Suiza

Lucernefestival 2022

Perfección sin trascendencia

Alfredo López-Vivié Palencia
miércoles, 14 de septiembre de 2022
Franz Welser-Möst con la Clevelend Orchestra © 2022 by Manuela Jans / Lucerne Festival Franz Welser-Möst con la Clevelend Orchestra © 2022 by Manuela Jans / Lucerne Festival
Lucerna, jueves, 8 de septiembre de 2022. KKL Konzertsaal. The Cleveland Orchestra. Franz Welser-Möst, director. Wolfgang Rihm: Verwandlung 3, Verwandlung 2; Anton Bruckner: Sinfonía nº 9 en Re menor. Festival de Verano de Lucerna. Ocupación: 90%
0,0005057

La música del alemán Wolfgang Rihm (Karlsruhe, 1952) suena con frecuencia en el Festival de Lucerna. Durante muchos años Rihm fue el segundo de a bordo de Pierre Boulez en la Academia del Festival -el curso en el que jóvenes instrumentistas de todo el mundo exploran las composiciones más vanguardistas-, y tras la muerte de éste en 2016 asumió la dirección de la institución. Además, este año ha cumplido los setenta y el Festival ha celebrado especialmente su aniversario. Nótese, por ejemplo, que en el cartel de esta noche no figura una obra de Rihm, sino dos.

Verwandlung (transformación) es una colección orquestal que Rihm comenzó en 2002 por encargo de la Orquesta de la Radio de Hamburgo (en la actualidad ya constituye un ciclo de seis piezas), con el objetivo -según leo en el programa de mano- de inventar la forma desde dentro de la propia materia, es decir, sin recurrir a ningún esquema de principio-desarrollo-final. En las propias palabras del compositor: 

Una nota es la experiencia de la música; la segunda nota, la memoria de la música; la música es lo que sucede entre las notas.

Rihm escribió en 2007-08 Verwandlung 3 para la Staatskapelle de Weimar. Son diez minutos en que los sonidos se suceden a ritmo de vértigo, con explosiones tremendas de color entre las que se cuela un dificilísimo solo de clarinete, y bajo un ambiente de gran presión. Verwandlung 2 fue encargo de la Gewandhaus de Leipzig en 2005. El doble de duración y la mitad de velocidad, aunque el discurso nunca se estanca (de ahí la “transformación”). La música de Rihm no es fácil, y pese a que estas dos piezas no presentan una parte visual atractiva (uso muy parco de la percusión), sí reconozco en su autor a un buen conocedor de la orquesta al evitar espesuras que incrementen la dificultad de la comprensión.

Dio la impresión de que Franz Welser-Möst y la Orquesta de Cleveland tocaron estas dos piezas con gran seguridad, pero la respuesta del público no fue ni mucho menos entusiasta. Hablando del público, el Festival ha emitido hace pocos días un comunicado según el cual este verano se ha alcanzado un 72% de ocupación en las diferentes actividades (que no sólo comprenden las que tienen lugar en la sala de conciertos del KKL), lo cual si bien se estima como satisfactorio, también revela un cierto sentido de precaución en relación con el coronavirus. Seguramente así será, aunque la inmensa mayoría del público asistente ha dejado la mascarilla en casa.

Y hablando de Welser-Möst (Linz, 1960), resulta que lleva ya veinte años como director musical de la Orquesta de Cleveland, y que su contrato ha sido extendido hasta 2027. Si llega a ese momento, superará el récord de George Szell. El caso es que hoy en día un mandato tan largo es una rareza en las instituciones sinfónicas; pero si eso es así, se debe a que los músicos, su público, la gerencia de la orquesta, y el mecenazgo del cargo (la familia Kelvin Smith) están contentos con su labor -y él también-.

Y ello a pesar de que Welser-Möst es uno de los más significados abogados de las sinfonías de Anton Bruckner, que no es precisamente el compositor más popular en Ohio. Aunque Welser-Möst no sea uno de sus intérpretes más originales. En su versión de esta noche de la Novena Sinfonía no sucedió casi nada especial: se supone que aquí está el Bruckner más descarnado, pero apenas se escucharon evidencias de ello. El arranque de la obra sonó con más serenidad que inquietud; el glorioso colofón de ese primer movimiento tuvo fuerza, aunque para nada transmitió la sensación de lo inevitable; el Scherzo se quedó a las puertas del infierno; únicamente en el Adagio Welser-Möst abandonó su expresión de esfinge y desató la desesperación, y para ello hubo que esperar a las tres terribles disonancias -y el silencio que las sigue- casi al final de la obra; entonces cobró sentido la paz de su conclusión.

Lo cual no quiere decir que no me gustase lo que escuché. Aunque prefiero interpretaciones más contrastadas, reconozco que me maravilla la sabiduría de Welser-Möst para dosificar las fuerzas de su orquesta y para mantener de principio a fin un pulso que no decae y que proporciona un sonido que es a la vez grande y noble. Siempre se ha dicho que la Orquesta de Cleveland es la más europea de las orquestas norteamericanas (su cuerda es elegante, su madera cálida y su metal redondo), y no hay duda de que Welser-Möst fomenta esa cualidad con interpretaciones impecables. De manera que la prestación del conjunto es de altísimo nivel, y por lo tanto no dudé en ponerme en pie -junto al resto del público- para agradecerla. 

Comentarios
Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.