Alemania

Una ligera velada estival

J.G. Messerschmidt
jueves, 21 de julio de 2022
Yi-Chen Lin © 2022 by RB Artists Yi-Chen Lin © 2022 by RB Artists
Múnich, martes, 5 de julio de 2022. Brunnenhof de la Residencia. Bedrich Smetana: El Moldava (poema sinfónico del ciclo Mi Patria). Johannes Brahms: Danzas húngaras nros. 17-21. Georges Bizet: Suite nro. 1 de Carmen. Pablo de Sarasate: Navarra. Antonín Dvorák: Obertura Carnaval, Danzas Eslavas Op. 46. Solistas de violín: Ulrike Kraew y Marian Kraew. Orquesta Sinfónica de Múnich. Directora: Yi-Chen Lin
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El contenido de este concierto se correspondió con la ligereza de la velada estival y del patio al aire libre en que tuvo lugar. El Brunnenhof es un severo patio ("hof") del siglo XVII en cuyo centro se alza una fuente ("brunnen") barroca y está situado dentro de la Residencia muniquesa, el palacio de los antiguos reyes de Baviera. La acústica del recinto varía mucho según el sitio exacto en el que se encuentre el oyente, pero en general no es la más perfecta. Ello dificulta el trabajo de la orquesta y su director. Éste debe conocer muy bien este escenario y a sus músicos y tener un excepcional sentido de la acústica en espacios abiertos para poder obtener el mejor resultado.

La versión que Yi-Chen Lin hace de El Moldava se basa en una lectura claramente lírica de este poema sinfónico. Los tiempos son muy moderados. Los matices tímbricos, la línea melódica y el cantabile son favorecidos en detrimento de los claroscuros contenido en la obra. El carácter de la "narración" contenida en la pieza carece de dramatismos y se desenvuelve en forma de ensoñación evocadora, bien fraseada y "pronunciada", pero estilísticamente discutible. Interesante es el énfasis en la puesta de relieve de ciertos aspectos preimpresionistas contenidos en la partitura.

Ese mismo lirismo resulta bastante más problemático en la interpretación de las Danzas húngaras de Brahms. Naturalmente los pasajes lentos, que no faltan en estas paráfrasis del folklore zíngaro, están bien logrados, pero donde predomina el elemento coreográfico se evidencia una dinámica poco matizada y una cierta falta de tensión rítmica. Qué duda cabe, el escenario tiene parte de la "culpa", pero la directora debiera contar con ello y configurar crescendi, diminuendi, acentos, etc. teniendo en cuenta este factor. En todo caso, no faltan los buenos momentos, pero sin que logren hacer olvidar un cierto desequilibrio entre las partes.

Mucho más satisface la Suite de Carmen, que se inicia con un contundente ataque y cuyos ricos contrastes están bien equilibrados. Sólo la dinámica y a veces los cambios de tiempo resultan algo rígidos.

En Navarra el peso de la intepretación lo llevan los solistas Ulrike Kraew y Marian Kraew, dos violinistas que abordan la difícil pieza cómodamente y con indiscutible competencia, afrontando con éxito las espinosas dificultades técnicas de la obra, sin descuidar una acertada configuración de la vertiente expresiva.

La Obertura Carnaval es uno de los mejores momentos de la velada. La versión ofrecida es vivaz, colorista y adecuadamente ligera.

En las Danzas Eslavas hallamos un poco de todo: pasajes convincentes y otros más débiles. Nuevamente la acústica dificulta la labor, pues los planos sonoros no aparecen lo bastante diferenciados. Otro aspecto que no siempre acaba de satisfacer es, como en Brahms, el del carácter de danza de las piezas, un carácter que no siempre se concreta en todas sus difíciles sutilezas (la "facilidad" de las danzas es pura apariencia y constituye una muy peligrosa trampa), en sus casi impalpables, pero esenciales juegos agógicos, en sus "impalpables" pero irrenunciables matices folklóricos. Es decir, en todo aquello que no suele estar en la partitura, pero que forma la esencia de la obra, obstáculo siempre repetido en música clásica en la que la raigambre popular es auténtica y no sólo un lugar común pintoresco.

Una desventaja, paradójicamente, es la homogeneidad y la ligereza de todas las obras programadas. Al final, no se puede evitar una leve sensación de uniformidad. Pero en conjunto podemos hablar de un  concierto muy apreciable. La directora Yi-Chen Lin es competente y aún muy joven para su profesión (tiene 36 años), sin duda no tardará en superar las dificultades mentadas. Del muy buen nivel de la orquesta dan testimonio los solistas de la velada, el matrimonio formado por Ulrike y Marian Kraew: ambos violinistas son miembros de este notable conjunto sinfónico. ¡Nada mal!

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