimamente aunque con el agudo en forte (sólo dos veces se lo he oído en pianísimo), que provocaron obviamente el delirio. 

Y después llegaron los bises. Una ópera, Tosca, con el adiós a la vida de Cavaradossi, una canción de Karlowicz que Beczala ha logrado imponer en los conciertos (conocida como ‘la del pianísimo final’ que hizo honor a su sobrenombre). Y ante la insistencia su caballo de batalla en la opereta, ‘Dein ist mein ganzes Herz’ de El país de las sonrisas de Franz Lehár, que, como se suele decir, ‘bordó’ ante los ‘ah’ y murmullos admirativos que ya se habían oído ante los fragmentos de Werther y Tosca. Sobre la reacción del público ya he dicho bastante. Yo aplaudía de pie

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