España - Valencia

Petrenko lo sabe

Rafael Díaz Gómez
viernes, 23 de diciembre de 2022
Vasily Petrenko © IMG Artists, 2018 Vasily Petrenko © IMG Artists, 2018
Valencia, viernes, 16 de diciembre de 2022. Palau de les Arts. Auditori. N. Cherepnín: Preludio de "La Princesse Lointaine", Op. 4. M. Músorgski: Canciones y danzas de la muerte. S. Rajmáninov: Sinfonía Nº 2. Olafur Sigurdarson (barítono). Orquestra de la Comunitat Valenciana. Vasily Petrenko, dirección.
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La superproducción publicitaria navideña de una marca española de carnes procesadas pretende convencernos de que nada malo nos ha de impedir disfrutar de la vida. El mecanismo para lograrlo no es otro que el coraje. Disfrute usted con agallas. O con dos cojones, que están más de moda. Podría uno disfrutar con cerebro. Pero no, eso no se lleva. El coraje sí. Coraje para no pensar, para no trazar redes de solidaridad, para ir a la de uno. Que nada malo te impida disfrutar de la vida. Especialmente si lo malo les afecta a otros (un tifón o las guerras). Ni siquiera el apocalipsis te ha de impedir disfrutar. No intentes evitarlo, disfruta. Y ten coraje. Coraje para consumir y para olvidar. Es lo que hay. Un zurullo demagógico pinchado en un palo. Zurullo caramelizado, eso sí. 

Como actividad humana que es, y por lo tanto política, la música no habita en un mundo sublime y aislado de prístina pureza. Vasily Petrenko lo ha de saber mejor que nadie. Artista de origen ruso (San Petersburgo, 1978), aunque afincado en Occidente (Liverpool), se ha tenido que enfrentar desde su trabajo a las repercusiones de la invasión de Ucrania. En marzo de este año renunció, en protesta por la guerra, a su relación con la Orquesta Sinfónica Estatal de Rusia Evgeny Svetlanov. Pero no ha desistido de la cultura rusa en la que se ha formado. Al contrario, hace gala de ella. No solo con coraje, también con inteligencia. Y así, en su primer acercamiento a la Orquestra de la Comunitat Valenciana, lo ha hecho con un programa bien reivindicativo. 

La princesse lointaine es una obra teatral de Edmond Rostand para la que Nicolai Cherepnín escribió en 1896 una música incidental encabezada por un bellísimo preludio. El argumento de la pieza dramática gira en torno a una traición ente amigos que corrompe el amor ideal entre uno de ellos (el trovador Jaufre Rudel) y la dama a la que en su versos cantaba (Melisenda, la princesa de Trípoli). Su música, tan de Rimski y a la vez tan chaicovsquiana y tan cinematográfica, fue moldeada en el auditorio de Les Arts por Petrenko con una seductora maleabilidad. La mano derecha, precisa; la izquierda, libre para dibujar la fantasía. Gesto amplio y elegante, volumétrico, muy expresivo, de los que atrapan a la orquesta. Y ésta rindiendo al máximo. Tarjeta de presentación sobresaliente que auguraba lo mejor para la segunda parte de la velada. 

Pero antes venían las cuatro Canciones y danzas de la muerte de Músorgski en la orquestación de Shostacovich. La muerte enseñoreándose de todas las edades, niñez (Canción de cuna), juventud (Serenata) y vejez (Trepak) y, finalmente, la estúpida y masiva muerte en los campos de batalla (El mariscal de campo). Porque si tratar de realizar una comparación entre la historia de La princesse lointaine y la traición entre Rusia y Ucrania puede resultar forzado, el contenido de las terribles canciones de Músorgski no deja mucho lugar a alternativas más allá de lo que ellas mismas describen, ni tampoco fomenta dudas sobre la intención que las hizo aparecer en el programa. El barítono islandés Olafur Sigurdarson las cantó con elocuencia, quizá con algún estrechamiento algo forzado en el agudo (daba la impresión que se debía a un problema pasajero), pero sin restarles rotundidad, impasible dulzura o sarcástica audacia, según ellas lo requirieran. Petrenko las coloreó con una exactitud sobrecogedora. 

Y, sí, tras el descanso, sobre el auditorio de Les Arts se desplegó una Segunda de Rajmáninov portentosa. No olvidamos que el tema del Dies irae gregoriano suena, variado, en esta obra, como también lo hace en La isla de los muertos, que escribe el compositor a la vez que la sinfonía. Petrenko y su orquesta, nuestra orquesta, lo expuso con gran plasticidad. Pero qué decir del resto, del lirismo a flor de piel, de la flexibilidad temporal, de las transiciones dinámicas, de los timbres precisos. No hubo atril que no se contagiara de una actitud cabal y profesionalmente comprometida y, además, gozosa. Joan Enric Lluna, portentoso al clarinete, mereció una de los primeros reconocimientos por parte de Petrenko cuando se recogían los merecidísimos y atronadores aplausos del público. No obstante, cómo no colocar a cualquiera de las otras secciones a un nivel similar. 

Hace unos días, en el mismo lugar, dos integrantes de esta orquesta asistían a mi lado al concierto de la Sinfónica de la Radio de Baviera. Lo hicieron con ensimismamiento y con júbilo, deleitándose en cada compás y contando, antes y después de las interpretaciones, anécdotas sobre sus conocidos en la formación bávara y en otras europeas. Parecían así formar parte de una preciosa red humana transnacional. Una red hecha para construir belleza, para recordar, para reivindicar y para disfrutar. Petrenko forma parte de esa red. Y lo sabe, ¡vaya si lo sabe! 

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