España - Madrid

Su majestad el color

Germán García Tomás
jueves, 6 de octubre de 2022
Leonidas Kavakos y David Afkham con la OCNE © 2022 by Rafa Martin Leonidas Kavakos y David Afkham con la OCNE © 2022 by Rafa Martin
Madrid, sábado, 1 de octubre de 2022. Auditorio Nacional (Sala Sinfónica). Leonidas Kavakos (violín), Orquesta Nacional de España, David Afkham (director). María Teresa Prieto: Chichén Itzá. Erich Wolfgang Korngold: Concierto para violín y orquesta en re mayor op. 35. Claude Debussy: La mer. Maurice Ravel: La valse
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Imaginativo programa el que nos proponían en este segundo concierto de abono la Orquesta Nacional de España y su director titular David Afkham, donde la música del siglo XX ha seguido teniendo el entero protagonismo tras la apertura de temporada con el Réquiem de Ligeti y la Sinfonía Alpina de Richard Strauss. Como aperitivo en esta ocasión, pudimos asistir a un breve descubrimiento perteneciente a la nada desdeñable producción orquestal de una compositora de la Generación del 27, la ovetense María Teresa Prieto, que vivió su exilio en México desde la posguerra española hasta su muerte en 1982. 

Fruto de su estancia allí, surgió Chichén Itzá, escrito en 1942, un concentrado poema sinfónico de cuidada orquestación que rinde homenaje a la famosa ciudad maya y las imágenes ancestrales asociadas a ella y en el que Prieto muestra el inteligente manejo de las fuerzas orquestales mediante líricas melodías y ritmos de lenguaje renacentista, no demasiado alejado del estilo modal cultivado por Joaquín Rodrigo, queriendo reflejar más la ambientación histórica del importante enclave arqueológico mexicano con gran colorido y majestuosidad, que el puro folclorismo de la nación que acogió a la autora asturiana la mayor parte de su vida. Afkham sirvió la pieza con una solemnidad que a modo de fanfarria trasluce el metal y la hondura que transmite la cuerda, destacando el bello sonido de las partes encomendadas a las maderas. 

Pieza enlazada

Si en su reseña del pasado concierto de la OCNE Xoán M. Carreira aludía a los continuadores del poema sinfónico straussiano en una gloriosa pléyade de posteriores creadores de bandas sonoras, la obra concertante que venía a continuación también podemos considerarla, además de un mix de música de cine de su propio autor, todo un anticipo cinematográfico, pues resulta innegable la influencia de Erich Wolfgang Korngold en el universo fantástico de John Williams: el ropaje orquestal del Concierto para violín en re mayor -escrito en su periodo americano en el último año de la Segunda Guerra Mundial- del músico centroeuropeo nacionalizado estadounidense, con su recurrente uso de la celesta y el efectismo de los trombones, es una referencia estilística de soundtracks como por ejemplo ET el Extraterrestre, de 1982. 

Leonidas Kavakos salvó todo el intrincado virtuosismo que la partitura posee, sobre todo en el brioso y sincopado tercer movimiento con su mezcla de música eslava y hollywoodiense, todo un tour de force para el violín en inagotable lluvia de notas vertiginosas, y que caracterizan a este concierto, americano en sus formas pero de vocación ecléctica, por su elevada exigencia técnica pese a ese remanso de paz que representa la Romanze central, traducido con lirismo sentimental y donde pudimos apreciar con holgura la hermosa afinación que transpira el Stradivarius del solista griego. Un hecho que terminó de suscribir en la impecable ejecución como generoso bis de la Sarabande de la Partita nº 1 de Bach, esbozada con delicada finura y naturalidad, y con la que concluyó la clamorosa actuación de uno de los principales artistas invitados de la formación estatal esta temporada, en la que participará en otras dos ocasiones. Afkham manejó con flexibilidad el acompañamiento sin restarle protagonismo en ningún momento al violín de Kavakos, cuya presencia sonora recorrió toda la sala. 

La segunda parte, enteramente dedicada al impresionismo, convocó a sus dos máximos representantes, Debussy y Ravel, ofreciéndose en primer lugar una elocuente lectura de La mer del compositor de Saint-Germain-en-Laye, donde Afkham consiguió convocar todo el juego tímbrico y manejar con imaginación las cambiantes dinámicas, especialmente en los movimientos extremos, obteniendo una excelente respuesta de cada familia instrumental –sobresalientes toda la sección de maderas- para la creación de imágenes sonoras. La impresión general fue de una robustez orquestal abrumadora, como se comprobó en el clímax que concluye Del alba al mediodía sobre el mar y la furia tempestuosa que atravesó de principio a fin Diálogo del viento y del mar. En esa línea se sitúo La valse de Ravel, poema coreográfico en el que el vasco-francés plantea la distorsión grotesca del vals, que nos llegó en manos de Afkham con un marcado e irresistible ritmo siempre enfatizado que nunca hizo decaer y una materialización sonora ciertamente explosiva y tumultuosa que dejó literalmente sin aliento tras los ásperos y violentos acordes finales.

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