España - Castilla y León

Ídolos antiguos y nuevos

Samuel González Casado
martes, 15 de febrero de 2022
Daniel Ciobanu © by Alex Coman Daniel Ciobanu © by Alex Coman
Valladolid, viernes, 11 de febrero de 2022. Centro Cultural Miguel Delibes. Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Daniel Ciobanu, piano. Vasili Petrenko, director. Benjamin Britten: Peter Grimes: Cuatro interludios marinos. Serguéi Prokófiev: Concierto para piano n.º 3 en do mayor, op. 26. Edward Elgar: Variaciones sobre un tema original, op. 36, “Enigma”. Ocupación: 95 %.
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Con menos de una intervención por año desde 2004 de media con la OSCyL, Vasily Petrenko se ha convertido, casi desde el primer momento, en el director soñado por orquesta, público y crítica. Sus traspiés han sido escasos, y ha dejado para el recuerdo muchos de los mejores momentos del ciclo de abono.

Lo ha vuelto a hacer: el concierto n.º 4-2022 es el mejor de una temporada que ha ido creciendo en calidad. Realmente, todos lo esperábamos, porque con Petrenko la orquesta se entrega, y además el director ha evolucionado hacia un estilo más internacional, polivalente, sin haber perdido todos esos rasgos de la escuela rusa que le siguen caracterizado; pero lo que nadie esperaba es que el pianista Daniel Ciobanu reventara el guion con su radical visión del Concierto para piano n.º 3 de Prokófiev y que la sala se viniera abajo al final de la primera parte, algo extremadamente raro.

La clave para ello fueron su espectacular virtuosismo, “aparecido” en un momento en que el público vivía ayuno de pirotecnias en el CCMD; y el innegable carisma del solista, cuyos movimientos y gestos en el escenario hacen que toda la atención esté centrada en él. Bajo mi punto de vista, su postura encorvada no le ayuda en algunos detalles a la hora de aprovechar al máximo los ataques; el forte suena a veces duro y falto de regulación. Sin embargo, el solista parece ser consciente de ello, y suele contraponer cierta tosquedad puntual con frases inesperadamente delicadas, lo que continuamente va construyendo un discurso original y atractivo.

Por otra parte, escuchado con los ojos cerrados, no se aprecian grandes extravagancias en su versión, y sí un trabajo bastante concienzudo, conveniente “disfrazado” de fogosidad juvenil para llegar de forma más directa al público. Esto, realmente, solo lo hace quien puede, y en su caso no deja de causar asombro esa capacidad para, a velocidad supersónica, no perder el marcado rítmico, a veces señalado con grandilocuencia, la precisión mecánica y la absoluta claridad en sonido e intenciones. Prokófiev permite cierto desfase, y Ciobanu exprimió hasta la última gota de radicalidad, de capricho, de grand guignol. Ese compromiso con el discurso fue su verdadero punto fuerte, pues su convencimiento facilitó la transmisión al público de una concierto que realmente no es de los más plácidos de escuchar.

Es una lástima que la orquesta pudiera pasar desapercibida en esta obra, porque estuvo increíble: equilibrada, rotunda, comprometida y cuidadosa. Hubo poca cosa que corregir o rectificar respecto a la concertación, lo que también demuestra lo ortodoxo en la actitud de las distintas partes, que formaron un conjunto excepcional. Ya los Cuatro interludios marinos de Britten se habían pintado de forma muy precisa, con ese sonido grande de Petrenko que siempre tiene espacio para la sorpresa, para la acumulación de significados. Quizá en la tormenta la cuerda apareció un poco ahogada, pero los tintes expresionistas de metales y percusión casaban muy bien con el asunto de la ópera y consiguieron un gran efecto final, algo en lo que Petrenko es un gran experto.

Si en la anterior crítica recordé que la Undécima de Shostakóvich tenía grandes antecedentes en el CCMD, qué decir de las Variaciones Enigma, dirigida el año pasado por Slatkin de una forma difícil de olvidar. Es evidente que Petrenko ha acumulado sabiduría a la hora de interpretar música británica gracias a sus compromisos laborales, y ha llegado a una muy lograda koiné entre su forma de mostrar el pathos (por supuesto, antisentimental y moderna) con esa especie de flema que todo el mundo espera de la música de Elgar.

Sus Variaciones Enigma son muy movidas, un poco chaikovskianas en cómo se organizan los puntos culminantes. Su Nimrod no tiene que ver con el de Slatkin, aquel situado en otra esfera, este repleto de pasión, de fuerza vital. El extenso finale, marca de la casa, no renuncia a la tensión, pero relajada, valga el oxímoron; es decir, como contribución a un ambiente jovial en el que sin embargo ocurren cosas importantes, aunque no sean dramáticas. La apoteosis de la conclusión, marca de la casa; orquesta y Petrenko, exultantes; y el público, puesto en pie, pusieron el colofón a una noche necesaria.

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