Alemania

Encuentro cercano del tercer tipo con un manitas

Juan Carlos Tellechea
miércoles, 4 de mayo de 2022
Grigory Sokolov © 2022 by Heinersdorff Konzerte Grigory Sokolov © 2022 by Heinersdorff Konzerte
Düsseldorf, miércoles, 20 de abril de 2022. Gran sala auditorio de la Tonhalle de Düsseldorf. Grigory Sokolov, piano solo. Ludwig van Beethoven, 15 variaciones con una fuga en mi bemol mayor sobre un tema propio op. 35. Johannes Brahms, Tres intermezzi op. 117. Robert Schumann, Kreisleriana. Fantasías op. 16. 80% del aforo, reducido por las medidas de prevención e higiene contra la pandemia. Recital organizado por Heinersdorff Konzerte – Klassik für Düsseldorf.
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Abundar en palabras no es lo suyo. Rechaza las entrevistas por principio. Grigory Sokolov, nacido en 1950, parece habitar en un planeta llamado música para piano. Una de sus habilidades más destacadas es la diferenciación de los sonidos suaves, tranquilos, recoletos. Sokolov no hace alarde de sus habilidades pianísticas, no se luce técnicamente, sino que se hunde en sí mismo y en la música. Eso es lo que hace que los conciertos de este hombre de 72 años (cumplidos dos días antes de este encuentro cercano con él) sean tan especiales.

Durante su presente gira europea, Sokolov donó íntegramente los honorarios de uno de sus conciertos al pueblo de Ucrania, víctima de la repugnante guerra de agresión de su país natal, Rusia.

La velada organizada este miércoles por Heinersdorff Konzerte – Klassik für Düsseldorf siguió, por supuesto, el protocolo habitual, el aire de ritual de Sokolov que comienza con su entrada al escenario. Discreto, casi como si se sintiera incómodo, algo encorvado y enérgico, se dirige a grandes zancadas al piano, hace un amago de reverencias estoicas, se sienta ante el teclado bajo una tenue luz ámbar y va al grano de inmediato; ni bien comienza a tocar surge un espectro inagotable de colores de su instrumento.

Es un mago, es un manitas, y esta tarde volvió a prodigar su magia al iluminar directamente el núcleo de las obras. Sokolov está considerado uno de los más grandes pianistas de nuestro tiempo. Y uno de los más tímidos e idiosincrásicos: tan famosa como su fabulosa forma de tocar es su aversión al contacto con la prensa. Y su riguroso rechazo a los estudios de grabación: Sokolov solo toca en directo, y solo en solitario.

Primero fueron las 15 variaciones de Beethoven sobre un tema propio de la Heroica, dominando con un toque en favor de una visión analítica, pero sin llegar a resultados secos. Casi nadie da forma a las líneas de una polifonía con sus medios de articulación de forma tan sensual y nítida como este pianista. Y probablemente nadie tiene un legato tan divino.

Estas variaciones son un caleidoscopio de humor y expresión, con acentos puntuales. Las breves sugerencias disonantes de la 13ª -casi como una acusación a Dmitri Shostakovich- fueron de una diafanidad implacable; la fuga final una unión de visión general arquitectónica y frenesí emocional.

Tal vez algunos de los presentes en la sala en penumbras lo pudieron escuchar después con más intensidad; tal vez la inmersión casi religiosa con la que celebra la liturgia de su actuación parece incluso un poco más profunda de lo habitual. El resto de la velada se caracterizó por una perfección casi total.

De hecho Sokolov logra la hazaña de perderse en el momento y, sin embargo, entregar una escultura de forma tan perfecta, como si fuera de Michelangelo Buonarotti. Ningún rubato es exagerado, ninguna sugerencia es demasiado corta, ningún pedal se pisa demasiado bajo o demasiado largo - y sin embargo siempre hay una naturalidad, una calidez, una autenticidad apabullante que es inmediatamente conmovedora. No tiene nada de mecánico, lo que uno podría suponer viendo tanta perfección.

Grigory Sokolov es una leyenda viviente. Esto tiene que ver, sobre todo, con su habilidad sobrehumana, pero también con su peculiar forma de ser, su enfoque radical en lo esencial: La música que toca.

Hay una espontaneidad controlada: en los espiritualizados Tres intermezzi op 117 de Brahms, y en la Kreisleriana de Schumann, que se debate entre la vitalidad, la brusquedad y el lirismo, pero que da lugar a un gran conjunto. No se puede creer que en el piano Steinway & Sons de Sokolov haya martillos que golpean sobre las cuerdas cuando ejecuta los Tres (tiernos) intermezzi.

El primero de ellos, delicioso, se oye con extrema delicadeza, preparando claramente las líneas individuales. Esta canción de cuna, lejana en la oscura melancolía, es uno de esos momentos hechizantes que se pueden vivir una y otra vez en los recitales de piano de Sokolov.

Por último, el artista saca pecho en la Kreisleriana. Subidas estruendosas, filigranas de motricidad fina, cuadros sonoros espaciales, aquí y allá como acuarelas, pero nunca borrosos. En fin, fantásticas piezas de piano en un doble sentido. Sokolov echa una mirada un poco más honda en el alma, saca una y otra vez matices al borde de la audibilidad, moja campos con la mano izquierda que poco a poco se convierten en un cuadro, pone poderosos signos de exclamación sin atronar brutalmente.

Estos bajos que envía a la cúpula tachonada de estrellas de la Tonhalle de Düsseldorf suenan una vez más rayanos en el sortilegio. Al final, como siempre con Sokolov, la lección continúa después del programa del concierto con los habituales seis bises (Chopin, Rachmaninov, Scriabin y, finalmente, Ich ruf' zu dir, Herr Jesu Christ de Bach: como una oración mundana) que el pianista beatifica con sus manos ante la estruendosa ovación de pie del público.

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