España - Madrid
Cyborg Coppélia
Germán García Tomás

Coppélia de Léo Delibes
es el ballet francés por antonomasia tras Giselle
de Adolphe Adam. Los códigos estilísticos de este ballet clásico, el más
representado de su autor en todo el mundo, favorecen por su misma idiosincrasia
una reformulación o nuevo acercamiento desde el prisma de la era contemporánea,
una nueva modernidad como en las décadas de los 20 y 30, cuando Fritz Lang inmortalizó
al robot femenino en esa loa al progreso científico desde la ciencia ficción (Metrópolis), o desde otra perspectiva
muy diferente, más social, más comprometida, la del genial Charles Chaplin en
su ácida crítica de los efectos devastadores de la industrialización y el
mecanicismo en el individuo (Tiempos
modernos).
Precisamente, una visión renovada del esteticismo robótico de la primera película aludida rige en cierta medida la propuesta coreográfica de Jean-Christophe Maillot, director de Les Ballets de Montecarlo, elaborada en diciembre de 2019 y que han venido a presentarnos los Teatros del Canal, pues nos hallamos con una robot humanoide de movimientos mecánicos que bien podría ser el trasunto, en una nueva era científica y pseudo galáctica, de aquella María-robot que encarnaba Brigitte Helm en 1927.
Porque el marco escenográfico de Aimée
Moreni para esta Coppél-iA o disección
de Coppélia, donde priman bastante la
limpieza de los blancos, no se aleja demasiado de aquellos ambientes de Star Trek o Star Wars, quedando la sensación como de encontrarnos en una nave
espacial. Se nos antoja por ejemplo que el “doctor” Coppélius posee el mismo fanatismo
y control sobre su muñeca-robot que el implacable Darth Vader sobre los
lugartenientes que pilotan
Aquí no es tanto una necesidad de control físico y material del creador sobre la máquina, como puede pasar en el tema de Frankenstein, por otro lado obsesión fantástica tan compartida -la de dotar de vida a criaturas y objetos inanimados- entre los escritores románticos, y para la que Hoffmann aporta su propia originalidad literaria en El hombre de arena, relato inspirador del ballet de Delibes y de parte de la ópera Los cuentos de Hoffmann de Jacques Offenbach.
Se trata más bien de una dependencia de carácter místico del constructor respecto de su criatura recién alumbrada, pues los movimientos corporales, revestidos de intimidad, son a su vez de una gran inocencia, capaces de crear una especie de comunión espiritual en el primer dúo que comparten ambos, como si el león enseñase a su cachorro los primeros movimientos, torpes e imprecisos, en su despertar a la vida. Una situación que encontramos más romántica que la de, por ejemplo, el titiritero haciendo mover a su títere, con la salvedad de que el títere, en este caso el robot femenino de la era posmoderna, adquiere su propio protagonismo y se libera en múltiples ocasiones del yugo y la poderosa influencia de su hacedor, exhibiendo su autonomía y brillando con luz propia.
Decimos
que se percibe romanticismo, muy bizarro y con expresión corporal quizá más
deshumanizada, eso sí, pese a que el coreógrafo reniegue del carácter romántico
del ballet de Delibes, y hasta de la hermosura de su música dentro del género,
pues la ha tachado abiertamente de “pasada de moda”. No se me ocurriría a mí pensar
que las creaciones balletísticas de otros autores del XIX en toda su amplitud como
Adam, Minkus, Chaikovski, Drigo o Glazunov, ¡y antes de todos ellos Beethoven!,
están chapadas a la antigua. Solamente que ese argumento justifica en parte el
revisionismo, la puesta al día o la originalidad de la propuesta estética.
Aun así, la propia música, pregrabada y creada para la ocasión por Bertrand Maillot, tiene un papel determinante, ya que el compositor despliega un espectro sonoro de corte minimalista con el uso de ambientalismo orquestal y en donde se destaca susurrada la palabra Coppél-iA, como si fuera la voz de un ser misterioso desde los ámbitos celestes, propia de la naturaleza mística de esa inteligencia artificial que parece no tener emociones sino torpes movimientos.
Esos envolventes
ambientes sonoros a lo Vangelis se combinan y diluyen en la música de Léo
Delibes para Coppélia, cuyas notas
iniciales al inicio de la representación llevan a una abrupta interrupción nada
más comenzar el tempo de Mazurka, que sufrirá una acusada distorsión en los
arreglos preparados por Maillot con instrumentos artificiales que simulan
bastante verosímilmente la orquesta sinfónica, pues los acordes de valses,
galops y diversas danzas seleccionadas de la partitura del músico francés suenan
amables en los números de conjunto asociados al mundo alegre de Swanilda,
Frantz y sus amigos, siempre tamizados por esa extraña sonoridad de una
formación instrumental irreal. Las situaciones dramáticas del ballet
protagonizadas por el androide creado por Coppélius y el influjo mágico de
Coppélius llevan a la chirriante distorsión de las encantadoras melodías de
baile, privándolas de toda su ingenuidad.
A nivel bailable, el más puro movimiento clásico y los ordenados pasos tradicionales en el no numeroso cuerpo de baile se alternan con la libérrima creatividad del lenguaje contemporáneo, con ciertos puntos de humor en la segunda parte, cuando Swanilda y sus compinches se cuelan en el laboratorio tecnológico de Coppélius y son sorprendidos por sus secuaces.
Bien
es cierto que la visión coreográfica de Jean-Christophe Maillot sacrifica en
parte los retazos de pantomima y baile de carácter de la pieza original, pero en
suma consigue un ritmo ágil y una hábil combinación de movimientos en las
diversas acciones coreográficas -vestidas poco agradecidamente por el aludido
Moreni- con la maleabilidad de la música como catalizador de un espectáculo que
al final, con la muerte de Coppélius por su criatura, hará reflexionar sobre el
hecho de llegar demasiado lejos en el control de todo lo que nos rodea y de lo
que somos aparentemente dueños. La inteligencia artificial se ha hecho dueña de
la situación con consecuencias fatales, al margen de la felicidad de los dos
enamorados, que han sufrido un pequeño desliz amoroso por culpa de un androide
anhelante de libertad.
Trabajo espléndido de los bailarines de la compañía
monegasca en esta función presenciada, con la rusa Ksenia Abbazova como
protagonista, que se mete de manera sobresaliente dentro del mecanismo de un auténtico
robot, contorsionista en el sentido pleno de la palabra, pues asombra su gran
flexibilidad, y de su partenaire, el
coreano Jaeyong An, al lado de intervenciones para enmarcar a cargo de la sensacional
pareja de amantes, la atractiva Swanilda de Alessandra Tognoloni y el resolutivo
Frantz de Francesco Mariottini, además de los entregados secundarios. Pese al
cúmulo de rarezas que orbitan alrededor de esta posmoderna y cibernética Coppél-iA, los Ballets de Montecarlo
auspiciados por su fundadora, Su Alteza Real
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