España - Madrid

El aticismo de Renaud Capuçon

Pelayo Jardón
viernes, 14 de octubre de 2022
Renaud Capuçon © Simon Fowler / renaudcapucon.com Renaud Capuçon © Simon Fowler / renaudcapucon.com
Madrid, martes, 27 de septiembre de 2022. Auditorio Nacional de Música. Renaud Capuçon, violín. Guillaume Bellom, piano. Programa: Johannes Brahms (1833-1897): Sonata para violín y piano n.º 1 en sol mayor, op. 78 (1878-79); Sonata para violín y piano n.º 2 en la mayor op. 100 (1886); y Sonata para violín y piano n.º 3, op. 108 (1886-88)
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Habría sido un crimen de lesa música dejar de escuchar -pudiendo hacerlo- a Renaud Capuçon en su versión de las tres Sonatas para violín de Brahms. Frente a aquellos conciertos perfectamente prescindibles, hay otros -por lo común rara vez a nuestro alcance- que dejan un poso indeleble en la memoria.

Prodigiosamente prolífico, sorprendentemente versátil, Renaud Capuçon es una de las luminarias del panorama internacional, un intérprete en la cúspide de su carrera. Tan impecablemente se mide con Bartók como con Vivaldi. Cabría, empero, afirmar que, si en un ámbito resulta imbatible es en el romanticismo francés, y especialmente en lo que atañe a autores como Saint-Saëns o Franck. ¿No es cierto acaso que tanto uno como otro están emparentados colateralmente con Brahms, pues los tres son, con diversos matices, herederos de Schumann?

En efecto, Capuçon se encuentra en Brahms en su elemento: unicidad tímbrica, lirismo pleno, un virtuosismo lato sensu, no tanto en un sentido histriónico o vacuamente narcisista -del que es la antítesis-, como en su capacidad de delinear las formas, de graduar los matices, de sostener y conducir la tensión, de transmitir el contenido de la obra con lucidez y claridad. Su Brahms es siempre sobrio, aún en la vehemencia; sin almíbar, casi desnudo. En este sentido, más que un virtuoso, Capuçon es un esteta, el más esteta de los virtuosos. Cabría objetar, si no frialdad o hieratismo, sí cierta impresión de desdoblamiento interior, de un distanciamiento emocional e intelectual con respecto a la obra, el cual quizá sea precisamente la llave que posibilita esa versatilidad a la que hacíamos referencia.

Por desgracia, no se pudo contar con el pianista Nicholas Angelich, prematuramente fallecido, y con quien Capuçon, amén de haber compartido cartel en sus giras, ha grabado no sólo las tres Sonatas de Brahms para el sello Erato, sino también el ecléctico y comercial Un violon à Paris, collage para dummies donde los haya. Le sustituía Guillaume Bellom que, si bien comenzó algo tímido, fue mejorando a medida que avanzaba el recital. 

De hecho, en la Primera sonata, el piano dio la impresión de superficialidad, como tocado por encima, aéreo y límpido, sí; pero lejano y sin la corpulencia ni textura brahmsianas. En algunos pasajes sonaba cercano a un Debussy joven, al del Trío que compuso para Madame von Meck. Más que interlocutor del violín, parecía su sombra. En la Segunda sonata -subtitulada por el propio Brahms como Sonata para piano y violín (Berlín, Simrock, 1887) y no viceversa-, sin duda la más lírica y emotiva de las tres, el pianista fue adquiriendo, un mayor protagonismo, una posición menos subyugada como contrapeso efectivo del violín, tendencia que fue felizmente coronada en la Tercera, la que Brahms compuso en 1888 para sus amigos, los Herzogenberg. Para los comentarios del propio Brahms sobre esta Sonata, me remito a sus Cartas, de la editorial NorteSur, comentadas por mí hace tiempo en otra reseña.

Como propina y final de fiesta, Capuçon tocó de forma maravillosamente desenvuelta la célebre Danza húngara nº 5 de Brahms.

Permítasenos por último introducir una breve reflexión seguida de una sugerencia. En cuanto a la primera. Hoy en día, vía streaming, los tenemos a todos a nuestro alcance: a Josef Suk, a Perlman, a Ostostowicz; también a Capuçon. Pero, por su inmediatez y carácter efímero, por ese fragmento de vida que se despliega y fugazmente se escapa, hay algo inaprensible en el directo que ninguna grabación puede perpetuar. Por eso es actualmente -y por mor de esa accesibilidad a las grabaciones- cuando cabe comprender mejor el valor de ese momento que no vuelve, pero que deja en la memoria el sedimento del que hablábamos. Y por eso, de otro lado, da cierta vergüenza ajena que un concierto de esta categoría no tenga una enorme demanda -me remito a las localidades no vendidas-, mientras que otros asaz mediocres, como los de cierta excelsa fundación de cuyo nombre no quiero acordarme, tengan un éxito de venta que no está a la altura de su calidad. ¿Es que en Madrid no hay suficientes aficionados al repertorio camerístico tardorromántico? ¿Es que los martes es un mal día?

Y la sugerencia: ¿Cuándo promocionará Capuçon la interesantísima y semiabandonada obra de cámara de compositores como Joseph Jongen? 

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