Obituario

Venus ha vuelto a su montaña

Jorge Binaghi
miércoles, 10 de mayo de 2023
Grace Bumbry © by Getty Images Creative Grace Bumbry © by Getty Images Creative
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Obviamente estoy hablando de Grace Bumbry, la ‘ Venus negra de Bayreuth’ como se la conoció (sin faltarle el respeto) durante mucho tiempo (por cierto no recuerdo que se haya vuelto a repetir la experiencia de 1961 y 1962). Así llegaron las noticias a Buenos Aires con la transmisión radial de ese Tannhäuser en el que también debutaba la primera cantante española que pisaba Bayreuth, Victoria de los Ángeles, que al llegar a Buenos Aires habló muy elogiosamente de la versión y de sus colegas. No faltaron en la colina sagrada quienes lamentaran la elección de Wieland Wagner que reaccionó diciendo que su abuelo había escrito para un color de voz, no de piel. Pese a ese sonado debut nunca se consideró cantante wagneriana y manifestó su afinidad con la música de Verdi.

Siete años más tarde, ya convertida en consagrada figura internacional, llegaba al Colón para cantar Santuzza y Carmen. La primera no pareció ideal ni para sus medios ni su actuación, sobre todo al lado de un Bergonzi pletórico. La segunda funcionó muy bien, dirigida por Prêtre, con Jon Vickers. Ahí se pudo apreciar su magnetismo, su sensualidad de fraseo y movimiento, y se marchó diciendo que el público porteño era como el de los viejos tiempos, entusiasta, conocedor y muy aplaudidor (los tiempos cambian que es una barbaridad). Volvió mucho más tarde (su carrera fue larga) para cantar una Misa de Requiem verdiana, pero yo ya no estaba allí y no me crucé más en su carrera, salvo de modo indirecto en un poderoso ‘live’ del Met en un Don Carlos con Freni, Domingo y Ghiaurov dirigidos por Levine.

Siempre fue dado apreciar su gran carácter, energía y fuerza de voluntad con los que logró siempre sobreponerse a los prejuicios raciales de su país (por ejemplo, ganó una beca de forma absolutamente anónima ya que el jurado quería evitar apreciaciones extramusicales, pero no se le concedió por el color de su piel. Su reacción la pinta de cuerpo entero a edad tan joven: ‘participamos quinientas personas. Yo fui la mejor. Eso no se puede cambiar.’). 

En un hogar musical siempre, y en especial su madre, que según ella habría podido ser una cantante importante, le inculcaron que si vales al final lo consigues. Y en su caso funcionó porque, apoyada por Marian Anderson (que también se las había visto y deseado) y tras duros estudios (también de lenguas) y la invaluable dirección de la gran Lotte Lehmann (que no en vano se había marchado por otros prejuicios de parecido tipo de su país) llegó a Europa en 1959 (tendría unos veintitrés años) y allí se dio realmente a conocer. 

Tuvo la suerte de poder volver a su país como triunfadora, de arrasar en todos los sitios (aún se recuerda su Casandra de la inauguración de la Opéra Bastille en colaboración con su colega Shirley Verrett en el papel de Dido de Les Troyens de Berlioz), de seguir haciendo recitales de cámara en la medida en que no le pedían sus damas impetuosas y mujeres fatales (también se recuerda su Salomé en una de sus primeras excursiones en el repertorio de soprano que, como Verrett, frecuentó bastante en la segunda parte de su carrera y en partes muy difíciles, aunque al final volvió a roles de mezzosoprano como Clitemnestra y Babá La Turca –obviamente me refiero a las obras de Richard Strauss y Stravinsky). Nunca se mordió la lengua, como cuando participó en el estreno en el Met, de Porgy and Bess y comentó que naturalmente era historia y hacía falta que se hiciera en ese escenario, pero que no era un título que estuviera a su altura.

De su buen juicio en estos tiempos de tolerancia intolerante dio buena prueba cuando escribió a una joven colega también ‘de color’ (uno nunca sabe hoy qué es más agresivo o despectivo, y qué menos o no) que armó gran revuelo por no querer cantar en Verona donde en otra ópera, Aida, los cantantes habían cometido la tropelía de aceptar ser maquillados. Las reflexiones de Bumbry fueron un prodigio de buen sentido, y más por provenir de quien provenían.

Siempre fue al parecer buena colega. En el último concierto de Victoria en el Covent Garden allí estaba ella, en primera fila, aplaudiendo y saludándola en recuerdo de aquellas funciones históricas.

Todavía el año pasado, apenas recuperada de un primer ataque, se desplazó a Martina Franca donde el Festival de la Valle d’Itria le concedió la medalla más preciada por su participación en una famosa Norma como protagonista. Las fotos la muestran algo mayor, algo más débil físicamente, pero la energía de ojos y gestos eran siempre los que se le recuerdan hoy.

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