Alemania

Cuando el candor del estilo destierra el énfasis

Juan Carlos Tellechea
viernes, 29 de abril de 2022
Anna Geniushene © 2022 by Heinersdorff Konzerte Anna Geniushene © 2022 by Heinersdorff Konzerte
Düsserldorf, jueves, 7 de abril de 2022. Gran sala auditorio Robert Schumann del Kunstpalast de Düsseldorf. Anna Geniushene, piano. Joseph Haydn, Sonata para piano en re mayor Hob. XVI: 42. Maurice Ravel, Noctuelles, Alborada del gracioso, La vallée des cloches. Dmitri Shostakovich, Preludio y fuga nº 24 en re menor (de 24 Preludios y fugas op 87). Franz Lizt, Aida di Verdi – Danza sacra e duetto finale S 436. Robert Schumann, Faschingsschwank aus Wien (Carnaval de Viena) op 26. Ciclo “Talente entdecken“ (Descubrir talentos). Recital organizado por Heinersdorff Konzerte – Klassik für Düsseldorf, en cooperación con el Kunstpalast de Düsseldorf y Steinway Prizewinner Concerts. 80% del aforo, reducido por las medidas de prevención e higiene contra la pandemia de coronavirus..
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“Talente entdecken“ (Descubrir talentos) se titula este nuevo e interesante ciclo de recitales organizado por Heinersdorff Konzerte – Klassik für Düsseldorf, en cooperación con el Kunstpalast de Düsseldorf (Sala Robert Schumann) y los Steinway Prizewinner Concerts.

El de esta tarde nos trajo a la galardonada pianista Anna Geniushene, nacida en 1991 en Moscú, formada en el Conservatorio de esa ciudad (hasta 2015) y en la Royal Academy of Music, de Londres, de donde egresó con Advanced Diploma y distinciones en 2018.

Joseph Haydn

Más que un talento por descubrir, Anna Geniushene es ya una revelación y así la percibimos desde que se zambulle en el teclado con el Andante con espressione de la Sonata para piano en re mayor de Joseph Haydn (Hob. XVI:42), una de las tres escritas en 1784 y dedicadas a la princesa Marie Esterházy, así como una de las editadas por Bossler.

¡Ah, la magia! Las composiciones de Haydn se perciben a menudo como algo superficialmente ligero. Aunque la ligereza de las notas está ahí, Anna Geniushene fue capaz de transmitirla con fina precisión y exquisitez. Las notas aparentemente ingenuas y ligeras fueron presentadas al público en el Vivace assai con seriedad, mucha rapidez, garbo y concentración. Fue entonces cuando la platea captó que lo que aquí sonaba no era ni tan ligero ni tan fácil.

Dmitri Shostakovich

Geniushene siguió profundizando en las dificultades para meterse con el último, exigente y más largo, de los titánicos 24 Preludios y fugas de Dmitri Shostakovich. Tras el majestuoso y contundente preludio de introducción, la fuga se extiende suavemente hacia una especie de bucólico ideal, como si de una reconciliación se tratara, con notas densas, graves que parecen vibrar desde lo alto de un campanario

En esta caleidoscópica miniatura, en re menor, tan monumental como antivirtuosa, Anna Geniushene entrega una excepcional paleta de toques, colores y ritmos, sin que parezca nunca querer encumbrarse en ellos. La paradoja en los Preludios y fugas de Shostakovich es la de que el intérprete nunca se deja llevar por un ejercicio puramente técnico.

Maurice Ravel

Al llegar a este punto los asistentes no pudieron contener más los aplausos y Geniushene fue calurosamente ovacionada antes de continuar con otro contraste radical: tres piezas de Miroirs (1904 - 1905), de Maurice Ravel. Tocar su música para piano significa entrar en el corazón del que probablemente sea el universo más secreto de un músico que ha dominado tan bien la pequeña forma. Es asimismo un reto que no atemoriza para nada a Geniushene. Todo lo contrario, se siente inmediatamente a sus anchas aquí.

Los Miroirs reafirman la modernidad del lenguaje de Ravel, cuyo título subraya lo que los impresionistas simplemente demostraron, la preeminencia del reflejo sobre la imagen directa en la invocación de nuestra sensibilidad y la indispensable edificación del sueño.

El refinamiento de ''Noctuelles''; la animación desbordante de la Alborada del gracioso, representando a una España más verdadera que la vida, en sus ritmos, sus colores y su teatralidad; y por último el lirismo sereno y contemplativo de “La vallée des cloches“. No se le escapa nada a Anna Geniushene, la definición de los planos, el dominio de la intensidad, los matices infinitesimales, el legato perfecto, la uniformidad deliberada del discurso y también toda su sencillez.¡Vaya carta de presentación que ha traído la artista a este concierto!

Franz Liszt

Cada interpretación de la pianista es todo un acontecimiento, una oportunidad para admirar un virtuosismo poco común, más aún cuando se trata de una pieza de rara ejecución. El programa habla por sí mismo con la inclusión de “Danza sacra e duetto finale“ de las paráfrasis y reminiscencias de Franz Liszt sobre Aída, de Giuseppe Verdi.

Anna Geniushene fascina aquí. El candor del estilo destierra el énfasis, y esta pieza demasiado poco conocida se convierte una genuina obra maestra. El sinfonismo de Liszt, esto es, el arte de entender el piano como una orquesta propiamente dicha, obliga a la pianista a implicarse totalmente en la música, a despojarse de su modestia, a barrer cualquier atisbo de frialdad.

Escuchamos en el piano las arpas, las voces, la cantilena de Aida y Radamés, y toda la teatralidad del último acto de la ópera, con una precisión que penetra en el alma. Este torbellino de colores, tan magistral como pleno de fantasía, bastaría para quedar totalmente satisfecho con el concierto.

Mas Geniushene consigue siempre interioridad, aún en las piezas en que pareciera algo inalcanzable. La pianista resuelve siempre los escollos con asombrosa naturalidad. Éstos se esfuman como por arte de magia cuando ella los aborda decididamente. En sus manos no hay cabida para un virtuosismo superficial.

Paráfrasis y reminiscencias

Liszt compuso paráfrasis y reminiscencias de óperas a lo largo de toda su vida, desde la década de 1830 hasta la de 1880, produciendo alrededor de 350.

Constituyen, por tanto, una parte considerable de su producción total de unos 1.400 números. En el siglo XIX, las paráfrasis, o "reminiscencias", como las llamaba a menudo el propio Liszt, surgían de las improvisaciones. De hecho, fue en el siglo XIX, cuando se impuso la práctica de la improvisación con el nacimiento de las salas de concierto y los llamados "recitales", es decir, las actuaciones en solitario de un músico.

Las transcripciones, paráfrasis y fantasías de los melodramas aseguraron el éxito de una iniciativa revolucionaria, el "recital", porque hasta 1839 era inconcebible que un pianista se presentara solo ante un público que pagara. Incluso si decidía tocar en una sala con solo 400-500 asientos, el pianista actuaba junto a un cantante o un instrumentista, y si tocaba en un teatro no podía prescindir de una orquesta.

Liszt hizo una excepción a la regla y en junio de 1839, se presentó, solo, ante un público de pago en la embajada de Rusia en Roma y, escribiendo a la princesa de Belgiojoso, parafraseó con orgullo el lema de Luis XIV: 'Yo soy el concierto'. Al año siguiente, en Londres, inventó un nuevo término, "recitales", o más bien "recitales al piano", programando música original para ese instrumento, transcripciones de piezas sinfónicas, transcripciones de Lieder y paráfrasis de melodramas. Su intención era muy clara: su programa era similar al de los conciertos celebrados en el teatro, pero en lugar de cien intérpretes, solo había un héroe en el escenario para desafiar al dragón: el público.

 Carnaval en Viena

Cuando le apetecía, Robert Schumann convertía en joyas para el teclado las visiones juveniles de los bailes de máscaras, el champán y el enamoramiento. Sus contemporáneos apenas sabían qué hacer con estos “álbumes“ o con las fugaces piezas que contenían, tan llenas de repentinos cambios de humor y extrañas modulaciones. Incluso para Anna Geniushene, sigue siendo un reto dejar la lógica en la puerta y sumergirse simplemente en los pasillos de la imaginación de Schumann.

Pero la pianista respondió a este desafío con gran éxito y dio vida al torbellino con energía en Faschingsschwank aus Wien (Carnaval de Viena) op 26, que escribió Schumann tras una visita a la capital austríaca. El compositor concibió la obra como una gran sonata romántica a la que le dió más tarde el grandioso nombre que lleva.

El esquema de cinco movimientos es, en efecto, similar a una sonata, con un largo Allegro. Sehr lebhaft (I.) inicial; contrastantes frases intermedias: Romanze. Ziemlich langsam (II.), Scherzino (III.), e Intermezzo. Mit größter Energie (IV.), antes de llegar al brillante Finale. Höchst lebhaft – Presto (V.).

En la interpretación de Geniushene, el primer movimiento, un popurrí de valses schubertianos, vibraba con la energía nerviosa schumanniana, que tendía a empujar el compás vienés de 3/4. Pero la pianista hizo una fantástica transición a la luz en el breve Scherzino, desató el floreciente fervor del Intermezzo y llevó a casa el caluroso Finale con una técnica dominante. 

Sin mostrar ni un instante algún remoto gesto de fatiga, Anna Geniushene cerró este exquisito recital sin intermedio con dos bises, en medio de los estruendosos aplausos y las eufóricas aclamaciones del público en la prestigiosa Sala Robert Schumann de Düsseldorf.

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