España - Galicia

Se cayó el título. Se levantó la orquesta

Alfredo López-Vivié Palencia
jueves, 24 de marzo de 2022
Manuel Hernández-Silva © 2019 by ACM Concerts Manuel Hernández-Silva © 2019 by ACM Concerts
Santiago de Compostela, jueves, 17 de marzo de 2022. Auditorio de Galicia. Robert Lakatos, violín. Real Filharmonía de Galicia. Manuel Hernández Silva, director. Mijail Glinka: Una Vida por el Zar, obertura; Henryk Wieniawski: Concierto para violín nº 1 en Fa sostenido menor, op. 14; Vasili Kalinnikov: Sinfonía nº 1 en Sol menor. Ocupación: 66%
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En un principio, y dentro de la temática general de viajes de la presente temporada, el concierto de esta noche llevaba el subtítulo “Desde Rusia con amor”. No es que fuera muy original, pero las circunstancias han hecho que resultase inapropiado, de manera que directamente y discretamente se omitió en el programa de mano. Poco original e inapropiado, y sin embargo completamente verídico: las tres piezas en cartel fueron escritas por compositores rusos (Henryk Wieniawski lo era por vecindad imperial y por adopción académica), y –lo que es más importante-, Manuel Hernández Silva y la Real Filharmonía de Galicia las interpretaron con auténtico amor.

Además, las tres obras también tienen en común su poca o nula presencia en las salas de concierto. Y, en este caso, con buen criterio: hay multitud de composiciones de todas las épocas que merecerían mayor atención por parte de los programadores, pero ninguna de estas tres. Claro que agradezco haberlas escuchado hoy, pero con una vez es suficiente. Una Vida por el Zar (1836) tiene relevancia histórica (salvando las distancias, casi paralela a la de El Cazador furtivo), y su extensa obertura da idea de ello; más si se toca con la rotundidad y la sobriedad con las que lo hizo Hernández Silva. Aunque los aplausos de cortesía por parte del público fueron la prueba de que una buena ejecución demuestra la pericia de los intérpretes, no necesariamente también la del autor.

Lo mismo ocurre con el Concierto nº 1 de Wieniawski (1853), que sigue la estela de Paganini (con orquestación mejor elaborada) y de Vieuxtemps (con aún más diabluras). Al fin y al cabo, sólo hay cuatro conciertos para violín que valgan la pena, y éste no es uno de ellos (el de Chaicovski tampoco). Pero me gustó escucharlo para comprobar que la pirotecnia que transmiten los discos no es imposible en la vida real y se puede experimentar en directo rabioso y sin intermediarios, esta vez en las manos del joven serbio Robert Lakatos (Novi Sad, 1991), premio Sarasate en 2015, y sí, pariente del húngaro Roby Lakatos.

Menos “pizzicati” con la mano izquierda, el primer movimiento contiene todas las dificultades imaginables para el solista, que Lakatos resolvió con un aplomo impresionante y extrayendo de su Stradivarius un sonido grande y seguro, incluso en la cadencia que exige una y otra vez acudir al registro sobreagudo del instrumento; el segundo se llama “plegaria” porque al violín apenas le acompaña el sonido recogido de maderas y metales –aquí le pongo el único pero a Lakatos, quien podría haberlo tocado más relajadamente al no presentar especiales problemas técnicos-; y el tercero es un rondó tan chispeante como exigente, aunque Lakatos se empleó sobre todo en esto último.

Entiéndaseme: me quito el sobrero ante un violinista que es capaz de dar esta obra de una manera tan impecable, y a quien espero escuchar más veces; y me parece estupendo que un músico apenas treintañero presuma de semejante proeza, porque ahora es cuando puede y debe hacerlo (si no se tuerce, ya le llegará el momento de tocar Mendelssohn, Beethoven, Sibelius y Brahms, a ser posible por este orden). Como me quito el sombrero ante Hernández Silva, que hizo mucho más que acompañar, sacando el jugo incluso de compases donde parece que no hay nada que sacar.

Por cierto, no hacía falta que “la claque” se pusiera a dar bravos después del primer movimiento: el público reconoció el valor de lo que había escuchado y premió a Lakatos como se merecía. Y éste no se hizo de rogar para regalar una propina que primero me sonó a Paganini, después a Bartók, y al final con un fondo del “Dies irae”, que resultó ser de Eugène Ysaÿe (me lo chivaron, desde luego, pero es que no entiendo por qué los virtuosos se niegan de un tiempo a esta parte a anunciar sus bises, máxime cuando su adivinación escapa a la inmensa mayoría de los mortales).

Mucho le tiene que gustar a Hernández Silva la Primera Sinfonía de Kalinnikov (1897) para dirigirla de memoria. A Arturo Toscanini y a Hermann Abendroth también les gustaba. A mí no: reconociendo que es una sinfonía muy seria y que está bien hecha (su autor aprendió de Chaicovski sin copiarlo), sus cuarenta minutos se me hicieron largos; y aunque me encantó el precioso segundo tema del primer movimiento, a fuerza de repetirlo llegué a aburrirlo. Pero eso no cuenta. Lo que importa es que Hernández Silva y la Real Filharmonía la tocaron maravillosamente bien: el maestro se desvivió para mostrar su dominio del instrumento y un concepto incorruptible, y la orquesta –que siempre toca a gusto con él- estuvo a la altura.

“Allegro moderato” es la indicación que encabeza el primer movimiento y también el último, y Hernández Silva –que sabe mantener un tiempo- los llevó a rajatabla, sin caer en la tentación de pisar el acelerador, gracias a su determinación y a un pulso incansable. Como incansable es su cuidado de las texturas sonoras –el metal suena con fuerza pero sin tapar la cuerda, y la falta de correcciones dinámicas durante la interpretación revela gran eficacia en los ensayos-, la atención por el detalle –la combinación de violines y arpa o el solo del corno inglés en el tiempo lento, dejándole respirar-, y la obsesión por el sonido bien empastado.

Todo eso es lo que me llevó a aplaudir con ganas junto al resto del público. Y todo eso es lo que necesariamente habrán de tomar en consideración quienes elijan al nuevo director musical de la Real Filharmonía, una vez que Paul Daniel ha anunciado su “Brexit” para final de año. Sea quien sea, tiene que ser capaz de dar conciertos como el de esta noche.

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