Reportajes

Chelomanía en Dresde

Agustín Blanco Bazán
viernes, 10 de junio de 2022
Jan Vogler © 2022 by Dresden Festival Jan Vogler © 2022 by Dresden Festival
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El cuadragésimo quinto Festival de Dresden abrió este año sin máscaras y con un rutilante programa que aglutina a 1500 artistas en sesenta y seis conciertos representados en las diferentes iglesias, palacios y museos de la ciudad, la Semperoper, y el Palacio de la Cultura. ¿Pero qué elegir para una breve estadía de tres días para reportear a Mundoclasico? ¿La Filarmónica de Viena con Nelson, la Sinfónica de Londres con Adès,  la orquesta de La Scala con Chailly, la orquesta de Cámara de Europa con Rattle, o la Staatskapelle Dresden con Thielemann

¡No, no, no, no y no! Todas ellas son figuras demasiado conocidas y publicitadas para reseñar una vez mas sus rutilantes actuaciones. Mejor ir al corazón del Festival, que late en un instrumento rector: el chelo. Después de todo, el director del Festival, el destacado chelista Jan Vogler, ha insistido en bautizar como “Chelomanía” a ese “festival dentro del festival” (sus propias palabras) que este año agrupó a solistas de la talla de Mischa Maisky, Sol Gabetta, Pablo Ferrandez, y Gualtier Capuçon.

La larga noche de los chelos* 

Mi primera inmersión en la magia del chelo fue en la “larga noche de los chelos” organizada en el Palacio de la Cultura, el centro multicultural construido durante los años de la República Democrática Alemana que todavía conserva sus frisos de glorificación al estudio y al trabajo con arengas como “¡Somos los triunfadores de la historia!” El capitalismo post-comunista cerró el Palacio para una extensa renovación que se extendió desde 2012 hasta 2017, y el hoy reabierto parnaso de la cultura es una genial reconstrucción sin asbestos, cuya función primordial durante el día es la de albergar una de esas bibliotecas donde uno se quedaría a vivir. La biblioteca es lateral a la maravillosa sala de conciertos para aproximadamente 1800 espectadores.

“No se crean que esta noche alcanzará a ser tan larga como una ópera de Wagner” advirtió Jan Vogler al inicio de la velada. Pues bien, lo cierto es que duró cinco horas y media, desde las siete hasta las doce y media de la noche. Hubiera durado menos sin el penoso procedimiento desarrollado a lo largo de treinta obras diferentes, de arreglar prolija y solemnemente después de cada una de ellas las sillas y los atriles, a veces para un solista, a veces para más de uno, inclusive hasta quince, con piano o sin piano. Terminaba un número y, ¡zas!, aparecían unos empeñosos trabajadores de negro y guantes blancos para reacondicionar prolijamente la escena. Y después de cada número, el publico aplaudía también prolijamente, dos veces: no bien terminada la ejecución y ante una reaparición reglamentaria del o los solistas para reverenciar ante el público. “¡En Berlin hubiera sido distinto!” me comentó un espectador empeñado en repetir la usual comparación alemana entre el anarquismo nato de la capital de Alemania y la exasperante sobriedad de la de Sajonia. 

En Berlin hubieran puesto atriles, sillas, el piano, etc. mas o menos al alcance y que todos solistas se acomoden con una ayuda mínima. Y la gente hubiera entrado y salido un poco a su antojo. Y si no les gusta algo chiflan, o no aplauden. Finalmente, estas ‘largas noches’ son más bien de relax y esparcimiento. Pero aquí…¡no señor! Aquí todos vienen a un concierto o una ópera y aplauden como un deber cívico.

De cualquier manera, el chelo se impuso sobre esta burocracia solo aplacada por dos intervalos de colas para cerveza y bretzel. Se impuso gracias a su magia y al talento de los ejecutantes. Mencionarlos a todos sería tedioso y por ello me restringiré a algunos momentos estelares de esta maratón nocturna.

El programa se inició con un Himno para doce chelos de Julius Klengel y la primera parte incluyó obras de Glière, Fauré, y Barrière (una sonata para dos chelos elegantemente ejecutada por Vogler y Harriet Klieg). Nicolas Altstaedt iluminó con precisión e intensidad las 3 strophes sur le nome de Sacher de Dutilleux, y Miklós Perenyi, el gran maestro húngaro, conmovió hasta la lágrima con una meditativa y e ejecución del Nocturno (op 9/2) y  el Ètude (op 25/7) de Chopin. Encabezados por Mischa Maisky, seis chelos cerraron la primera parte con el Preludio (Modinha) nº 1 de Villalobos. Acompañó al piano durante toda la velada Julien Quentin, un incansable pianista de pulso sensible y claro.

En la segunda parte, Johannes Moser nos introdujo a su electrochello con una obra de Ellen Reid (1983), There is Something Else y en las antípodas, Edgar Moreau deleitó al público con las siempre populares Czardas de Monti. También se lució Pablo Ferrandez con la Vocalise op 34/14 de Rachmaninov, mientras que Santiago Cañón Valencia presentó un chispeante Figaro, una de las deconstrucciones de Castelnuovo Tedesco sobre el Barbero de Rossini. Y conjuntos de seis y doce chelos se encargaron, respectivamente del Preludium de Edward Grieg y de fragmentos del Canticum Marianum, un poderoso crescendo adagio de Udo Zimmermann, el recientemente desaparecido compositor y particularmente querido amigo de los Festivales de Dresden.  

Cuando después de las diez y media de la noche muchos diligentes espectadores habían decidido hacer la noche mas corta con su retiro, la tercera parte comenzó con Ivan Monighetti combinando magistralmente la fuerza expresiva de los Preludios  4, 16 y 9 de Mieczlaw Weinberg (1919-1996) con la Sarabande de la Suite para chelo de BWV 1009 de Bach. Siguió otro maestro del instrumento, David Geringas, con su sensible y penetrante arreglo de Morgen Cecilie de Richard Strauss. Y para que nada faltara en esta exploración chelística, cuatro ejecutantes nos regalaron una perceptiva visión del tango Por una cabeza (Carlos Gardel) que el público recibió con entusiasmo similar al de las Czardas de Monti

Sobre la media noche Mischa Maisky tomó la delantera imponiendo sin solución de continuidad su sólido virtuosismo en Melody, de Myroslav Skoryk (1938-2020), la infaltable y catalana Canción de los pájaros y la Danza ritual del fuego de Falla. Y el final, final fue, como correspondía, de Pablo Casals: todos, Maisky, Vogler y los restantes 14 chelistas que nos habían acompañado durante toda la velada se aunaron para una extática versión de la Sardana para chelo y orquesta.

Maisky y la Orquesta de Cámara de Munich

Al día siguiente de la maratón chélica, Misha Maisky volvió al Palacio de la Cultura para protagonizar una noche de excepcional calidad junto a la orquesta de Cámara de Munich.

El programa abrió con Kol Nidrei, el idílico adagio para chelo y orquesta sobre melodías hebreas op 47 de Max Bruch. Nuevamente, lo que más me impresionó en el chelista fue la combinación de espontaneidad y firmeza de apoyo en el desarrollo de los antológicos cantábiles de un compositor injustamente relegado como castigo por llegar demasiado tarde con su romanticismo. Pero aquí salió más fresco que nunca con el arco de Maisky y una orquesta excepcional por su distendida seguridad de ataque y transparencia cromática y la sobriedad de tiempos impuesta por Clemens Schuldt, su director titular. 

Siguió el Concierto para chelo nº 1 op 33 de Saint-Saëns. Aquí fueron notables no sólo la precisión del chelista sino su coordinación con una orquesta que en todo momento dio espacio para las cadencias del solista en medio de un perfecto balance de dinámicas, particularmente en la transición del allegretto con moto al Un peu moin vite final. 

Saint-Saëns terminó adueñándose del corazón de los espectadores cuando Maisky, y la orquesta interpretaron como bis una inolvidable Muerte del cisne. Aquí la edulcorada vulgaridad que normalmente tiraniza este adagio fue finalmente aniquilada por una versión de profunda y meditativa belleza. Bruch y Saint-Saëns: ¿hay alguien que resista sus melodías en manos de interpretes capaces de llegar a su médula con un buen bisturí interpretativo?

En la segunda parte del programa, mi premonición de encontrarme ante un gran director y una gran orquesta fueron confirmadas por la incisión y brillantez de la primera nota en pizzicato de la Sinfonía Italiana de Mendelssohn. El marcado y la variación de tiempos que Schultz impuso al Allegro vivace inicial entronizó a la audiencia en profundas exploraciones de color y aserción de squillo, claramente balanceadas entre alternativas de exaltación y marcialidad. El andante con motto fue desarrollado casi como una cantinela, sin hacer pesar la masa orquestal y con una transparencia casi mozartiana, y en el tercero cornos, oboe y flautas apoyaron su dialogo sobre un tranquilo y transparente apoyo de cuerdas. El Saltarello final fue todo contención y claridad, y nunca, pero nunca vertiginoso, sino mas bien implacable en su coherencia como respuesta final al primer movimiento. 

Como me ocurrió con algunos jóvenes desconocidos como lo fueron en su momento, Vladimir Jurowski, Simone Young, Christian Thielemann y Andris Nelsons, salí con la convicción que a Schultz “hay que seguirlo.”

La orquesta de la casa

Al día siguiente, la Filarmónica de Dresden (la orquesta de la casa) se presentó bajo la batuta de la talentosa Julia Mallwitz para abrir la noche con una pieza ideológicamente acorde con los frisos marxistas que aún presiden el Palacio de la Cultura. La Primera sinfonía de Kurt Weill, apodada como “sinfonía berlinesa”, fue compuesta en 1920 por el aún estudiante Kurt Weill, como respuesta a la inspiración que le causó la obra teatral Trabajadores, Campesinos y Soldados. El surgimiento de un pueblo hacia Dios, de Johannes R. Becher

Parece que Weill pensó mas adelante en transformar la obra en música escénica para el ditirambo comunista de Becher, pero lo cierto es que ello no ocurrió y esta  sinfonía en un solo movimiento solo logró estrenarse en 1958, siete años después de la muerte del compositor. Aún cuando la obra tenga influencias de Mahler, Schoenberg y Richard Strauss, la lucha del veinteañero Weill por portarse mal con cualquier tradición es obvia en la furiosa disonancia inicial y en constantes escapadas de la estructura armónica tradicional. Strauss se hace presente con algunas melodías de violín, pero, en general, ésta es una obra de mero interés histórico, pobre en contrapunto y con toda la orquesta tocando toda la partitura a una sola voz y sin mayor contraste. 

El contraste solo llegó con la elegante y perceptiva interpretación de las Variaciones sobre un tema rococó de Chaicovsqui a cargo de Gualtier Capuçon, quien lució su moderado virtuosismo en las cadencias intercaladas entre las variaciones I y II, y V y VII. En el allegro vivo de la cuarta variación, la orquesta acompañó este virtuosismo y el del solo de flauta con técnica límpida y precisa, y en la coda final orquesta y solista conjugaron una gloriosa evolución de crescendos y mordentes hasta culminar con un gloriosamente ejecutado acorde en la mayor. En medio de los aplausos Capuçon anuncio que como bis y en protesta contra la guerra de Ucrania él y la orquesta tocarían….¡sí!….¡adivinó el lector!...la catalanísima Cant dels ocells. Pena que fue una versión lentísima y absurdamente estereotipada.

Esta ultima noche de mi estadía en el Palacio de la Cultura de Dresde cerró con una versión nada extraordinaria, pero sí bien dirigida, de la Primera de Brahms. Mallwitz fue aquí a lo seguro antes que a lo trascendental, pero lo que faltó en misterio y sugestión fue compensado con tiempos bien elegidos y un buen balance entre los excelentes metales y la no menos intensa sección de cuerdas de la orquesta en el cuarto movimiento.

Como en otros años, este 45 Festival musical de Dresden ha logrado movilizar la energía y el optimismo a pesar de todo, de una comunidad ciudadana vibrante y convencida en el poder del arte por encima de cualquier infortunio. En Dresde no es necesario contrarrestar la guerra con la canción de los pájaros. Toda la ciudad es un testimonio constante de memoria y de la apelación a la paz por encima de todo.  

Notas

Palacio de la Cultura. La larga noche de los chelos. Obras e intérpretes diversos. 27.5: Kol Nidrei«. Adagio sobre melodías hebreas para violonchelo y orquesta (Max Bruch). Concierto para violonchelo y orquesta nº 1 (Camille Saint Saëns). Sinfonía nº 4 “Italiana” (Felix Mendelssohn Bartholdy). Mischa Maisky – Violonchelo, Orquesta de Cámara de Munich dirigida por Clemens Schuldt. 28.5: Sinfonía nº 1 “Berliner” (Kurt Weil). Variaciones sobre un tema rococó para violonchelo y orquesta (Pter IllychChaikovsky). Sinfonía nº 1 (Johannes Brahms). Gualtier Capuçon (chelo) Orquesta Filarmónica de Dresden dirigida por Joanna Mallwitz. Festival de Música 2022

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