Bélgica

Estamos, de los bailarines, hasta los cataplines.

Francisco Leonarte
martes, 30 de mayo de 2023
Py, Henry VIII © 2023 by Baus / Théâtre Royal de la Monnaie Py, Henry VIII © 2023 by Baus / Théâtre Royal de la Monnaie
Bruselas, jueves, 18 de mayo de 2023. Théâtre Royal de la Monnaie. Henry VIII, opéra en quatre actes et six tableaux. Música de Camille Saint-Saëns. Libreto de Pierre Léonce Détroyat y Armand Silvestre inspirado de Pedro Calderón de la Barca. Puesta en escena de Olivier Py. Decorados y trajes de Pierre-André Weitz. Iluminación, Bertrans Killy. Con Lionel Lhote (Henry VIII), Ed Lyon (Gomez de Féria), Vincent Le Texier (cardinal Campeggio), Enguerrand de Hys (Comte de Surrey), Werner Van Mechelen (Duc de Norfolk), Jerôme Varnier (Cranmer), Marie-Adeline Henry (Catherine d'Aragon), Nora Gubisch (Anne de Boleyn), Claire Antoine (Lady Clarence), Alexander Marev (Garter/un officier), Leander Carlier (huissier de la cour), Alessia Tahis Berardi, Annelies Kerstens, Lieve Jacobs, Manon Poskin (dames d'honneur), Alain-Pierre Wingelinckx, Luis Aguilar, Byoungjin Lee, René Laryea (quatre seigneurs). Orchestre symphonique et choeurs de La Monnaie. Académie de choeurs de la Monnaie s.l.d. de Benoît Giaux. Director del coro, Stefano Visconti. Director musical, Alain Altinoglu.
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Es ya un clásico. Cuando una o un director de escena no tiene ni pajolera idea de qué hacer con una ópera, mete figurantes y bailarines por doquier. No falla. Cuanta más gente innecesaria sobre el escenario, menos hondura e inteligencia. Es una regla matemática de la dirección escénica.

Pues este es un caso de libro.

En la distribución no se menciona a coreógrafo ni bailarines, sin duda porque deben de venir en el pack con Olivier Py. Y la verdad, si servidor de ustedes fuera uno de ellos, tampoco yo querría que se supiera mi nombre: menuda porquería de coreografía, siempre los mismos dos o tres gestos (ni uno solo más), siempre las mismas vueltas con los brazos en alto. Eso sí, la presencia de los dichosos bailarines es constante, invasiva, enervante, injustificada, perfectamente idiota... Los pobres se cubren, pero no de gloria. Y al espectador irritado sólo le cabe mirar hacia otro lado mientras suena la música. En ese sentido casi prefiero las toscas producciones de zarzuela de José Luis Moreno en las que al menos los omnipresentes bailarines no tienen ínfulas de hacer arte y no se prestan a contrasentidos.

Otra manía imbécil del director de escena: según Py, un personaje no puede cantar sólo, siempre tiene que cantarle a alguien que esté en escena. Así, para que Gómez de Feria pueda cantar las frases que, como un pensamiento, compositor y libretista han previsto que cante solo, el mentecato de Py hace salir a la reina Catalina (que el propio Gómez de Feria está esperando) para cantárselas a ella. Y dos escenas después se presenta a ella como si la viera por primera vez (tal y como está previsto, en efecto, en el libreto).

‘Henry VIII’ de Saint-Saëns. Director musical, Alain Altinoglu. Puesta en escena, Olivier Py. Bruselas, Théâtre Royal de la Monnaie, mayo de 2023. © 2023 by Baus / Théâtre Royal de la Monnaie.‘Henry VIII’ de Saint-Saëns. Director musical, Alain Altinoglu. Puesta en escena, Olivier Py. Bruselas, Théâtre Royal de la Monnaie, mayo de 2023. © 2023 by Baus / Théâtre Royal de la Monnaie.

Eso sin contar con el gusto por lo obvio: ¿Que Enrique VIII habla del Papa? Pues sale el Papa por un rincón para que sepamos que ha hablado de él. ¿Que Enrique habla del amor? Pues sale Ana Bolena por otro costado y sin que nadie la haya llamado, para que el público sepa que hablan de ella. ¿Que habla de «hacha» ? Pues un figurante hace como que le corta la cabeza a Ana Bolena... Y todo así, hasta el contrasentido. Como al principio de acto se habla de que van a ajusticiar al duque de Buckingham, un figurante semidesnudo haciendo de Buckingham se queda allí durante todo el acto. ¿Que Enrique habla de la tortura que es el amor ? Pues Py le impone al cantante que haga como si torturase al figurante (confundiendo pues la tortura para Enrique con la tortura por Enrique -cosa que no tiene nada que ver- ...). En fin, estúpido e innecesario. O innecesario y estúpido, como ustedes quieran.

Los trajes mezclan alegremente los siglos XVI y XIX. ¿Por qué? Pues porque a Py le sale así de la entrepierna. No se trata de un procedimiento muy original, las mezclas de época se llevan haciendo desde al menos treinta años. Y ambientar la obra en la época de su creación es recurso igualmente manido hoy en día. Otra cosa es que a veces pueda tener una justificación (véase la reciente producción de Carmen de Bizet por Homoki, bastante más inteligente que ésta -cosa que no es muy difícil- ... ). En el caso de Py-Weitz no hay justificación que valga. Puro capricho estético. Eso sí, telas brillantes, distribución de colores simplista (rojo para la amante, negro para la esposa despechada), y diseños sin interés.

‘Henry VIII’ de Saint-Saëns. Director musical, Alain Altinoglu. Puesta en escena, Olivier Py. Bruselas, Théâtre Royal de la Monnaie, mayo de 2023. © 2023 by Baus / Théâtre Royal de la Monnaie.‘Henry VIII’ de Saint-Saëns. Director musical, Alain Altinoglu. Puesta en escena, Olivier Py. Bruselas, Théâtre Royal de la Monnaie, mayo de 2023. © 2023 by Baus / Théâtre Royal de la Monnaie.

Estetizantes son también los decorados del mismo Weitz. Muy vistosos, eso sí. Con un suelo típico de los efectos de perspectiva de la pintura renacentista, y con unos paneles movibles muy lustrosos (han debido costar una pasta gansa). Otra cosa es que el movimiento de dichos paneles tenga sentido o no -que suele no tenerlo. Los primeros compases de la obra, por ejemplo, se ven ilustrados con un baile de paneles sin justificacion ninguna, buscando simplemente epatar al público. De nuevo pues un efecto gratuito y simplón.

Tienen estos decorados alguna intervención francamente chusca. Por ejemplo, para significar que Ana va a suplantar a Catalina, a Py se le ocurre que los figurantes cambien las estatuas de reyes vestidos por estatuas de diosas desnudas. Así que asistimos a un tejemaneje de estatuas en plexiglas negro brillante que, si fueran de piedra pesarían toneladas y tendrían que ser desplazadas con grúas, y que en escena son manipuladas por dos figurantes que hacen como si aquello pesase un poco. Lo dicho, chusco.

La dirección de actores es de lo peorcito que este crítico ha visto desde hace tiempo. En ocasiones Py le pide a cantantes o figurantes que se queden sobre el escenario aunque no intervengan en la escena, y en tal caso se quedan haciendo monerías, yendo y viniendo sin saber por qué. Los que cantan parecen tener como única indicación subirse a las mesas, a la cama (sí, ahora se ha puesto de moda poner un camastro en escena, con que Py pone también un camastro, faltaría más), a las sillas, para luego bajarse y volverse a subir. Ninguna fineza, ninguna búsqueda psicológica que corresponda al refinamiento musical de las arias y dúos de Saint-Saëns. Muy triste ver a los cantantes-actores tan mal tratados.

En fin, a catalogar entre las puestas en escena más banalmente idiotas del año.

Y vamos con la música

La partitura de Saint-Saëns es una auténtica obra maestra. No sobra ni falta una sola nota. Hasta la música de ballet -que La Monnaie decide servirnos enlatada vía altavoces durante el entreacto en los pasillos del teatro- es sabrosa.

Con una riqueza melódica muy importante (una de las grandes bazas siempre de Saint-Saëns), un empleo discreto pero eficaz de motivos conductores (por supuesto con mucha libertad, a la francesa y no a lo wagneriano), una sutileza psicológica que sigue con elegancia los meandros de los personajes y de las situaciones, ricamente orquestada, pensada para el gran lucimiento de voces imponentes, vista y escuchada en directo sobre un escenario, Henry VIII se revela una de las grandes obras de su tiempo, a la altura de Simón Boccanegra, Lakmé, Eugene Oneguin, ManonAida o de Hérodiade, por ejemplo. Y, para quien esto escribe, superior tal vez a Sansón y Dalila, la obra más representada de su compositor.

Ese es el gran mérito de esta producción, volver a darle una oportunidad a una obra que inexplicablemente no forma parte del repertorio.

Y el gran fallo, no haber puesto más medios para que pudiéramos difrutar plenamente de la recuperación. La Monnaie echa la casa por la ventana en lo que se refiere a decorados y puesta en escena en general: otra cosa es que Py haya metido la pata hasta el fondo. Pero en lo que respecta la parte musical, diríase que ha intentado ahorrar un poco...

‘Henry VIII’ de Saint-Saëns. Director musical, Alain Altinoglu. Puesta en escena, Olivier Py. Bruselas, Théâtre Royal de la Monnaie, mayo de 2023. © 2023 by Baus / Théâtre Royal de la Monnaie.‘Henry VIII’ de Saint-Saëns. Director musical, Alain Altinoglu. Puesta en escena, Olivier Py. Bruselas, Théâtre Royal de la Monnaie, mayo de 2023. © 2023 by Baus / Théâtre Royal de la Monnaie.

El belga Lionel Lhote se encarga del papel titular. Lhote es un barítono más que solvente que ya hemos tenido la oportunidad de admirar en otros papeles, notablemente un Panurge de Cendrillon de Massenet hermosamente encarnado, o más recientemente como don Pedro de Hinoyosa en La Périchole de Offenbach. Tiene sobre todo unos agudos certerísimos y potentes que lanza como flechas y son muy espectaculares. No tiene sin embargo una voz grande, ni gran homogeneidad de registros, ni graves cavernosos. Intenta compensar su falta de empaque vocal con matices y con una inteligente utilización de sus recursos. Pero fuerza es confesar que la pésima dirección de actores de Py no le ayuda. Ni tampoco las sospechas de estar ampliamente microfonado, escuchándosele igual sea cual sea la postura y el lugar que adopte en el escenario...

Quien esto escribe no conocía a Marie-Adeline Henry. En los pasajes serenos su voz parece tener un bonito timbre, con una buena línea de canto. Sólo que dichos pasajes son pocos en un rol atormentado desde el principio. La cantante ha de poseer un dominio más que notable de sus agudos y de sus graves, y no es el caso. Los agudos de Marie-Adeline Henry son todos desabridos y gritones. Todos. Puede que fuera un mal día. Pero en tal caso el día fue realmente muy muy malo. Poco se pudo salvar si no es la entrega de la intérprete. Poco más.

Nora Gubisch se ha hecho un sitio en el panorama lírico a base de entrega, precisamente. Pero su línea de canto no es nada del otro jueves, sus agudos son destimbrados. El papel le queda grande. Ejecuta con suficiencia todas las monerías que Py le pide que haga, pero el papel de Anne de Boleyn le queda definitivamente grande.

No se puede decir nada mucho más halagüeño de Ed Lyon. Buena planta, cierto, pero emisión problemática, agudos estrangulados, dificultades constantes. ¿Mal día también? Puede que sí, pero entonces ¡caramba, qué mala suerte que tuvo este crítico de asistir al «mal día» del tenor, de la soprano y de la mezzo!

‘Henry VIII’ de Saint-Saëns. Director musical, Alain Altinoglu. Puesta en escena, Olivier Py. Bruselas, Théâtre Royal de la Monnaie, mayo de 2023. © 2023 by Baus / Théâtre Royal de la Monnaie.‘Henry VIII’ de Saint-Saëns. Director musical, Alain Altinoglu. Puesta en escena, Olivier Py. Bruselas, Théâtre Royal de la Monnaie, mayo de 2023. © 2023 by Baus / Théâtre Royal de la Monnaie.

Vincent le Texier cumple con su papel de cardenal, que inevitablemente hace pensar en La juive de Halévy. Su voz está (muy) cansada, con un fuerte vibrato, pero su emisión es natural y tiene tablas. Cumple como Legado.

Voces sanas y más que competentes las de Enguerrand de Hys, Jerôme Vanier...

El coro cumple también. Los hemos escuchado mejores, y también peores. Línea aceptable, empaste aceptable, inteligibilidad aceptable. Se mueve en niveles de corrección.

Como correcta suena la orquesta. Tal vez el sonido de las cuerdas no sea tan compacto y refinado como el de otras formaciones, pero cumple con creces, y se escucha la música no sólo sin sufrimientos sino hasta con placer. Alain Altinoglu, cuya labor ya hemos admirado en otras ocasiones, la dirige dando toda la pasión que es menester, atento a los distintos situaciones y personajes.

La sala y los micrófonos

La muy bonita sala de La Monnaie, con uno de los más bonitos techos entre los teatros históricos pintado por Rubé y Chaperon, no es grande (1152 asientos). La acústica parece buena, o no tendría por qué ser peor que la de de la Opéra-Comique en París, de dimensiones similares.

No entendemos pues, por qué los cantantes han de ser sostenidos por micrófonos. Sin embargo parece evidente que lo estaban. Discretamente, pero sin duda.

Como decíamos, cualquiera que fuera la posición de los cantantes, se les oía igual. Cuando Lionel Lhote se gira hacia el fondo del escenario cantando en piano, y el sonido es el mismo que cuando canta en piano hacia el público, es que hay micrófono. Cuando el cardenal es cubierto de plástico de la cabeza a los pies (sí, otra idea imbécil de la estúpida puesta en escena) y su réplica bajo el plástico suena exactamente igual que sus réplicas sin el plástico, es que hay micrófono.

Es irritante, a pesar de la discreción con que los micrófonos son utilizados, que en un teatro de tales dimensiones se haya de recurrir a los micrófonos. Es hasta insultante para el público.

Otro aspecto, pues, a anotar en el debe de esta producción.

Lástima. Con todo esto, uno no dejaba de pensar en los tiempos en que este operón fue recuperado por artistazos como la gran Françoise Pollet y los estupendos Magali Damonte y Alain Fondary en versión de concierto. Tiempos en que tal vez se gastaba más dinero en la parte musical que en los caprichos (frecuentemente idiotas y egóticos) del director de escena de turno... 

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