España - Castilla y León

Rusia sin lo ruso

Samuel González Casado
lunes, 16 de enero de 2023
Baiba Skride © 2022 by Marco Borggreve Baiba Skride © 2022 by Marco Borggreve
Valladolid, jueves, 12 de enero de 2023. Centro Cultural Miguel Delibes. Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Baiba Skride, violín. Thierry Fischer, director. Cherepnín: La princesa lejana: Preludio. Shostakóvich: Concierto para violín n.º 2 en do sostenido menor, op. 129. Chaikovski: Sinfonía n.º 4 en fa menor, op. 36. Ocupación: 95 %.
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El programa n.º 7 del abono de la OSCyL propuso un monográfico ruso que no terminó de redondearse por distintas circunstancias, pero que ofreció la suficiente calidad para que el público pareciera salir contento de la sala.

La noche empezó aceptablemente con la obertura de La princesa lejana, de Aleksandr Cherepnín, en la que la cuerda sonó algo estridente y se comió lamentablemente la exposición del tema principal por parte del oboe; aunque también es cierto que la gran presencia de los violines facilitó el relevo y la melodía sonó con plenitud. Algo confusa la sección central, sin una direccionalidad clara, y adecuada conclusión, degustada sin prisas.

El hecho de que a Baiba Skride se le rompiera una cuerda del violín en el primer movimiento del Concierto n.º 2 de Shostakóvich condicionó su interpretación. Es difícil, así, juzgar sus prestaciones con instrumento ajeno en el primer movimiento, en el que no se dieron algunas notas y en general la violinista se mostró algo más plana que lo deseable en cuanto al fraseo. El asunto mejoró con el violín original a partir del segundo, y la artista letona pudo mostrar bastante sutileza, aunque jamás se alcanzó una situación en la que se transmitiera esa burlona desesperación de la obra, que se quedó a medio gas en todos los sentidos pese a que a solista y orquesta no se les pueden reprochar errores. Eché de menos intencionalidad, originalidad y contraste, aunque su general aseo me permitiera disfrutar de una obra que en general no resultó muy estimulante para el gran público, escuchados los comentarios en el descanso y en el “posconcierto”.

La propuesta de Thierry Fischer para esta enésima Cuarta de Chaikovski, de hechuras furtwänglerianas en cuanto a los tempi, resultó de alguna manera sorprendente, aunque no tanto para los que saben cómo se las gasta este director suizo. Destacó la placidez sin aristas del movimiento inicial, exento de drama, algo que en su día se reprochó al director berlinés y que de alguna manera es característico de un estilo más centroeuropeo que ruso. No careció, sin embargo, de tensión, aunque algunos aspectos demasiado explicativos no favorecieron mucho a este primer movimiento como unidad, ya que se dejaron a la vista algunas de sus costuras.

Pieza enlazada

La cuerda, como siempre en Fischer, se erigió en el aspecto más expresivo desde su múltiple presencia y sólido armazón; por supuesto, dentro de un estilo moderno: es cálida sin llegar al sentimentalismo empalagoso. Sin embargo, como ya me pasó con su versión de la Primera de Brahms, siento que a Fischer le falta el arrojo de ser más “antiguo” en relación por ejemplo al rubato o en general a la variación de los tempi, ya que su estilo parece pedirlo. Dadas las notables características técnicas de su organización, creo que las capacidades de Fischer tienen espacio para evolucionar hacia mayor dinamismo, al margen de modas o tendencias.

El segundo movimiento tuvo el acierto de exponer el tontaina segundo tema a toda velocidad, lo que contribuyó a que el conjunto no se apelmazara. Tampoco resultó aburrido el Scherzo, si bien se forzó tanto la dinámica de los pizzicati que los contrastes parecieron algo toscos, con pianísimos inaudibles desde la fila 12. Espectacular, dentro de la moderación, el Finale, muy estructurado y desde la suficiente tensión interna como para que los golpes de efecto no fueran necesarios.

Al público le gustó este estilo y aplaudió con bastante entusiasmo a la conclusión de la Cuarta, por lo que puede afirmarse que la velada se saldó con éxito. No colaboró a ello, y en general al prestigio de la institución, la insuficiente edición del programa de mano, en el que se utilizó una mezcolanza de criterios para transcribir los nombres rusos, consistente en combinar las formas ortodoxas en español con otras como Dmitry (esta con alternancia), Koussevitsky u Oistrakh; por no mencionar la vulgaridad de las destacados en negrita, cual texto escolar, para señalar palabras, algo impropio de una publicación que pretenda cierta seriedad dentro del ámbito ensayístico.

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