Crónicas Porteñas

Crónica de una hora inolvidable: Accardo y su encuentro con la juventud

Susana Desimone
viernes, 11 de octubre de 2002
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0,0001166 Que la Argentina está viviendo horas difíciles, y hasta crueles, es por desgracia, un hecho conocido al que la prensa internacional le dedica largos espacios, así como también comentarios y reflexiones desde todos los ángulos.Sin embargo, como muchas veces se recordó en crónicas anteriores, la actividad cultural en Buenos Aires es, en estos momentos, de una riqueza y variedad que no deja de asombrar.La oferta de espectáculos de toda índole sigue sorprendiendo a propios y extraños. Con localidades de precios relativamente altos, hasta las de valores mínimos –que son las primeras en ser adquiridas- ha habido, a lo largo del año, salas repletas de un público ávido por disfrutar de la música, el cine, el teatro.Por eso, una visita como la de nuestro compatriota Daniel Barenboim, que pidió expresamente se facilitara la concurrencia de la gente joven y la de menores ingresos, ofreciendo el ciclo integral de las sonatas de Beethoven, con absoluta entrega y el talento de siempre, fue agradecida no sólo con aplausos. Fue también aclamado por el público que deseaba expresarle gratitud y afecto.Algo parecido ocurre con Salvatore Accardo quien, como muchos otros artistas, “no entiende lo que está pasando” en el país, pero viene. No sólo a actuar, sino también a regalarle a la juventud y al público en general, una hora como la del día 7 de octubre, inolvidable por muchos motivos.La sala del Teatro Coliseo se vio invadida, a la una de la tarde, por chicos de una gran cantidad de escuelas primarias y secundarias de la Capital, que llegaron en más de diez ómnibus especiales. También había alumnos de escuelas de música y de conservatorios oficiales y privados. Y público común y corriente que, advertido de lo que ocurriría, no quiso perder la fiesta.Al alboroto y bullicio provocado por tantos chicos en edad escolar, le siguió un silencio absoluto cuando el maestro Accardo entró al escenario, llevando con él a su Stradivarius.Dedicó la primera parte de su presentación a interpretar la Chacona de Juan Sebastián Bach, Variaciones sobre temas de Paganini, El Laberinto Armónico de Pietro Antonio Locatelli y el Capricho Scherzo de Fritz Kreisler. Aplausos, gritos y silbidos, como en un buen concierto de rock, premiaron cada una de las obras que Accardo tocó con infinita maestría.Luego, se acercó a un micrófono, y se dispuso a contestar las preguntas que los jóvenes quisieran hacerle.Alguien le preguntó que opinaba de Astor Piazzolla y Antonio Agri. Su respuesta fue un encendido elogio para ambos, destacando la calidad técnica pero también el bellísimo carácter de las melodías del primero. En cuanto al segundo, dijo que lo admiraba tanto como músico, que era una de las pocas personas en el mundo al que le había prestado su Stradivarius.Quizá la pregunta más conmovedora fue la de una niña de guardapolvo blanco, (el uniforme de las castigadas escuelas públicas argentinas). Sin ninguna inhibición por la estatura artística del violinista, lo tuteó con absoluta naturalidad para saber: “¿Vos podés vivir de la música?” Salvatore Accardo sonrió y le dijo sencillamente: “Sí, puedo”.Les recomendó a los estudiantes de violín que no dejaran de practicar al menos tres o cuatro horas por día “porque si nosotros dejamos al violín un día, él nos abandona una semana. Si nosotros lo dejamos una semana, él nos abandona un mes y así sucesivamente, en esa proporción”.Hizo, además, una encendida exhortación a que trataran de de escuchar buena música en todo momento, porque ellos, los jóvenes, serán el público y los intérpretes del futuro y se lamentó de la baja calidad de la música que se escucha habitualmente en Italia, así como de la escasa difusión de la música académica.Cuando se le preguntó en qué países había tocado, Accardo dijo que le resultaba más fácil recordar en cuáles no lo había hecho y nombró a Nueva Zelanda, donde piensa presentarse por primera vez el próximo año.Y agregó que lo más extraordinario para él, ha sido siempre que, en todos los lugares en que actuó, la reacción del público y la profunda emoción con que fue recibida su música, habían sido las mismas. La música había llegado hasta el corazón y el alma de las gentes, sin distinción de razas, color, nacionalidad, religión o ideología.“No imagino un mundo sin música”, concluyó.Creo que todos compartimos esas palabras.Cuando salimos del Coliseo, el sol de un día de primavera perfecto parecía más brillante y tibio.
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