España - Castilla y León

Un éxito Real

Samuel González Casado
jueves, 10 de febrero de 2022
Nuno Côrte-Real © 2014 by XpressingMusic Nuno Côrte-Real © 2014 by XpressingMusic
Valladolid, sábado, 5 de febrero de 2022. Centro Cultural Miguel Delibes. Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Jaime Martín, director. Nuno Côrte-Real: Kind of Concerto, para tuba y orquesta, op. 65. Shostakóvich: Sinfonía n.º 11 en sol menor, op. 103, “El año 1905”. Ocupación: 90 %.
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No es fácil ver al público de la Sala Sinfónica Miguel Delibes encantado con un estreno, pero esta vez sucedió con Kind of Concerto, de Nuno Côrte-Real. Concebido ya hace tiempo para celebrar el aniversario del tubista de la OSCyL, José Manuel Redondo, debió ser dirigido por Roberto González-Monjas, pero la pandemia truncó el proyecto.

Pensado como homenaje a Miles Davis y en general a toda la tradición de la música norteamericana, se trata de una obra elegante, nada enfática, cuya diáfana estructura e inspiración melódica la convierten en un divertimento que tiene algo de nostálgico, aunque su capacidad para evocar se hace siempre desde cierta distancia, de forma lúcida pero también fresca, en una especie de reflexión estilística. Los homenajes son variados, y pululan por ahí algunos, no sé si como fuente primaria, a la música cinematográfica (Herrmann, Goldsmith).

El solista contribuyó en gran medida al éxito de la obra, y evidentemente no solo por ser un músico perfectamente conocido por el público. Tras unos comienzos en que la escritura dio algún problema en el tempo y fiato, Redondo ganó en agilidad, y consiguió frases en las que demostró que su instrumento puede resultar expresivo líricamente; eso sí, el último movimiento, el más netamente jazzístico, es el que permitió un ensamblaje más natural.

Repleto de agilidades, el desarrollo de este movimiento, To Miles, se concibe desde diálogos del instrumento solista con algunas secciones de la orquesta, entre los que destaca el que tiene lugar con la percusión, donde se huye del énfasis sinfónico y con ello se integra perfectamente en ese tono general. Redondo no desaprovechó la ocasión y, ayudado por la irreprochable labor de Jaime Martín y la OSCyL, firmó un movimiento final preciso y expresivo, que dejó tan encantado al público que lo requirió para que saliera a saludar tres veces, probablemente la primera vez que esto ocurre en un estreno.

La interpretación de la Sinfonía n.º 11 de Shostakóvich contaba con un par de precedentes importantes en esta sala sinfónica: Vasily Petrenko y Eliahu Inbal. Y la versión de Martín no desmereció. Muy objetivo en los extensos periodos contemplativos o preparatorios, Martín sabe cómo lograr un sonido grande que no resulta vacío o simplemente ostentoso, sino que se transmite como cargado de compromiso.

Su 9 de enero fue el más impresionante de los tres escuchados en esta sala, y no simplemente por los decibelios, sino por el contraste que supuso con esa supuesta calma anterior, lo que fue la clave para su gran impacto. Aparte, todos los fortissimi sonaron diáfanos, y los timbres desempeñaron el papel de actores muy bien caracterizados de una tragedia que, de esta forma, tuvo la virtud de ir más allá de cualquier representación.

Jaime Martín, con todo lo anterior, destacó en su visión general de la sinfonía, que utilizó con inteligencia para amplificar los efectos; incluso al irregular último movimiento, que evidentemente plantea un problema de tono expresivo, le sentó bien el estilo del director, que intelectualizó el discurso lo suficiente como para no caer en la soflama, pero a la vez lo dotó de una convicción perfectamente equilibrada. Campana de alarma, bajo mi punto de vista, gana interés, y mucho, según transcurre, y el final estuvo a la altura de los momentos más sobrecogedores.

La labor de la OSCyL, que recuperó como concertino en esta sesión a Wioletta Zabek (homenajeada al final con un ramo de flores, excelente idea), fue, un día más, ejemplar; debe hacerse especial mención esta vez a la cuerda, repleta de matices; a unas maderas tremendamente entregadas tanto en los complicadísimos conjuntos como en los solos; y al percusionista Juan A. Martín, que tuvo una velada de lo más movida.

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