España - Castilla y León

Momentos vacíos

Samuel González Casado
martes, 19 de julio de 2022
Hippolyte Mailly, caricatura de Rossini (1867) © Dominio público / Wikipedia Hippolyte Mailly, caricatura de Rossini (1867) © Dominio público / Wikipedia
Valladolid, jueves, 7 de julio de 2022. Centro Cultural Miguel Delibes. Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Lucía Martín Cartón (soprano), Marifé Nogales (mezzo), Juan Francisco Gatell (tenor), Simón Orfila (barítono). Coro de la Orquesta de Castilla y León. Director de Coro: Jordi Casas. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Director: Evelino Pidò.
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El concierto extraordinario con coro de este año en el Centro Cultural Miguel Delibes volvió a dejar en evidencia el sinsentido que supone que la orquesta, por nombre, oficialmente tenga a disposición una agrupación que habitualmente no utiliza, y cuyos integrantes solo se reúnen una o dos veces al año. Parece que estos conciertos “con coro” tienen cierto aire justificativo que en realidad no deja de poner en evidencia que un coro no profesional formado por miembros de otros coros podría no existir sin la más mínima consecuencia para el éxito de la temporada de la orquesta.

Por tanto, la denominación que aparece en el programa de mano de esta agrupación vocal, “Coro de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León”, parece haber sido decidida por un maestro de la ironía, ya que eso es lo que precisamente este coro no es. Y todo ello sin que este asunto tenga que ver con las buenas prestaciones que el conjunto puede mostrar en muchos momentos. El problema es que son momentos vacíos: una pura excusa.

Con lo anterior, debe dejarse claro que, dentro de lo que hay, todo se sacó más o menos adelante, y lo que más lució en este Stabat Mater fue, precisamente, el coro, que como habitualmente estuvo disciplinado y competente desde sus hechuras. Los solistas poco pudieron hacer, ya que el director, Evelino Pidò, impidió con sorprendente asiduidad cualquier conato de línea. Un ejemplo pudo escucharse en el Quis est homo, un dúo habitualmente repleto de posibilidades, con cuya velocidad demencial Pidò liquidó en un abrir y cerrar de ojos. La orquesta, además, sonó a mucho volumen, y los solistas (excepto, quizá, el barítono, Simón Orfila) se vieron realmente perjudicados, sobre todo el tenor Juan Francisco Gatell, al que se oyó poco en el Cujus animam gementem y cuyo re bemol, que esperábamos despejara brumas, no sonó a plena voz. Marifé Nogales exhibió su profesionalidad habitual, y se agradece mucho, como ocurrió con el barítono, que diera un tinte dramático a sus intervenciones cuando tuvo alguna mínima ocasión.

Respecto a la soprano, Lucía Martín Cartón, estaría bien conocer a quién se le puede haber ocurrido proponerle esta participación, ya que está claro que lo que puede ofrecer aquí es claramente insuficiente. Incómoda en casi todo momento, poco audible, destacó un poco más en las intervenciones con sus compañeros solistas, donde pudo apreciarse un sonido que en sí mismo no es para nada desagradable, como suele ocurrir con esa manera de cantar. Pero, vocalmente, toda la tesitura está desequilibrada hacia el agudo, debido a una técnica que limita definitivamente las posibilidades artísticas a favor de la seguridad en algunas partes (ciertos ataques precisos). Todo el cuerpo de la voz está sin desarrollar, a la manera de ciertas vocalistas de principios del siglo XX, los graves no existen, y la zona de brillo no es suficiente para sacar adelante una parte como la del Stabat Mater. El Inflammatus es un claro ejemplo: ese mundo de posibilidades dramáticas de este número 8 se transformó en algo gélido, ineficiente, más imaginado que escuchado. El director, como se ha dicho, no ayudó, pero tampoco aparecieron visos de algún tipo de oposición fundamentada.

La concertación, pese a las arbitrariedades de Pidò, funcionó plausiblemente, y la espectacularidad dinámica del conjunto contribuyó a que al final el resultado fuera más o menos lo esperado: una obra sinfónico-coral famosa interpretada con contundencia, y disfrutable en partes como la fuga final, que dejó buenas sensaciones. Lo que no dejó buenas sensaciones fue la irrespetuosa chapuza en el interior del programa de mano, con errores ortográficos, párrafos interminables de más de una página, ¡distintos cuerpos de letra dentro de una misma biografía para cuadrar los textos! y ausencia de notas al programa; la propia portada de la publicación, consistente en la cómica caricatura de Hippolyte Mailly, totalmente ajena al estilo sacro de la obra interpretada y al dolor que desprende el texto de Jacopone da Todi; e igualmente y una vez más, cierto sector del público que acude a este tipo de eventos, que se dedicó a aplaudir continuamente, molestar con toda clase de ruidos (manualidades para niños incluidas) y dejar sonar el móvil repetidamente. De vergüenza.

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