España - Cataluña

Un verdadero recital

Jorge Binaghi
jueves, 3 de agosto de 2023
Damrau y Testé en Peralada © 2023 by Festival de Peralada Damrau y Testé en Peralada © 2023 by Festival de Peralada
Peralada, sábado, 29 de julio de 2023. Esglèsia del Carme de Peralada. Recital de Diana Damrau, soprano, y Nicolas Testé, bajo, acompañados por Helmut Deutsch (piano). ‘Amor i vida!, Mélodies, lieder, arias y dúos de Duparc, Gounod, R. Strauss, Ponchielli, Donizetti, Bellini, Vlasov, Rachmaninov, Chaicovsky, Lincke, Ross y Loewe. Bises: Puccini y Turina
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Se ve cada vez más que la calidad no es suficiente para lograr un lleno, aunque por suerte había mucho público, pero menos que el día anterior, cuando los resultados eran inversamente proporcionales (no sólo desapareció parte del público sino de la crítica nacional). Y eso que al final, en vez de la medalla del Liceu del día anterior (estaban las tres autoridades máximas del Teatro que en este caso brillaron por su ausencia), se presentó un libro llamado The Opera Cooks, recetas de cocina en presencia de los propios autores y de Damrau que nos hizo probar su especialidad, el ‘Krautstrudel’ (interesante, aunque no demasiado para mi paladar).

En realidad, por la configuración y los resultados generales del programa, aunque no todo haya estado a la misma altura, habría debido ser este el concierto de inauguración, pero como se sabe la moda y la novedad influyen en todos los sectores.

Tuvimos -por empezar- no un programa ‘monográfico’ y uniforme o unilateral, sino con autores, épocas, estilos y lenguas diferentes. Como afuera del recinto hay unas fotos gigantes de Victoria de los Ángeles en homenaje al centenario de su nacimiento (habrá un concierto dedicado a ella por Núria Rial al que desdichadamente no podré acudir) habrá que decir también que su idea y sus programas de un concierto de canto se aproximaban mucho más a este (no del todo porque la ópera, si figuraba, lo hacía en uno de los bises, y no siempre).

Empezaré por donde se suele acabar, que es el acompañante. No vengo yo a descubrir ahora que Deutsch sea uno de los grandes acompañantes actuales. Pero mientras es ‘normal’ (no tiene nada de eso, pero pasemos) escucharle portentosos alemanes, rusos o franceses en la canción de cámara e incluso en la opereta, no es para nada frecuente que ejecute más de un par de composiciones operísticas y de las más conocidas. Aquí lo hizo con Gounod, Donizetti, Chaicovski, Verdi y Bellini. Quitemos al ruso porque se sabe bien cómo acompaña sus canciones. Algunos Verdi se le han escuchado, pero ninguno al nivel de lo que significó la gran introducción al aria de Felipe II en Don Carlos (que fue lo que dio sentido a la inclusión de la pieza) o la de la ‘Casta diva’ belliniana. Si Gounod y Donizetti fueron igualmente ejemplares aunque tal vez menos ‘vistosos’ o ‘evidentes’, no estaba en absoluto preparado para una página larga (no la mejor de la ópera, pero sí ilustrativa de los problemas de su libreto) como es el dúo inicial de Elvira y Giorgio en I Puritani.

Imagino que Deutsch no ha estudiado la ópera (ni la página) en profundidad ya que será siempre una rareza en el caso de que la vuelva a hacer, pero para marcar su clase hay que señalar unos ‘simples’ acordes en el ‘non è sogno’ de ambos intérpretes que fue de un sentido teatral y urgencia dramática como nunca había oído en una orquesta. Al final de la primera parte (concluyó con este número) un par de liceístas ‘de los que saben’ se acercó al piano a ver si era el mismo de la noche anterior. Pues claro que sí.

Y ahora los cantantes. El matrimonio en la vida real Damrau-Testé suele hacer conciertos. El bajo despertó mi admiración muy pronto, cuando era un notable intérprete del barroco: luego decidió abordar el repertorio lírico romántico y ahí los resultados, con ser suficientes, no fueron nunca espectaculares, aunque sí correctos y obviamente mejores en el repertorio francés que en el italiano u otros.

Lo que es extraño es que su primera intervención (‘La vie antérieure’ de Duparc) fuera la más aburrida, sin problemas vocales pero sin ningún interés. Seguramente porque nunca ha sido -ni será- un cantante de cámara. Lo demostró en su siguiente intervención, la mejor de todas, la hoy prácticamente desaparecida La reine de Saba (de la que cantó el recitativo y cavatina de Solimán, ‘Sous les pieds d’une femme’) y en la que sólo se echó a faltar un grave conclusivo más redondo y sonoro. Lo mismo, con más monotonía en el fraseo y en los graves finales ocurrió con el aria de Gremin de Eugenio Onegin, en la que pareció dominar bien el ruso. Su versión del aria de Don Carlos (correctamente en francés) no fue mala, pero resultó insuficiente vocalmente. Mejor le salió la gran escena de Alvise Badoero en La Gioconda de Ponchielli, que, eso sí, careció de unidad.

En el programa estaba anunciado en el tramo final ‘Oh, what a beautiful Mornin’ del protagonista de Oklahoma, pero quedó en letra muerta. Por último su actuación en el dúo de I Puritani (para mí una repetición de lo que había visto y oído en Madrid en el Real) lo mostró por debajo de aquel recuerdo con la emisión muy engolada y un timbre más apagado.

Por el contrario Damrau recreó su Elvira mejor si cabe que en esa oportunidad, en particular por los acentos y la gestualidad. Es costumbre hoy entre los entendidos decir que ya no tiene sus famosos sobreagudos y, corolario, se halla en declive. Pedir que una coloratura dure exactamente igual (o sea, a cambio de ardides que sólo aceptan los fans) es bastante imposible. Es casi seguro que ya no los posee, pero para lo que hizo no los necesitó ni poco ni mucho. Y en todo caso su timbre sonó con más cuerpo, más ‘lírico’ y personalmente me sobran los dedos de una mano para recordar uno tan bello en la cantilena de Anna Bolena (‘Al dolce guidami’, probablemente el momento más maravilloso de esa ópera) o en la ‘Casta diva’.

Por supuesto que no es una soprano dramática de agilidad y se le ha criticado seguramente con justicia su incursión en los Donizetti (no así en el Bellini), y por tanto hizo bien en no cantar ni recitativos ni cabalette. Los trinos, ornamentos, el legato y el control de la respiración y la expresividad fueron ejemplares.

Pero como Damrau sí es una cantante completa ahí estuvieron los dos Duparc del inicio (nada fáciles, ‘L’invitation au voyage’ y la ‘Chanson triste’), los dos Strauss (‘Ständchen’ -tal vez algo sobreactuado- y ‘Wiegenlied’), los dos rusos (el muy poco conocido Vlasov de ‘La fuente del patio en Bachtchisaray’, y el conocidísimo Rachmaninov de ‘Aguas primaverales), y luego … Cantó como sólo ella puede el aria de la opereta berlinesa de Lincke (Frau Luna, de la que salió el ‘himno’ de Berlín, ‘Berliner Luft’)’Schlösser, die im Monde liegen’) y, siguiendo en la parte final dos músicos norteamericanos: del aún en vida Brad Ross ‘How sad no one waltzes anymore’ -y claro, bailó-, pero más y con más causa y pasión bailó en la famosísima ‘I could have danced all night’ de My fair lady, de Loewe (y no, no dio el ‘do’ al final como la Nilsson. Pocas, si alguna (no lo sé), además de la Nilsson, lo han hecho y en tal caso con tanta pasmosa facilidad… Después de todo se trata de un musical, ¿o no?).

En los bises Testé cantó una ‘Vecchia zimarra’ que reflejaba bien el estado del abrigo de Colline, mientras que Damrau decidió cantar en un razonable castellano ‘Tu pupila es azul’ de Turina sobre texto de Bécquer, que no escuchaba justamente desde Victoria de los Ángeles. Seguro que no fue algo hecho a propósito, pero quizá por eso tiene más mérito. Me pareció que las sonrisas de las fotos de afuera estaban algo más pronunciadas. Ilusión óptica sería. 

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