Musicología

Bach and company… Una decisión

Antonio Baciero
jueves, 7 de julio de 2022
Johann Sebastian Bach © Retrato de Elias Gottlob Haussmann (1746) Johann Sebastian Bach © Retrato de Elias Gottlob Haussmann (1746)
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Un buen día de primavera de hace 300 años, un ya afamado maestro de música decidió cerrar una colección de papeles con ejercicios y tareas para alumnos, allegados y amigos. Las había ido acumulando desde hacía años y, aunque sus composiciones para órgano han quedado imbatidas entre lo más excelso de la Historia occidental, su mundo íntimo pertenecía al cémbalo y al clavicordio. A este último, sobre todo, por su reducida y sutil dinámica, apta para improvisar y ejercitar por las noches y dejarse llevar después del bullicio y trabajos del día: todo un océano íntimo a disposición de un místico de la improvisación y del equilibrio de normas, proporciones y armonías. Las diminutas tangentes metálicas del instrumento se rendían al pulso de aquellos dedos que sabían envolver, vibrar y controlar la cadena infinita de notas y espacios que le fluían orgánica y sosegadamente.

Los discípulos y aprendices, tan útiles en las labores de copia de repertorios y prontuarios, compartían entonces los amplios espacios familiares, en común entre legajos e instrumentos, utensilios, vestimentas y uniformes. Los papeles y similares llenaban las estancias en competencia con el griterío de niños y criados, en una socialidad teutónica en la que la función y práctica de la música parecía regir por doquier. ¿No era ésta una especie de religión, en aquel universo luterano donde los cánticos representaban lo más sagrado y esencial?

Un Bach de 37 años estaba a punto de un nuevo importante destino, Leipzig, con sus cuatro grandes parroquias de ininterrumpida actividad musical donde la de Santo Tomás extendía su solemnidad y prestigio a un antiguo colegio anexo y sus disciplinas formativas. Incluido, lógicamente, el latín. No sólo oficios, celebraciones y liturgias, en las que ya el joven Johann Sebastian era un experimentado servidor de obligaciones y eventualidades de la superioridad. Pero siempre en paralelo a su mundo personal, literalmente “pegado” al teclado. Un teclado en el que, por aquellos mismos años, un artesano en los sótanos del Palacio Medicis de Florencia -Bartolomeo Cristófori- acababa de experimentar con un curioso invento, un nuevo tipo de mecanismo acorde a la modernidad del momento: El pianoforte, con el que el mundo clavierístico se movería aún más hacia algo personal y subjetivo y sus ejecutantes se irían convirtiendo definitivamente en intérpretes. El Metropolitan Museum de Nueva York tiene hoy en su mayor lugar de honor, expuesto, su único ejemplar conservado de 1720. Por cierto, no muy lejos de la antigua suntuosa reja de la Catedral de Valladolid, (by the way…).

Portada de 'Das wohltemperierte Klavier' (1722). © 2022 by CC.Portada de 'Das wohltemperierte Klavier' (1722). © 2022 by CC.

En vísperas, pues, de esa marcha a la gran ciudad, el paciente kapellmeister reunió un conjunto que hasta pudiera publicarse. Se trataba de Leipzig, uno de los más activos centros económicos y editoriales de Europa. Bach mismo diseñó un título y una portada ornamentada decidiendo añadir una fecha actual, 1722. Pero iba a tardar mucho en editarse, tanto (más de ochenta años…), que hasta se olvidó de ello.

Así, cuando cuatro años después, en otras implicaciones más “mundanas” de éxito y fama, edita las Seis Partitas, denominó”Opus 1” a esas suites o conjuntos diversos, perfectamente nivelados en carácter y estilo, oberturas, danzas y minuetos, más algún número de virtuosismo “exterior”: “Para deleite del ánimo de los aficionados”, decía el prólogo. Ahí sí, por cierto, el mundo español podría serle bastante deudor: Las seis Zarabandas (él las conoció -vía Paris- con un carácter más ceremonioso y llamó Sarabandes) no sólo articulan el centro mismo de esas suites, sino que están entre las piezas de más prístina belleza de toda su obra general. Concretamente, la de la Sexta partita, constituye un especial dechado de elevación, esencia y ornamento, de nada fácil revivencia o interpretación. Sin olvidar la solemne Chacona para violín solo, originaria en una danza sarcástica que, según los entendidos, imitaba el paso peculiar de los ciegos en la Nueva España…

Pareció haber quedado Bach, en todo caso, tan imbuido de su didáctica idea binaria de “Preludio y Fuga” (es decir, fantasía y canon) que todavía la estiró a una nueva hornada gemela de otros 24 números por todos los tonos, veinte años después. Les había llamado ya “El clave bien temperado” (Das wohltemperierte Klavier), un atinado nombre que implicaba teclado, clavijero, afinación, sistema armónico, llave, temperamento y mundo de los afectos. No podía ser más exacto. “Para provecho y uso de la juventud estudiosa, deseosa de aprender, como igualmente de especial pasatiempo para los ya hábiles en esta arte.”. Perfecto…

Se le ha venido a llamar “el Antiguo Testamento” de la música pianística. Pero es mucho más. Supone el símbolo de toda una importante cultura nacional (aunque como tal “nación” todavía no existiera) y quizá hasta de un estilo de cultura y civilización en el mundo. Hace justo tres siglos y todavía con la misma portada de guirnaldas y florecitas

“… compuestas y ordenadas por Johann Sebastian Bach, maestro de Capilla y director de música del Principado de Anhalt-Köten. Año 1722."

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