Francia

Un genio relegado

Francisco Leonarte
viernes, 8 de julio de 2022
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París, miércoles, 22 de junio de 2022. Théâtre des Champs-Elysées. La Vestale (1807), tragedia lírica en tres actos. Libreto de Etienne de Jouy. Música de Gaspare Spontini. Edición crítica, Ricordi 1994. Versión de concierto. Intérpretes : Marina Rebeka (Julia), Stanilas de Barbeyrac (Licinius), Tassis Christoyannis (Cinna), Aude Extrémo (la Grande Vestale), Nicolas Courjal (le Grand Pontife), David Witczak (un consul/le Chef des Aruspices). Vlams Radiokoor. Les Talens Lyriques. Christophe Rousset, dirección musical. Coproducción Théâtre des Champs-Elysées, Palazzetto Bru-Zane, Les Talens lyriques, Vlaams Radiokor
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Creadores relegados a una quinta y cuarta categoría por los libros, las salas de exposición y las de concierto, hay muchos. Son creadores que sólo conocen y valoran los aficionados, creadores que para el gran público ni existen. En ciertos casos tienen obras estimables, pero estimables como tantas otras, y uno se dice que si los rescatan, pues muy bien, pero que no es indispensable que los rescaten con ahínco para la pública memoria. En otros casos tienen obras realmente singulares, y ahí uno se dice que es una auténtica lástima que no sean más conocidos, porque podrían llevar satisfacción a mucha gente y ayudarnos a comprender mejor determinada momento artístico. Se da por último el caso de creadores relegados cuyas sus obras son sin embargo esenciales porque marcaron su época, porque sin ellos la Historia del Arte (ya sea la Música, las Artes Plásticas, la Literatura...) hubiera sido distinta.

Son creadores como Félicien David, como Meyerbeer.

O como Spontini.

No me cansaré de repetir que Spontini es el auténtico eslabón perdido entre Gluck y Wagner.

Su obra, visionaria, fue admirada y aplaudida por todos los grandes creadores de su tiempo y de las generaciones inmediatamente posteriores. Y no es casualidad si, escuchando este miércoles pasado La Vestale, de Gaspare Spontini, el auditor reconocía melodías, giros y destellos que posteriormente serán incorporados a sus respectivas obras por Rossini, Berlioz o Wagner.

Spontini es uno de los genios más injustamente relegados al solo aprecio por los especialistas. 

El último de los rescates 

El caso es que periódicamente se intenta "rescatar" a Spontini. Las personalidades que han participado en tales empresas son de lo más preciado de la historia de la interpretación, desde Ponselle a Callas, pasando por Stella, Cerquetti, Caballé... -por citar sólo a sopranos...- Y parece que no haya nada que hacer, el público sigue sin adoptar a Spontini: ¿o será que los programadores simplemente le tienen miedo...?

Al Théâtre des Champs-Elysées (que tiene sin duda alguna la más bonita programación de la capital francesa) le cabe el mérito de haber programado Spontini en varias ocasiones, con por ejemplo una Vestale sencilla pero muy dignamente escenificada en 2014 con Ermonella Jaho (representaciones de las que guardo un muy hermoso recuerdo) o con una Olympie en version de concierto en 2016, ya con la colaboración del famoso Palazzetto Bru-Zane. 

Y es que el Palazzetto Bru-Zane, cuando se trata de música francesa olvidada o semi-olvidada, intenta siempre hacer milagros (¡y en muchos casos lo consigue !). Asi que se propuso "recuperar de nuevo" la primera obra maestra de Spontini, la que lo lanzó a la fama, La Vestale

Ópera y política 

La Vestale es uno de los más claros ejemplos de cómo Arte y Política suelen ir de la mano. Porque sin el apoyo determinado de la emperatriz Josefina, esta obra maestra problemente no hubiese nunca visto la luz y Spontini no hubiese nunca hecho carrera. Y porque su libreto y su música reflejan fielmente los anhelos del régimen napoleónico.

La trama es bastante sencilla : aunque la vestal Julia y el general romano Licinius se quieren, ella está ligada por su voto de castidad a Vesta. Cuando se encuentran furtivamente en el templo de la diosa, son soprendidos y sólo él puede huir a tiempo. Condenada a muerte, para salvarla Licinius se enfrenta al Gran Pontífice. Pero antes de que la sangre llegue al río, la llama sagrada de Vesta, que se había apagado por falta de vigilancia de la enamorada, milagrosamente (y muy oportunamente) se vuelve a encender por sí sola. Y todo acaba bien.

El público de la época identificaba muy claramente al victorioso general romano con Napoleón y al Gran Pontífice con el Papa. Y justamente por aquellos días (¡qué casualidad!) la pugna era grande entre uno y otro por cuestiones de Concordato, de política anti-inglesa, de invasión francesa de los Estados Pontificios... etc... Recordemos que poco después del estreno de la obra, Pío VII excomulgará a Napoleón y que éste a su vez secuestrará al Papa en Fontainebleau. Una obra que exaltaba el Poder Militar, presentándolo como humano y comprensivo, muy por encima de un obtuso Poder Religioso, respondía perfectamente al programa político del ya emperador.

Y la ambientación romana correspondía a la moda pompeyana, tan del gusto de la pareja imperial que la había impuesto en la decoración, en la moda, en la música...

Tal vez no sea éste el lugar para hablar de las correspondencias, o del pasaje "natural" del neoclásico al estilo pompeyano, de Wincklemann a Goethe, del estilo Luis XVI al estilo Imperio, de Hubert Robert a David, de Gluck a Spontini...

El caso es que por su majestuosidad, por su pompa, por su sentido de lo trágico y de la grandeza, con una orquestación densa, privilegiando la declamación, la partitura de La Vestale, como decimos, correspondía al espíritu neo-romano e imperial deseado por Napoleón y Josefina.

Y la obra podría haberse quedado en mera obra de circunstancias, si Spontini no hubiese ido más allá.

Pero es que, si de grandeza se trata, hay en La Vestale una suerte de desmesura que es una de las improntas del genio. Hay también, y sobre todo, la alternancia de esa grandeza broncínea con momentos de intensa ternura, de gran delicadeza, anunciadores ya de todo lo que serán Rossini, Donizetti y Bellini: el personaje de Julia, con sus terrores y sus remordimientos religiosos, es claramente el modelo de la Norma. Hay además una gran intensidad dramática. Hay sentido musical de lo que mucho más tarde se llamará "suspense". Hay intuiciones armónicas que más tarde recogerán Berlioz y Wagner...

Pura hermosura. 

Unos cantantes a la altura de la obra 

Para recuperar (de nuevo) La vestale, el Palazzetto Bru-Zane ha recurrido a una de las sopranos más capaces y carismáticas que pisan hoy las tablas, la letona Marina Rebeka. Pocas sopranos me parecen tan adecuadas para el rol de Julia. Rebeka tiene bonito timbre, seguridad en todo el registro, agudos certeros, tajantes, buen volumen, graves suficientes, delicadeza cuando hace falta, buena mezza voce, y sobre todo sentido dramático e inteligencia vocal. ¿Se puede pedir más ?

Entrega. Y en el TCE (Théâtre des Champs-Elysées) se entregó, emocionándonos a todos en su monólogo del primer acto. Y en su famoso monólogo del segundo (ahí le faltó tal vez mayor inteligibilidad y algo más de soltura en los graves, pero se trata de peccata minuta dada la intensidad de la interpretación). Y de nuevo en los paréntesis maravillosos del segundo acto -paréntesis que todos los músicos posteriores, hasta Verdi, retomarán en sus obras- como ese Ô des infortunés déesse tutélaire (que Callas interpretó como "Nume tutelar"). O sea, una Julia para recordar. 

Ya sobre el papel, Stanislas de Barbeyrac me parecía el Licinius ideal. De Barbeyrac ha ido dándole cuajo y cuerpo a su voz sin perder facilidad en el registro agudo, y hoy en día es de los pocos tenores franceses que igual se cantan un Rameau que un von Weber (su Der Freischütz de hace pocos años fue notable). Tiene el color ideal para ciertos papeles de ópera francesa, ya sea el tenor heróico de Berlioz o el tenor abaritonado de Pelléas. Y tanto Berlioz como más lejanamente Pelléas (y aun si me apuran hasta el heldentenor wagneriano) nacen en realidad del Licinius de La Vestale. No me defraudó, al contrario. Gracias a De Barbeyrac pudimos escuchar a un general romano, un soldado, enamorado sin duda, pero militar templado. Supo aliar sentimiento y composición de personaje. Y no perdimos una sola sílaba de lo que decía. Bravo. 

El barítono Tassis Christoyannis también rayó a gran altura, dicción esmerada, buena línea de canto, y aunque su particela tal vez sea lo menos interesante de la obra, supo darle relieve. Su dúo del primer acto con Licinius, que, entrocando con los dúos de amistad "sensible" dieciochescos anticipa todos los dúos de amistad viril y guerrera con que cuenta el repertorio romántico (y hay un buen "puñao"), fue un momento sobresaliente.

La contralto Aude Extremo es intérprete muy querida por el público francés. Cierto, su voz puede sonar un pelín entubada por momentos, y por eso puedo entender que a algunos no les guste. Pero a otros nos encanta por su hermoso timbre oscuro y por sus graves cavernosos. Por eso, por su voz carnosa, por su entrega en la interpretación, le perdonamos que muchas veces no se le entienda ni palote.

El bajo Nicolas Courjal no impresiona como bajo, pero le echa buen hacer, energía y odio a lo suyo, y cumple como Gran Pontífice, Como cumple David Witczak en su breve cometido. 

Instrumentos de época, por supuesto 

Por supuesto, una recuperación "como es debido" necesitaba una orquesta con instrumentos de época. Ahí estaba Les Talens Lyriques. Su sonido no siempre era "bonito", a veces tenía la "acidez" típica de este tipo de orquesta, pero respondía con seguridad a las indicaciones del director, siendo su interpretación más que destacable por la brillantez, por la ligereza en los prestissimos, por la magnificencia en los pasajes grandiososos (qué hermosa e impresionante tempestad), y por el buen hacer de sus solistas. A destacar, en ese sentido, la trompa solista (por supuesto trompa antigua) que llevó a cabo sin escollos (aun con constante peligro) su muy difícil cometido.

Christophe Rousset, su director habitual, es siempre inteligente y supo dar los momentos de calma y delicadeza presentes en la partitura e indispensables dentro de tanta "grandeur" franco-romana. Tal vez hubiera podido mostrar más inventiva y diversificar la forma de atacar el final del primer acto con sus extensos coros: para mí el momento más flojo de la partitura.

El Vlams radiokoor, por cierto, tuvo mucho éxito. Un éxito que no entendí. Volumen sí, dieron volumen, pero el sonido no era de los más hermosos, faltó delicadeza -en particular en el coro de mujeres, que no fue nada del otro jueves- y además no se les entendía ni papa. En fin. 

¿Continuará ? 

Los organizadores han presentado esta versión como "la versión definitiva". Tal vez sea un poco exagerado, aunque es una buena versión desde luego. Incluso muy buena. Y el disco que tiene que salir dentro de poco en la colección del Palazzetto Bru-Zane será sin duda indispensable en toda discoteca del buen melómano...

En todo caso, yo, personalmente, espero que esta versión no sea "la definitiva" porque lo que espero es que haya dentro de poco muchas, muchas más versiones de esta obra maestra, versiones que vengan a aportar nuevos matices, nuevos puntos de vista, versiones de concierto, escenificadas, con otros cantantes y otras orquestas ; yo lo que quiero es que tengamos más Spontini, que podamos seguir disfrutando, en vivo y en disco, y en dvd y en la tele y en los supermercados (huy, creo que ya me he pasado en mis sueños) de una de las músicas más particulares y más sorprendentes que nos dió ese momento tan especial, el momento de Beethoven, a caballo entre el XVIII y el XIX. 

Y ustedes perdonen si la crítica me ha salido un poco larga. Ya han visto ustedes, Spontini me vuelve loco. 

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