España - Castilla y León

Esencias

Samuel González Casado
jueves, 23 de febrero de 2023
Maria João Pires © Ibercámara Maria João Pires © Ibercámara
Valladolid, martes, 14 de febrero de 2023. Centro Cultural Miguel Delibes. Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Orquesta Mozarteum de Salzburgo. Maria João Pires (piano). Trevor Pinnock, director. Beethoven: Coriolano, obertura op. 62; y Concierto para piano n.º 3 en do menor, op. 37. Mozart: Sinfonía n.º 41 en do mayor, “Júpiter”, K. 551. Ocupación: 55 %.
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Fantástico el segundo concierto de la sociedad de conciertos La Filarmónica en Valladolid, cuajado de aciertos que invitaron a disfrutar de la música sin sobresaltos en perfecta comunión con el maravilloso sonido de la orquesta Mozarteum de Salzburgo, un clásico en la obras del programa que llevó a los atriles. Es un grupo en el que el equilibrio y la calidad individual de los músicos resultan asombrosos, donde la brusquedad no existe y la flexibilidad da pie a la libertad más absoluta dentro de un estilo perfectamente reconocible.

Esto, de sobra sabido, no planteaba muchas dudas; sí lo hacía, en mi caso, el carácter que Pinnock, una de las leyendas de la interpretación conocida como históricamente informada, daría a la primera parte de concierto. Pero la dudas empezaron a disiparse con el amplio vuelo de  Coriolano, en una versión cuya intensidad residió en el sabio manejo  de multitud de detalles en los fraseos y en las dinámicas, tan sutiles como efectivos. No fue la versión de mi vida, pero el trabajo excepcional la hizo interesante cada segundo.

Pinnock acierta (¡qué alivio!) cuando concibe el Concierto para piano n.º 3 de Beethoven como una obra plenamente romántica: la dirección, repleta de agitación y contrastes, lo dejó claro desde la primera blanca. Perfecta consonancia en ese sentido la de la pianista exretirada Maria João Pires, fiel a su estilo en el que el sonido será redondo y bonito o no será. Algo tímida en el primer movimiento y con alguna dificultad en las semicorcheas, hizo que la orquesta ralentizara levemente el tempo en algún momento y se le escapó alguna nota falsa. Salvo eso, estuvo impecable, y en el Largo conectó magistralmente con el concepto de Pinnock, para dejar volar la imaginación seguidamente en el Rondó Allegro, donde destacó el protagonismo de la mano izquierda y una utilización del pedal que no será del gusto del todo el mundo pero que le hizo conseguir efectos que dieron mucha frescura a este movimiento, si dejamos aparte algunos truquillos que en un contexto tan estupendo no supusieron algo que merezca la pena criticar.

Pinnock cambió radicalmente de registro para una Júpiter fulgurante: más reconocible como maestro del historicismo, adoptó un estilo caracterizado por tempi muy vivos y un fraseo repleto de contrastes rápidos, aunque no bruscos. Porque ahí estaba la orquesta Mozarteum, dueña evidentemente de una tradición que supo adaptarse a Pinnock para dar lugar a una simbiosis en la que distintos estilos convergieron muy felizmente, en una especie de concentración de esencias transparente e intensa a la vez. Memorable todo el asunto contrapuntístico del Molto Allegro, una maravillosa ocasión para percibir sin tener que aguzar el oído el complicado juego que Mozart nos propone, que parte esencialmente de conseguir algo así como que el interior de un motor Otto sea divertido.

Concierto perfecto, pues, para relajarse y disfrutar, si obviamos una notas al programa de La Filarmónica absurdas (que alguien me explique qué significa “La composición de una sinfonía era para Mozart un momento de joya”, porque parece la traducción automática de un audiolibro para lactantes). Los asistentes a la sala sinfónica, que registró pobre entrada en relación a lo que se ofrecía, merecían un poco de respeto. A ver si se consigue algún día, porque la vergüenza ajena no es la mejor compañera de butaca.

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