Alemania

Remolinos de nubes que dejan entrever parejas de valsistas

Juan Carlos Tellechea
viernes, 3 de junio de 2022
Igor Levit © 2021 by Felix Broede / Sony Classic Igor Levit © 2021 by Felix Broede / Sony Classic
Düsserldorff, miércoles, 25 de mayo de 2022. Gran sala auditorio de la Tonhalle de Düsseldorf. gor Levit (piano). Orchestre de Paris. Director Manfred Honeck. Maurice Ravel, “La Valse“ Poème choréographique. George Gershwin, Concerto in F, Concierto para piano y orquesta en fa mayor. Béla Bartók, Concierto para orquesta Sz 116. Heinersdorff Konzerte – Klassik für Düsseldorf. Meisterkonzerte 2 – Konzert 5. Asistencia, 100% del aforo.
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La Valse, de Maurice Ravel, el emocionado homenaje al vals vienés, marca el comienzo de esta apasionante velada del pianista Igor Levit con la Orchestre de Paris, bajo la dirección de Manfred Honeck. Le siguen el Concierto en fa para piano y orquesta, de George Gershwin, así como el Concierto para orquesta Sz 116, de Béla Bartók, y muchas sorpresas.

El público que colma la gran sala auditorio de la Tonhalle de Düsseldorf ovaciona y viva tan efusivamente este concierto que Levit improvisa como bis un fragmento con mucho humor de 'S Wonderful (del musical Funny Face, de George e Ira Gershwin), y el maestro Honeck saca un as que tenía escondido en la manga y con espléndido ingenio ofrece una secuencia acortada de valses del Rosenkavalier, de Richard Strauss. Merci beaucoup à vous tous!

La presente actuación de la Orquesta de París es a todo ritmo. En 1920, Ravel realizó en La Valse su apoteosis sobre el vals vienés. Originalmente, el título de la composición era "Viena". El reivindicado homenaje al rey del vals, Johann Strauss, su exacerbado virtuosismo, presagia la pirotecnia del Bolero (1928), con sus "remolinos de nubes que dejan entrever parejas de valsistas", según el autor.

Embriaguez

También hay fantasía en la expresión sonora, rozando la fealdad, que aquí no se trata de minimizar. Por el contrario, Honeck, presta especial atención a la siniestra ambigüedad, de modo que el final, que termina en caos, siempre está presente como una amenaza. El director rasa la danza macabra en las líneas de viento bajas, y los retazos de temas (valses) enunciados e inmediatamente contrarrestados, sin enlace. A lo delicado y anticuado le sigue lo inquietante y casi mórbido. La extrañeza del comienzo, que se vive como el recuerdo de una misteriosa lejanía, da paso a una cadencia que se amplía y acaba imponiéndose, entregándose de forma embriagadora.

Como si saliera de la nada, Honeck deja que las cuerdas vayan ondulando suavemente, para romper la belleza en interjecciones sforzati a veces duras y abruptas. Las cuerdas envuelven a los oyentes en sus dedos de una manera dulce y cremosa. Los percusionistas actúan de forma ofensiva y con agarre, así como con una precisión milimétrica. Es maravilloso oír cómo cruje la tuba en el frenesí del vals completo. No. No se trata deliberadamente de un sonido bello, sino de un subtexto tonal, una danza sobre el volcán.

Los efectos de balanceo, que se manifiestan en la propia conducción, el ritmo convulso pero obstinado y racheado, y todo el resorte demoníaco de las últimas frases que rayan en el delirio, amagando y presagiando el maravilloso final, distinguen una interpretación de la más alta calidad, extremadamente bien pensada y magistralmente ejecutada. El desempeño de la Orchestre de Paris es de una exactitud formidable, incluso si esto significa forzar la línea, saliéndose de madre en ocasiones con acordes duros y glissandos vertiginosos.

Historia alucinante

El clímax orgiástico del final con los tambores salvajes fue diabólicamente impresionante. Un grito entusiasta del público fue la respuesta a esta música tan surrealista, interpretada con tanta pasión. Fue asombroso experimentar la creatividad y la alegría fascinante de la orquesta de élite de París. Apostar siempre por el riesgo y contar constantemente una historia alucinante; esa es una de las principales competencias del magistral director Manfred Honeck.

Esto fue solo la apertura de la velada, como para que la orquesta demostrara de forma impresionante su particular experiencia.

Gershwin

El magnífico Concierto en fa para piano y orquesta, de George Gershwin, está demasiado poco presente en la programación centroeuropea de los colectivos musicales. Es, con diferencia, una de sus mejores obras, que además orquestó él mismo. Esto es aún más notable porque Gershwin fue un autodidacta en este campo. Estrenada en 1925, la obra combina la forma clásica de tres movimientos con muchos elementos de jazz. Una síntesis perfecta de música clásica y jazz.

La obra comienza con un solo de timbal, secundado por el bombo, la caja y los platillos. Unas encantadoras melodías de jazz dominan este primer movimiento (Allegro), que también cuenta con grandes cantilenas. Se evocan reminiscencias de las obras para piano de Serguei Rachmáninov.

Después de un breve comienzo indeciso, el magnífico Adagio – Andante con moto (Blues) da a la trompeta solista una amplia e intensa oportunidad para una intervención de ensueño, enmarcada in blue por la orquesta. En cambio, la parte del piano vuelve a adoptar tonos de jazz. Para el virtuoso Igor Levit esto es una pasada. Su soberanía técnica y su sensibilidad dinámica da lugar a muchos bellos momentos de calma en el ritmo, pero es evidente que el jazz no es plenamente lo suyo.

No se lanza

El Allegro Agitato final irrumpe con furia en el tercer movimiento. Los ecos del ragtime son claramente audibles. La orquesta y el piano se superan una y otra vez con nuevas y emocionantes ideas. Este concierto termina jubilosamente con un arrebatador acorde de fa mayor. Lamentablemente Levit no tiene nada que aportar en términos de interpretación.

No se le ve en el sitio adecuado y sus capacidades parecen sentirse subutilizadas. Completó su parte en solitario de forma académica, reservada, sin recoger en ningún momento las infinitas posibilidades creativas. Él siente el swing y lo acompaña tímidamente con su torso ante el teclado, pero no se atreve a lanzarse como lo hace un aguerrido pianista de jazz. Pierde la oportunidad y esto es tanto más lamentable cuanto que la Orchestre de Paris demuestra competentemente cómo hacerlo. Sin embargo, lo que le falta es el solista fogueado en estos trajines.

Protagonismo y rutina

Pocas veces la parte orquestal de este concierto cobra tanto protagonismo como en esta tarde. Con un gran gesto sinfónico, Manfred Honeck despliega una gama deslumbrante de colores y acentos rítmicos. Los elementos de jazz y el groove dan a la música todo lo que merece. Incluso los timbales utilizados de forma muy ofensiva al principio ambientan la escena: ¡Tensión pura y dura!

La orquesta sí se lanza a la creatividad con muchas ideas ingeniosas. Levit no es capaz de captarlas de forma reconocible, su implicación parece esporádica, no está realmente integrado. Por otra parte, actúa con tal contención que a uno le viene en mente el sonido de muchas big bands con piano obbligato. Una pena.

El punto culminante de esta interpretación es el segundo movimiento, con magníficos solos de los vientos. Con un ligero toque de vibrato, el trompetista solista celebra su gran anhelo. Antes de eso, un mágico crescendo suena de la nada en una entonación impecable en la trompa solista, delirantemente perfecta en el límite de la ejecutabilidad.

Honeck conduce entonces a su orquesta con furia hacia el Allegro agitato desatando de nuevo toda su energía. Igor Levit interpreta su exigente papel con mano relajada, pero no va más allá de una digna rutina técnica.

Béla Bartók y su postrera vitalidad

En cuanto a la interpretación del Concierto para orquesta de Béla Bartók, ya en la segunda parte del concierto, el director Manfred Honeck, muy inspirado, sabe revelar toda la riqueza orquestal con un compromiso a la altura de esta obra maestra, llena de vitalidad y esperanza, pese a las trágicas circunstancias que le tocaba vivir al compositor en 1943. Gravemente enfermo en aquellos momentos, el maestro Bartók volvía a reunir todo su postrer potencial creativo para entonar su canto de cisne orquestal

La obra está dividida en cinco movimientos y no es deliberadamente una sinfonía. Bartók vio en su composición el marco para dar a varios instrumentos solistas la oportunidad de expresarse con virtuosismo.

Su obra celebra el ritmo en varias formas. En el proceso, una multitud de efectos sonoros chillones salen a relucir. Son como las estocadas de una afilada espada que se hunde en la carne profundamente; como hondos lamentos, concentrados y densos (I. Introduzione y III. Elegia). Los puntos de calma, que a veces recuerdan el comienzo de su única ópera El castillo del duque Barba Azul, son más bien escasos.

Solo en el cuarto movimiento (Intermezzo interrotto), las cantilenas de las maderas y las cuerdas pasan a primer plano. A continuación, un duro contraste, pues ahora las citas estridentes, como las de la Séptima Sinfonía de Dmitri Shostakovich, claman también aquí.

Aliento orquestal maravilloso e irresistible

El famoso motivo de Franz Léhar "Da geh ich zu Maxim" (Iré al Maxim) de "La viuda alegre" se caricaturiza de la forma más violenta, para ser contrarrestado de nuevo con los mejores cantos de la flauta y el oboe. Con un Finale. Presto furioso y elementos folclóricos, la obra termina inexorablemente rugiente y tormentosa.

Manfred Honeck y la Orquesta de París combinan todas las fuerzas disponibles para esta obra densa y compleja. Desde el pianissimo apenas audible hasta el estridente fortissimo, toda la gama dinámica es perfectamente explotada.

En tempos a veces acelerados, el público disfruta una vez más de la fantástica calidad de sonido de la orquesta. Esto se basa en el extraordinario virtuosismo de los músicos. Con gran alegría al tocar y, una vez más, con el importantísimo valor de asumir riesgos, la orquesta se presenta al concurso instrumental con la mayor dedicación. Un superlativo acústico sigue al siguiente: más alto, más rápido, más fuerte, más silencioso. El aliento orquestal alcanza la perfección lúdica: ¡hay que verlo y escucharlo para vivirlo! ¡Maravilloso e irresistible en su efecto!

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