Alemania

Huracanes orquestales sobre el Moldava

Juan Carlos Tellechea
martes, 15 de marzo de 2022
Hélène Grimaud © 2022 by Heinersdorff Konzerte Hélène Grimaud © 2022 by Heinersdorff Konzerte
Düsseldorf, domingo, 20 de febrero de 2022. Gran sala auditorio de la Tonhalle de Düsseldorf. Hélène Grimaud (piano). Orquesta Bamberger Symphoniker. Director Jakub Hrůša. Maurice Ravel, Concierto para piano en sol mayor. Bedřich Smetana, "Má vlast" (Mi patria). Solista 70% del aforo, reducido por las estrictas medidas de prevención e higiene contra la pandemia de coronavirus. Organizador: Heinersdorff Konzerte – Klassik für Düsseldorf.
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La orquesta Bamberger Symphoniker, dirigida por Jakub Hrůša, y la pianista Hélène Grimaud ofrecieron un maravilloso recital este domingo, organizado por Heinersdorff Konzerte – Klassik für Düsseldorf, explorando todos los límites de lo posible. Maurice Ravel y Bedřich Smetana en el programa resulta ser una combinación extremadamente emocionante.

Grimaud, comprometida activamente desde hace algunos años con la preservación del medio ambiente, es una impresionista entre los virtuosos del piano. Escuchar música es escuchar a la naturaleza, afirma la artista que evita vuelos innecesarios durante sus giras y protege a los lobos contra su extinción en un centro internacional que fundó en su hogar neoyorquino.

Experta en los colores tonales, Grimaud sopesa cuidadosamente los más diversos matices en el chispeante Concierto para piano en sol mayor como si en lugar de un teclado tuviera un fino pincel en sus manos para entregarlos al público con circunspección y devoción.

Compuesto entre 1929 y 1931, el citado concierto de Ravel comienza con un chasquido de látigo. Lo que sigue después puede entenderse ciertamente como la música que retrata el ajetreo de la gran ciudad, que cambia de humor frecuentemente y a pasos agigantados. El jazz está en el aire, y la Rhapsody in Blue, de George Gershwin, compuesta unos años antes, parece rondar la pieza. Es una obra de eficaz bravura para la pianista.

Hélène Grimaud supera los precipicios con un virtuosismo casi incidental. La elegante dama francesa se apoya en una sobriedad bien calculada; da la parte solista casi con reserva y, sin embargo, es el motor de la acción en cada nota. Así, el concierto casi se cuenta por sí mismo.

Jakob Hrůša, director principal de la orquesta de Bamberg desde 2016, se ve a sí mismo y a su orquesta como compañeros de ruta y evita cualquier gesto llamativo. Incluso donde Ravel es a veces expansivamente más amplio, Hrůša confía agradablemente en el gesto contenido.

El equilibrio entre la orquesta y la solista, así como entre cada una de las secciones orquestales, es perfecto. Los instrumentos de percusión se mantienen en sus niveles y es audible la deliciosa expresión de los vientos (sobre todo las maderas). En el elegíaco movimiento central, el punto de descanso entre los agitados movimientos de los márgenes, hay un maravilloso diálogo entre el piano y el corno inglés, y en esta interpretación cada uno parece querer ceder el protagonismo al otro.

Esta contención es subyugante y la brillantez de la interpretación de Hélène Grimaud evoca timbres seductores. Ravel escribió todo lo demás y uno se pregunta muchas veces por qué esta fascinante obra no se toca más a menudo en las salas de concierto en Alemania. La pianista, el director y la orquesta resolvieron repetir el tercer movimiento (Presto) del concierto a modo de bis, ante las incontenibles ovaciones del público.

La Sinfónica de Bamberg se siente orgullosa de su sonido de tradición bohemio-morava, como se puede leer en su página web. En esta velada, esto se manifiesta con un énfasis en los vientos, como mencionamos más arriba, mientras que las cuerdas se retiran discretamente. El timbre orquestal ha conservado gran parte de su naturalidad e imparcialidad, y en lugar de un sonido general recortado para dar brillo, los instrumentos individuales conservan gran parte de sus colores específicos sin sonar poco homogéneos en el tutti.

El trazo es camerístico y delgado, y Hrůša deja que los instrumentos toquen en forte o en fortissimo solo en los momentos adecuados fijados de antemano con precisión. Los colores, a veces chillones, siguen siendo concisos, pero no exagerados. El primer violinista Vadim Gluzman cumple aquí también una labor extraordinaria.

La interpretación de Má vlast (Mi patria) es absolutamente intemporal. Hrůša debutó con esta composición ante los sinfónicos de Bamberg en 2014 como director invitado. Desde entonces, él y la excelente orquesta, fundada por músicos de Praga después de la Segunda Guerra Mundial, han estrechado aún más su relación.

Con los seis poemas sinfónicos de este ciclo, Bedřich Smetana intentó en 1882 plasmar en forma de pintura tonal la cultura, la historia y la naturaleza de su patria, pero también la lucha por la libertad de sus compatriotas bajo el dominio de los Habsburgo, contribuyendo así de forma significativa a la formación de una identidad cultural checa.

Esta tarde escuchamos cuatro de las piezas: "Vyšehrad", dedicada a la antigua y ruinosa fortaleza de la Colina del Castillo de Praga, la famosa "Vitava“ (El Moldava) que sigue el curso del río homónimo desde sus fuentes en los bosques de Bohemia hasta su unión como gran río con el Elba; "Šárka" que relata una cruenta historia de la antigüedad; y por último "Z českých luhů a hájů" (De la arboleda y el prado de Bohemia) que traza exquisitamente el bucólico idilio de los paisajes de esa región.

No caben dudas de que Smetana ama a su patria y que a través de su música nos quiere describir además cuán bella es. Comienza su ciclo con un extenso solo de arpas que recuerdan a un mítico cantor llamado Lumir que entonaba coplas a la gloria del castillo de Vyšehrad, a orillas del Moldava, venerado como cuna de la nación checa. Esplendor majestuoso, nostalgia y un legendario tono arcaico reúne Smetana en su motivo, inspirado inequívocamente en el Valhala de Richard Wagner, y que aparece varias veces a lo largo de la ejecución.

Hrůša y la Orquesta Sinfónica de Bamberg saborean la sublime grandeza de la música con seguridad estilística. El director da aún más peso a los puntos centrales del tema mediante breves pausas de tensión. Esto le agrega un poco de tiempo más a la interpretación, pero la inversión da sus frutos. Esto permite a la orquesta desplegar su brillo en paz, coronada por el resplandor de las trompetas.

Como obra completa, con los seis movimientos, Mi patria se escucha raramente de forma directa. Una de esas pocas oportunidades se produjo en 2014 con el referido debut de Jakub Hrůša como invitado ante este colectivo musical. Una chispa de congenialidad saltó de inmediato entre el director y la orquesta. Pocos meses después sus músicos lo eligieron como su nuevo director artístico, sucediendo a Jonathan Nott.

En esta presentación la Sinfónica de Bamberg conserva esa magia. Los chispazos y los cosquilleos se sienten claramente en la platea, también en "El Moldava", con cuyos sonidos Smetana traza el curso del río en forma de pintura tonal con figuras rápidas y ondulantes. El director se encarga de darle a estas imágenes un contorno claro, enfatizando los altibajos y haciendo que las aguas brillen y se agiten. El flujo musical hace un poco más de espuma, como si aquí soplara un viento especialmente fresco y agradable, lejos de los huracanes que se viven en estos días en el oeste de Europa.

Aunque la orquesta cuenta hoy con músicos de 25 países y el último músico original de Praga se jubiló en 1980, la orquesta ha conservado su propio sonido a lo largo de 70 años. Verbigracia el de las cuerdas que adquieren una luminosidad especial gracias al uso del vibrato.

Además del sonido característico, que Jakub Hrůša plasma con flexibilidad, los sinfónicos de Bamberg también demuestran un temperamento especial, un enfoque fundamental muy realista de la creación musical. Esto es especialmente beneficioso en los momentos folclóricos de la pieza, como en “Z českých luhů a hájů“ (Desde la arboleda y el prado de Bohemia), la última parte de este concierto

Siguiendo los pasos de la Pastoral de Ludwig van Beethoven, Smetana pone música a sus sentimientos ante la naturaleza bohemia. En su mente, recorre bosques oscuros y prados soleados a lo largo del Elba y vive una o dos fiestas al aire libre en los pueblos, cerca de algún castillo o de alguna finca agrícola.

Allí, la orquesta se siente como en casa; toca con brío y nos invade con un sonido exuberante. En el proceso, Jakub Hrůša demuestra su sentido de los sutiles atascos y retardos que conforman el encanto de esta música. Las estruendosas aclamaciones de la platea solo pudieron ser calmadas en parte con la séptima de las Danzas eslavas de Antonín Dvorák. Así culminó esta memorable presentación de la Bamberger Symphoniker, bajo la batuta de Jakub Hrůša, con la maravillosa pianista Hélène Grimaud.

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