Suiza

Dificultades encubiertas

Alfredo López-Vivié Palencia
jueves, 31 de agosto de 2023
Andris Nelsons y  Jean-Yves Thibaudet © 2023 by Peter Fischli/Lucerne Festival Andris Nelsons y Jean-Yves Thibaudet © 2023 by Peter Fischli/Lucerne Festival
Lucerna, lunes, 28 de agosto de 2023. KKL Konzertsaal. Festival de Lucerna. Jean-Yves Thibaudet, piano. Boston Symphony Orchestra. Andris Nelsons, director. Carlos Simon: Four Black American Dances; Camille Saint-Saëns: Concierto para piano nº 5 en Fa mayor, op. 103 “Egipcio”; Igor Stravinsky: Petrushka, ballet en cuatro cuadros (revisión de 1947). Ocupación: 95%
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Carlos Simon (Washington, D.C., 1986) es un compositor comprometido con las reivindicaciones de la comunidad negra norteamericana, y en su catálogo se encuentran numerosas piezas relativas a esta temática. Como la que se escuchó esta noche, Four Black American Dances, encargo de la Sinfónica de Boston (y pagada por el Massachusetts Cultural Council –es decir, con dinero público-), quien la estrenó el pasado mes de febrero. 

Según el autor, las cuatro danzas reflejan diferentes tipos de reuniones sociales: “Ring Shout” (celebración ritual de esclavos bailando en círculo), “Waltz” (los negros no iban a ser menos que los blancos en los eventos elegantes), “Tap!” (esto no requiere explicación), y “Holy Dance” (más que mero “gospel”, es una muestra de la exuberancia de algunos servicios religiosos).

Se trata de un cuarto de hora de música irresistible. Escrita para gran orquesta (incluida una muy nutrida sección de percusión), y en un lenguaje más que accesible para el común de la melomanía, la obra subraya sobre todo el ambiente de festejo. Los metales soplan a pleno pulmón, la cuerda da saltos vertiginosos, y la percusión hace que uno no se pueda estar quieto en su asiento. 

Por supuesto que Simon se acuerda de Florence Price, pero la tradición que inició George Gerswhin sigue estando presente. Me gustó mucho el “Vals”, con sus ritmos irregulares y su refinada elegancia sonora, y me entusiasmó la “Danza Sagrada”, con esos metales alternando cantos y piruetas a cual más arrebatador. Orquesta y director se encontraron muy cómodos con esta música, y el compositor, presente en la sala, agradeció junto a ellos los aplausos del público.

Jean-Yves Thibaudet (Lyon, 1961) ya ha dejado de ser rubio, pero mantiene intactas sus facultades pianísticas, a lo que probablemente haya ayudado el atenerse a un repertorio bastante limitado, entre el que se encuentran los conciertos de Saint-Saëns. Este último, el “Egipcio”, es seguramente el más curioso de todos. Un primer movimiento muy serio (casi diría que, por una vez, el autor estaba mirando de reojo a Brahms), el segundo una libérrima fantasía-rapsodia (Saint-Saëns decía que se inspiró en cantos nubios escuchados mientras navegaba por el Nilo, pero esto también suena a “alhambrismo sinfónico”), y el Finale concentrado en una carrera entre orquesta y solista por ver quién llega antes a la meta.

Desde mi privilegiada localidad tenía muy cerca el teclado, y desde ahí pude comprobar lo endiabladamente difícil que es esta obra, y por tanto el enorme mérito de Thibaudet para tocarla con esa soltura. Thibaudet no tiene un toque potente, pero se hace oir, y sobre todo tiene una agilidad pasmosa para recorrer su instrumento de un extremo al otro a velocidad imposible. Qué claridad y qué transparencia. Lo mismo con la orquesta, que le siguió al pie de la letra y al pie de la expresividad (ése es el secreto de Saint-Saëns, que consiste en escribir con la misma claridad que Mozart aunque en la partitura las notas se multipliquen por cien). Me quedo con el momento mágico del segundo movimiento en el que Thibaudet, con un muy inteligente juego de los pedales, da rienda suelta al episodio más poético y más exótico. El público lo recibió al grito de “Bravo!”, y Thibaudet se marcó una propina tan concentrada como contrastada: la célebre Pavana de Maurice Ravel.

Algo parecido sucede con Petrushka. Seguramente el lenguaje rompedor de La consagración de la primavera hace que el ballet anterior parezca mucho más fácil. Y no lo es. Por más que Stravinsky redujera la orquestación en la revisión de 1947 (cuyo único objetivo era asegurarse la prolongación de los derechos de autor), la obra sigue exigiendo una plantilla enorme y un virtuosismo extremo en todas las secciones de la orquesta. 

Y aquí es donde se demuestra por qué en la Sinfónica de Boston están tan contentos con Andris Nelsons (Riga, 1978). El maestro letón es de los directores sufridores que se dejan la piel en cada concierto: pese a su expresión facial de timidez y una técnica gestual económica, su concentración es imperturbable y el resultado sonoro pone de manifiesto un concienzudo trabajo de ensayo incapaz de dar un bolo.

El primer cuadro salió con la algarabía orquestal del mercado-carnaval que representa, que Nelsons consiguió con la mejor de las transparencias, a pesar de que la partitura ordena poderío en toda la orquesta. Pero qué bien le sienta esta obra a la Boston Symphony, en la que como buena formación americana prima la brillantez de sonido. 

Las escenas individuales de Petrushka y el moro traslucieron cada mueca de los personajes (esas maderas penetrantes). En todos los intermedios la percusión sonó tronante. Y el último cuadro fue un verdadero ejercicio de equilibrismo en el que los ritmos irregulares en cuerda y madera se superponen unos a otros, mientras la percusión golpea sin piedad y la trompeta (el solista Thomas Rolfs se merece todos los aplausos del mundo) pone orden en sus muchos y dificilísimos solos. Y qué bien conseguido el final espectral en los violines, como la conclusión en “pizzicato”. Con razón al público le entusiasmó.  

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