España - Castilla y León

Protagonismo vienés

Samuel González Casado
miércoles, 9 de marzo de 2022
Vilde Frang © by Marco Borggreve Vilde Frang © by Marco Borggreve
Valladolid, martes, 1 de marzo de 2022. Centro Cultural Miguel Delibes. Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Orquesta Sinfónica de Viena. Vilde Frang, violín. Andrés Orozco-Estrada, director. Ludwig van Beethoven: Concierto para violín en re mayor, op. 61; Sinfonía n.º 7 en la mayor, op. 92. Ocupación: 80 %.
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La primera colaboración de La Filarmónica con el Centro cultural Miguel Delibes se saldó con un balance positivo, tanto por la apreciable asistencia de público a unos precios no exactamente populares como por unos resultados artísticos que estuvieron a la altura esperada.

El repertorio que trajeron la Sinfónica de Viena y Orozco-Estrada no era un factor fundamental para acudir al concierto: ambas obras de Beethoven son habituales de cualquier sala sinfónica y se pueden interpretar solventemente por todo tipo de orquestas y algunos solistas. Al final, dio la sensación de que se utilizó el repertorio para poner en el escaparate las muchas cualidades musicales que lucen el director y, sobre todo, la solista y la orquesta, que dieron lugar a versiones sin grandes riesgos conceptuales pero repletas de detalles disfrutables y a veces geniales.

Genial es Vilde Frang, todos los sabemos, porque hace música desde el trabajo y desde la continua justificación del fraseo. Y la intencionalidad llega diáfana. Su versión del concierto de Beethoven es muy personal, ultralírica, y se configura desde un cribado muy cuidadoso en cuanto a las miles de decisiones que debe tomar. Se mueve entre unos límites en los que jamás compromete la coherencia interna de su estilo, y eso hace que jamás no se vislumbren salidas de tono en la visión de conjunto.

Además, como siempre ha ocurrido en los grandes, se reserva efectos y pequeñas sorpresas que van más allá de los parámetros supuestamente establecidos: en su caso son los pianos, difíciles de olvidar. Además, está sabiendo incluir muy coherentemente algunos rasgos historicistas en su concepción “beethoveniana” que tienen que ver con los ataques y el ritmo, lo que dota de mucha frescura sobre todo al último movimiento. Hubo alguna decisión que no me pareció óptima (algún piano en la conclusión) y técnicamente estuvo algo menos perfecta que otras veces. Pero ahí termina todo: esta versión es de las que hacen aguzar el oído para no perder ninguna de las maravillas que Vilde Frang es capaz de expresar.

El sonido de la Sinfónica de Viena es simplemente ideal para acompañar a Frang en esta obra: la cuerda es refinada e increíblemente precisa, una especie de paradigma vienés: no suena robusta, pero siempre está ahí, perfectamente delineada. La dulzura de las maderas es infinita, con sonido no muy grande pero intencionado. Entre los metales, deben destacarse las trompas, mecanismos perfectos en toda ocasión. El timbal es un ejemplo de cómo hacer música percutivamente desde la más absoluta elegancia.

Todo ello se multiplicó en la Sinfonía n.º 7, y además Orozco-Estrada se mostró más libre para utilizar sus criterios. Su fuerte está en el control dinámico (desde el primer momento uno se da cuenta de que no va a haber nada erróneo en ese sentido) y en la calibración de las combinaciones sonoras, con lo que consigue algunos efectos de estilo toscaniniano que me parecieron loables, sobre todo en el último movimiento: el Allegro con brio se transformó en un espectáculo de relojería en todos los niveles, unido a unos rasgos de intensidad que realmente solo habían empezado a mostrarse en el Presto, donde el director se soltó en relación a los dos movimientos anteriores para dar más importancia, por ejemplo, a los contrastes tímbricos.

La interpretación de los dos primeros movimientos fue de factura muy clásica, y se aderezaron con sutiles detalles de color (figuraciones rápidas de las maderas, por ejemplo) que les dio cierta variedad; pero al primero le faltó originalidad (cuando da unas posibilidades increíbles en ese sentido, como demostraron Keilberth y muchos otros) y al segundo profundidad: es una música que debe llegar al corazón dramáticamente, pero en este caso todo transcurrió desde una impecabilidad no demasiado eficiente en ese sentido.

El concierto, en cualquier caso, es de los que merecen la pena: se notó que el público disfrutó, dadas la ovaciones y su animación posterior. El guiño vienés de la propina (Polca pizzicato) recalcó, por si no había quedado claro, que la orquesta fue —merecidamente— la estrella de la velada.

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