Francia

Repostería de altos vuelos

Francisco Leonarte
viernes, 22 de julio de 2022
Mélodies du bonheur © 2022 by Paco Leonarte Mélodies du bonheur © 2022 by Paco Leonarte
París, miércoles, 29 de junio de 2022. Théâtre des Champs-Elyées. Mélodies du bonheur (Canciones de la dicha). Obras de Fernand La Tombelle, Théodore Dubois, Jules Massenet, Claude Debussy, Camille Saint-Saëns, Jules Massenet, Gabriel Fauré y Ernest Chausson. Con Véronique Gens (soprano) Hélène Guilmette (soprano), Tassis Christoyannis (barítono), Julien Dran (tenor), Emmanuel Ceysson (arpa), Cédric Tiberghien (piano), Xavier Phillips (violoncello). Orchestre de Chambre de Paris. Dirección musical de Hervé Niquet.
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¿Alguna vez han soñado ustedes con atracar una pastelería -no por el dinero, claro está, sino por darse precisamente «un atracón» de pasteles-? ¿Han entrado ya en una de esas confiterías «de toda la vida» llenas de dulces antiguos y casi olvidados que se revelan absolutamente deliciosos y familiares cuando uno los prueba ? O, para aquellos a quienes no les motive el dulce, ¿han hecho alguna vez un festín todo a base de cositas de picar, aceitunas, frivolidades saladas, banderillas, anchoas, zarajos, choricitos... ?

Esta noche yo he tenido esa sensación, la sensación de disfrutar de miles pequeños manjares, («divierte-boca» lo llaman los franceses), nueces confitadas, frutas de aragón, yemas de Ávila y Almazán, bombones, pastitas de té, miguelitos de la Roda, arrop y tallaetes, calissones de Aix, alguna que otra pastilla juanola, confites monjiles elaborados con mucha paciencia que se comen en un abrir y cerrar de ojos...

Y es que bajo el título bastante equívoco de Mélodies du bonheur (que en Francia inevitablemente recuerda a la película de Wise The sound of music [Sonrisas y lágrimas]), los intérpretes citados en la ficha nos han servido un florilegio de canciones (mélodies) con orquesta y otras miniaturas de la segunda mitad del diecinueve francés.

Este repertorio de la mélodie francesa (el equivalente del « lied » en Alemania o de la « canción » en España) está bastante inexplorado. Es verdad que Las noches de estío de Berlioz o la Sherezade de Ravel tienen cierto predicamento entre público y programadores (incluso el intenso Poema del amor y del mar de Chausson), y que de cuando en cuando algún cantante incluye en sus recitales con piano melodías de Fauré, de Debussy o del mismo Ravel, incluso a veces del maravilloso Duparc...

¿Pero quién se acuerda de las restantes melodías ? ¿Quién programa melodías con orquesta francesas aparte de las citadas ? ¿Quién sabe de las melodías de Massenet, de Saint-Saëns, de Dubois?

Pues el Palazzeto Bru-Zane y su director fetiche, Hervé Niquet.

Y hay tesoros.

Tesoritos de gracia y de frescura. Muchos de ellos, disfrazados con guitarra eléctrica y percusión machacona, podrían triunfar como canciones pop...

Y una interpretación de altísimo nivel

Y cuando están servidos por intérpretes de muy alto nivel (¡Menudo ramillete ! exclama espontáneamente el dicharachero director de orquesta ante la excelencia de todos sus solistas), pues es un disfrute de cabo a rabo.

Quien la ha escuchado sabe de sobra que Véronique Gens es una gran intérprete. Homogeneidad de registro, perfecta dicción, perfecta adecuación del canto con el texto, elegancia en la interpretación (evitando todo aspaviento), color de voz muy particular (nunca ha querido definirse realmente ni como mezzo ni como soprano...). En este repertorio, la Gens convierte en oro todo lo que toca – o tal vez sea que hace brillar como es debido todo el oro que toca con su canto...

Tassis Christoyannis, barítono griego de perfecta dicción francesa, tal vez sea menos conocido, pero qué elegancia también la suya. Y qué sentido del texto. Consigue emocionarnos.

Julien Dran es cantante más joven. Tenor con medios potentes, al escucharlo tengo siempre miedo de que los pierda pronto. Ha de ganar en suavidad, en «maleabilidad» del canto, en color – sobre todo para el repertorio francés. Ciertos ataques parecen ásperos, como poniendo en dificultad su bonita voz. Pero solventa las dificultades con su juventud.

Bonita voz también la de Hélène Guilmette, fresca pero con cuerpo, como el agua de la sierra que corre robusta y cristalina. Buen manejo, buenas interpretaciones, algo menos inteligible que sus colegas pero a un nivel aceptable.

El arpista Emmanuel Ceysson muy ágil, potente, sabe hacer escuchar su instrumento sin avasallar. Y lo mismo podríamos decir del pianista Cédric Tiberghien o del violoncelista Xavier Phillips. Los tres acompañan con mimo cuando tal es su cometido, y se lucen en sus respectivas páginas solistas sin jamás forzar el pathos (modélica en ese sentido la interpretación de la invocación de Les érinyes de Massenet por Phillips, con precioso sentido del legato y hondura sin llantos).

La Orquesta de Cámara de París no es la mejor orquesta parisina – ni la peor tampoco, y poco a poco va ganando enteros. No tiene un sonido especialmente bonito, pero es relativamente ágil, con pupitres de buen nivel. Y por su propia configuración de cámara tiene el mérito de no ahogar a los solistas. Se le escucha muy a gusto dirigida por Niquet, que tiene la coquetería de dejarles tocar solos, sin nadie en el podium, la muy bonita Pequeños sueños de niños de Théodore Dubois. Hay veces en que uno no es indispensable », lanza Hervé Niquet al público divertido antes de volverse a subir al podio cuando termina la obrita de Dubois.

A Hervé Niquet (de quien siempre admiro, como en el caso presente, su tesón por recuperar repertorio olvidado) a menudo le reprocho su falta de delicadeza. Bueno, pues en este caso Niquet brilló precisamente por su delicadeza. Frecuentemente le hacía signos a la orquesta para que apianara, dirigiendo con suavidad, con calma no exenta de pasión. De forma que los solistas podían ser sutiles, matizar, sin jamás forzar su instrumento, «hablando-cantando» (¿acaso no es ése el principio del canto y de la ópera desde sus inicios?). Su interpretación de la Danza profana de Debussy, dirigiendo casi con desmayo a la orquesta, con un Emmanuel Ceysson impecable en las mil dificultades de su partitura, fue realmente modélica. Un verdadero placer sonoro.

¿Y después qué?

Un único pero voy a ponerle al concierto y a sus organizadores e intérpretes : Nos han re-descubierto ustedes un buen puñado de hermosuras, vale. Pero ¿cuándo tendremos ocasión de volverlas a escuchar? ¿Se van a quedar en puro recuerdo de una noche?

Queremos volver a escuchar el muy bonito Petits rêves d'enfants y el cuarto movimiento de la preciosa Suite pour piano et cordes (prestissimo de infarto) de Dubois ; queremos volver a escuchar el encantador On dit (Se dice) de Massenet, o la Canción del pescador de Fauré (su versión del Ma belle amie est morte de Téophile Gautier que los melómanos conocemos en la versión de Berlioz), o el bolero (en castellano) El desdichado de Saint-Saëns (tan, tan cercano al famoso Niñas que a vender flores vais a Granada de Barbieri), y la invocación de Les érinnyes de Massenet (que ya Bonynge grabó en su día), y prácticamente todo el resto del programa...

Para alguna de estas obras nos queda la solución del disco (Bru-Zane acaba de sacar un disco con melodías para orquesta de Massenet que sin duda estará muy bien).

Esperemos también que intérpretes y programadores se encaprichen de todos estos tesoritos y nos los sirvan como quien no quiere la cosa entre una sinfonía de Schumann y un concierto de Chaikovski. Los programas de concierto ganarán en frescura. Y el público en disfrute.

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