El Espía de Mahler

46. Seltenburg

Jordi Cos
martes, 17 de septiembre de 2002
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0,0001347 El redoble de la lengua contra el paladar cuando pronuncias su nombre en voz alta, como un tambor velando los ejercicios de un equilibrista sobre la cuerda floja, ya te advierte de su intención de convertirse en el escenario de una hazaña: Seltenburg. Y es que en esta pequeña ciudad del norte de Alemania, que hasta sólo se asomaba al mundo por la ventana de la información meteorológica de la CNN, es donde el mañana de la música sinfónica ha amanecido con fecha de hoy. El responsable de este trastorno del tiempo es el equipo que gestiona la orquesta local, a cuya cabeza figura su joven director titular, el noruego Udorj Soljer (1960), alumno díscolo de Celibidache, al que acabó abandonando para no convertirse en uno más de los clones del maestro que corren por el mundo suplantándole y, en apariencia, felices de haberse olvidado de ser ellos mismos.Nada más leer la programación de la Orquesta Sinfónica de Seltenburg se advierte enseguida que no es apta para condescendientes. Así, esta temporada se abre el próximo 21 de septiembre con el estreno de la obra New York, 11S, compuesta conjuntamente entre el compositor alemán Hermann Werner y el egipcio Salif Shamah; partitura que inaugurará la serie La música de la actualidad, en que se estrenarán obras de músicos inspiradas en los temas que ocupen las primeras páginas de los periódicos de Seltenburg durante el curso musical. En una reciente entrevista a Die Zeit, Soljer justificaba esta serie declarando que de la misma manera que la prensa solicitaba a escritores su parecer sobre la actualidad, él había pedido a diversos compositores que escribieran una columna musical de opinión para publicarla mensualmente en los atriles de la orquesta.Otra novedad consiste en la inclusión dentro de la programación, compartiendo espacio con las obras del repertorio sinfónico habitual, de algunas de las partituras que han contribuido a eternizar la vida de las películas a las que acompañaban. Henry V de Patrick Doyle y Hamlet de Shostácovich, The Red Violin de John Corioglano y los conciertos para violín de Mozart, el quinto, y Brahms; Vértigo de Bernard Hermann y Romeo y Julieta de Procofiev, La Profecía de Jerry Goldsmith y el Oratorio de Navidad de Bach, son algunas de las singulares parejas de hecho cuya convivencia en la orquesta ha disparado el número de nuevos abonados entre los seguidores más devotos de la banda sonora: la gente joven.Consciente del papel predominante de la imagen en nuestro tiempo, Soljer ha dado los primeros pasos para ponerla al servicio de la música: pantallas de televisión situadas en todas las entradas a la sala sinfónica del auditorio emitirán de manera continua, una hora antes de cada concierto, imágenes de los ensayos de las obras que se escucharán a continuación acompañadas de declaraciones del director, miembros de la orquesta, e incluso abonados que darán sus impresiones sobre conciertos pasados.La música de las palabras nacerá en la boca del público al descifrar las ficciones inventadas por escritores y poetas locales inspiradas en las partituras que llenarán de fantasía los programas de mano. La celebración de un concierto de valses para bailar, la convocatoria de un concurso público para renovar el vestuario de los músicos de la orquesta, y el curioso encargo a compositores de poner música a pedazos de vida de ciudadanos de Seltenburg para la serie La música de tu vida, son, entre otras, algunas de las iniciativas que Soljer y su equipo piensan llevar a cabo de cara a la próxima temporada.Sólo una sombra se cierne sobre las esperanzadoras expectativas de futuro de la Orquesta de Seltenburg y su director titular de vincularse estrechamente a su comunidad: mi voluntad, pues tengo que advertirles que ni Seltenburg ni Soljer existen. El caso es que he echado un vistazo a algunas de las programaciones que esta temporada ofrecerán las orquestas de todo el mundo, y salvo honrosas y bien conocidas excepciones, la inmensa mayoría hace gala de una carencia de nuevas ideas tan desmoralizadora, o de compromisos más allá de la mera evasión, que para curarme del sopor que contraje al leerlos, no me ha quedado más remedio que inventarme a un artista y a la orquesta que dirige, la Sinfónica de Seltenburg. Les confesaré que, a veces, convencido de que existe, busco esa pequeña ciudad de lengua redoblada en la información meteorológica de la CNN. Y es que cualquier cosa vale para cerrarle el paso al aburrimiento, aunque sea la locura.
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