España - Andalucía

La magia de Argerich en la Alhambra

José Amador Morales
jueves, 14 de julio de 2022
Martha Argerich © Foto facilitada por CNDM Martha Argerich © Foto facilitada por CNDM
Granada, martes, 5 de julio de 2022. Palacio de Carlos V. Maurice Ravel: Le tombeau de Couperin, Concierto para piano en Sol Mayor; Piotr Ilich Chaicovsqui: Sinfonía nº 4 en Fa menor, op.36. Marta Argerich, piano. Orquesta Filarmónica de Montecarlo. Charles Dutuoit, director musical. 71 Festival Internacional de Música y Danza de Granada.
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La presencia en Granada de una referencia interpretativa de la música clásica en general y de la interpretación pianística de las últimas décadas como lo es Marta Argerich acompañada de una batuta de la altura de Charles Dutuoit se ha materializado en una cita conformada por un suculento programa con referencias al aniversario del primer Concurso de Cante Jondo, efeméride que ha atravesado la propuesta de esta septuagésima primera edición del festival granadino.

Como recordaba la organización del mismo, Maurice Ravel era gran amigo de Manuel de Falla y fue invitado a asistir al Concurso de Cante Jondo pero el ayuntamiento no pudo cubrir los costes de su visita y finalmente fue cancelada. Así, con Ravel se abría el concierto que comentamos y, en concreto, con su Le tombeau de Couperin, la obra que compusiera durante la Primera Guerra Mundial como suite para piano con la que homenajea la música barroca francesa. Posteriormente orquestada en 1919, se presentó como un memorial a su madre -que había perdido dos años antes- y a sus amigos fallecidos en la contienda. Sin embargo, el carácter aparentemente desenfadado de la pieza fue contestado por el propio Ravel, quien afirmó al respecto que “los muertos ya están bastante tristes en su eterno silencio”. 

La lectura de Dutuoit por una parte se nos antojó demasiado tamizada en la dinámica y neutra en intensidad y desde luego bastante menos creativa que la ofrecida por Klaus Mäkelä en el mismo escenario hace un año al frente de la Orquesta de París. Sin embargo, alcanzó cierto empuje y brillantez en el rigodón final y puso de manifiesto el buen estado de forma así como el cálido sonido de la Filarmónica de Montecarlo.

Sin embargo, el tiempo se paró cuando la figura de Marta Argerich se atisbó haciéndose paso entre los primeros violines para entregarse a la que probablemente es la obra de su vida, el Concierto para piano en sol mayor de Ravel, cuya interpretación es referencial y así lo acreditan sus numerosas grabaciones discográficas y versiones registradas en directo. Ya al atacar los primeros compases del primer movimiento, pudimos apreciar cómo la fragilidad que la pianista octogenaria había mostrado al caminar hasta el instrumento se convertía en desbordanrte energía e insólita vitalidad musical. Un movimiento de tempo confortable en el que las manos de la argentina dieron forma sonora a esa fusión embriagadora entre la sensualidad, la delicadeza, el temperamento y el arrojo inherentes a la partitura. La serenidad del hermoso Adagio assai alcanzó cotas conmovedoras en un equilibrio perfecto entre el color, el sutil rubato y el expresivo abandono onírico que alcanzó su clímax en el delicioso diálogo con el corno inglés. El vertiginoso Presto devino en una suerte de fiesta musical, casi un impactante divertimento en el que el prodigioso sentido del ritmo y la complicidad absoluta de Argerich con los distintos instrumentos “invitados” fueron las premisas con las que remató una interpretación mágica y desde luego inolvidable. 

La respuesta entusiasta del público fue abrumadora y Argerich, que tampoco ocultaba su satisfacción, terminó por regalar una maravillosa versión de sendas Gavotas de la Suite inglesa nº 3 de Johann Sebastian Bach, donde la legendaria musicalidad y el - bien que no grande pero personalísimo - sonido de la pianista nacida en Buenos Aires volvieron a hacer historia.

Pasada la media noche, volvimos a poner los pies en el suelo con una segunda parte constituida por la siempre espectacular Sinfonía nº 4 de Chaicovsqui, obra que también se programó en los conciertos de la Alhambra de 1922, y en la que Dutuoit tiró de profesionalidad y corrección en una versión de cierta brillantez que, no obstante, se dejó por el camino demasiadas posibilidades expresivas, con -eso sí- una aseada respuesta orquestal de una motivada Filarmónica de Montecarlo. 

Algo precipitada y estridente la Farandola final de la segunda Suite Arlesiana de Bizet que se ofreció fuera de programa, en lo que fue el final de un concierto que perdurará en la memoria ante todo por la presencia mágica de Marta Argerich.

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