España - Castilla y León

La música como escena

Samuel González Casado
viernes, 1 de julio de 2022
Roberto González-Monjas © 2021 by Marco Borggreve Roberto González-Monjas © 2021 by Marco Borggreve
Valladolid, sábado, 25 de junio de 2022. Centro Cultural Miguel Delibes. Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Yeol Eum Son, piano. Roberto González Monjas, director. Ravel: Bolero; Concierto para piano y orquesta en sol mayor. Stravinski: La consagración de la primavera. Ocupación: 98 %
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Impresionante final de temporada el protagonizado por Roberto González-Monjas y la OSCyL desde un maravilloso programa para el público, pero realmente agotador para orquesta y director. En cualquier caso, mereció la pena, y la segunda parte especialmente estuvo entre lo mejor de todo el ciclo.

Técnicamente, las cosas comenzaron regular con el Bolero: hubo algunos fallos de los solistas, y en ocasiones a las intervenciones les faltó precisión en los tempi. Pero todo fue mejorando desde una perfecta planificación dinámica, que a la vez propició muchos detalles personales que fueron enriqueciendo el discurso, siempre desde el empuje típico de un director al que la obra claramente brinda una ocasión para la potencia expresiva, una de sus muchas virtudes.

Una historia muy distinta fue el Concierto en sol de Ravel: con una orquesta reducida y una solista no muy potente, el director seleccionó los momentos de lucimiento orquestal con muchísimo cuidado, aunque no renunció a la presencia del grupo pese a que algunos acordes de la pianista se vieran sacrificados (al menos esa percepción tuve desde la fila 12). Yeol Eum Son, una artista sensible y a la vez sobria, posee una técnica en la que nada suena agresivo y con la que consigue muchas sutilezas que huyen de cualquier exhibicionismo, como demostró en el segundo movimiento, verdadero ejemplo de la famosa “fluidez” de esta parte. En su versión, muy contrastante en cuanto al carácter dado a las distintas secciones, no hubo nada de rutina, y siempre resultó interesante. Es una lástima que en algunos momentos no transmitiera el empuje necesario para redondear algunos pasajes, en los que su labor quedó algo pálida en relación a la orquesta; pero en cualquier caso fue una versión muy disfrutable, con momentos estelares de virtuosismo en el tercer movimiento, por ejemplo.

En la Consagración de la primavera, director y orquesta lo dieron todo. Dado el carácter de González-Monjas, podría preverse una entrega absoluta y el típico “arrastre emocional” con el que es capaz de comunicarse tan exitosamente con los músicos y el público; pero lo que nada más empezar me dejó maravillado fue la transparencia, y relacionada con ella, la capacidad para definir la música por la ubicación espacial de los instrumentos: aquello fue una auténtica escena sin necesidad de elementos visuales, que se consiguió ante todo por un tempo más expansivo que lento y una milimétrica precisión de las intervenciones solistas.

Por supuesto, luego llegó lo esperado, pero en forma de continuos hallazgos, de música al servicio de una expresividad muy personal, que obtiene energéticamente de cada pasaje todo lo que puede servir al concepto para que resulte tan novedoso como útil. El final de la primera parte, por ejemplo, a gran velocidad pero repleto de intencionalidad tímbrica, fue revelador: nunca lo había escuchado así en ninguna de las versiones interpretadas en el CCMD (la Consagración es la obra que probablemente más veces se ha interpretado en esta sala sinfónica). La sobredimensión del salvajismo en la segunda parte, además, no condicionó la direccionalidad o el carácter de la música, sino que sirvió para acentuar toda esa riqueza contrastante de la obra que el director, en su exhaustiva labor, supo mostrar sin perder el pulso (algo fundamental aquí). Maravillosa labor de todo el conjunto en una interpretación que enfervorizó al público y que fue calificada por un antiguo director titular de la OSCyL como “la mejor que he escuchado nunca en directo”. 

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