España - Galicia

Mar arbolada

Alfredo López-Vivié Palencia
lunes, 23 de octubre de 2023
André Cebrián © 2023 by Comunicación da RFG André Cebrián © 2023 by Comunicación da RFG
Santiago de Compostela, jueves, 19 de octubre de 2023. Auditorio de Galicia. André Cebrián, flauta. Real Filharmonía de Galicia. Joana Carneiro, directora. Felix Mendelssohn: Obertura de Las Hébridas, op 26; Sinfonía nº 3 en La menor, op 56 “Escocesa”; John Corigliano: Voyage para flauta y cuerdas; Mieczysław Weinberg: Concierto nº 1 para flauta y cuerda, op. 75. Ocupación: 70%
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Programa coherente y bien pensado para la primera intervención esta temporada de Joana Carneiro, principal directora invitada de la Real Filharmonía. Las dos obras escocesas más famosas de Mendelssohn para abrir y cerrar la función, y en medio dos piezas poco o nada conocidas –ambas para flauta y cuerdas- de compositores importantes del siglo XX. 

Además, las cuatro se adaptan perfectamente a la plantilla ordinaria de la orquesta. Y por si fuera poco, las circunstancias meteorológicas han querido que coincidan dos partituras que reflejan un mar bravío con la activación de la alerta máxima en la costa cantábrica de Galicia.

Hubiera preferido que se tocase Mar en calma y próspero viaje –inicialmente programada para hoy- porque apenas hay ocasión de escuchar una obertura tan bonita, pero lo compenso con la reciente –y estupenda- interpretación de La bella Melusina, también cara de ver en atriles. 

Lo que no compensa es que la versión de esta noche estuviese poco trabajada, con una orquesta que sonó deslavazada –particularmente en los tutti-, por más que Carneiro acertó conceptualmente al acentuar los contrastes paisajísticos. La prueba de ello es que el público la recibió con tímidos aplausos de cortesía.

El mismo tipo de aplausos que se llevó el compostelano André Cebrián –actual primer flauta de la Orquesta de Cámara Escocesa- tras su interpretación de Voyage del neoyorquino John Corigliano, pieza firmada en 1983. No porque él o la orquesta lo hiciesen mal –que lo hicieron bien-, sino porque la obrita (apenas ocho minutos) no tiene el menor atractivo. El lenguaje del autor siempre es comprensible, pero la cosa se limita a una breve muestra de languidez y de angustia que no presenta ningún reto para sus intérpretes.

Otra cosa es el Concierto nº 1 de Weinberg (de nombre Mieczysław o bien Moisey Samuilovich, según nos refiramos al lugar donde nació o al lugar donde pació). Composición de 1961 de algo más de un cuarto de hora de duración y dividida en los tres movimientos canónicos, en ella Weinberg demuestra con cuánto aprovechamiento siguió las enseñanzas de Shostakovich. 

El primer movimiento, rapidísimo, es de una frescura y de un colorido increíbles, en el que la flauta –en lo más agudo del registro- va picoteando aquí y allá mientras la orquesta acompaña casi continuamente en pizzicato; en el tiempo lento la suavidad de la cuerda permite al solista descender a la parte grave del instrumento y resultar audible; y la última parte es como un anticlímax en tiempo ternario en el que la flauta ha de enfrentarse a muchos pasajes en “frullato” (esa especie de trémolo tan característico del instrumento).

Cebrián exhibió tanta técnica como fuelle –y su parte no escatima en dificultades-, y además se notaba que se estaba divirtiendo. Igual que Carneiro y la orquesta, entre otras cosas porque el lenguaje del autor roza con ironía lo que en aquellos soviéticos tiempos se consideraba permisible en cuanto a modernidad. 

Al público le entusiasmó, y Cebrián correspondió con una pieza de trasfondo folclórico (cuyo título y autoría él mismo anunció, aunque en una voz tan íntima que quienes estábamos sentados en las últimas filas de la sala no alcanzamos a escuchar).

Que Carneiro se toma a Mendelssohn muy en serio ya lo había expuesto al principio del concierto. Con la Sinfonía “Escocesa” quedó evidente que su concepto de este autor dista mucho de quienes lo consideran un compositor de obras meramente agradables. 

El arranque del primer movimiento salió con serenidad, y la transición al Allegro fue pausada; el problema vino a partir de ese momento, porque –en mi opinión- a Mendelssohn se le fue la mano de tanto volver al tema principal, y porque a Carneiro, por muy claro y enérgico que sea su gesto, le falta pulso para sostener el discurso. Así, los tutti sonaron contundentes, pero a pesar de que los metales nunca taparon la cuerda el sonido general resultaba machacón.

Afortunadamente, las cosas mejoraron mucho a partir del segundo movimiento, que es una delicia de principio a fin y en el que Carneiro, con buen criterio, dejó que la orquesta tocase sola (estupendos los clarinetes), cuidando –eso sí- de no hacer borrones. También me pareció acertado dar el Adagio a un tiempo nada premioso, conteniendo el lirismo para no hacerlo pesado. 

Sobre todo me gustó el Finale, particularmente la estupenda articulación de toda la orquesta en el temporal marino (por cierto, mientras lo escuchaba me vino a la cabeza El Holandés errante de Wagner, y después comprobé que ambas obras son estrictamente contemporáneas, de manera que ambos compositores tuvieron la misma idea y al mismo tiempo para representar lo mismo). Nuevamente tras una transición muy respirada, Carneiro dio la conclusión de la obra con una solemnidad poco frecuente (glorioso el cuarteto de trompas) que le proporcionó cohesión a una interpretación que, al menos a mí, sirvió para mostrar hacia Mendelssohn un respeto que no siempre le conferimos.

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