España - Galicia

Historias increíbles

Alfredo López-Vivié Palencia
miércoles, 1 de noviembre de 2023
Pablo González © Benjamin Ealovega | OCG Pablo González © Benjamin Ealovega | OCG
Santiago de Compostela, jueves, 26 de octubre de 2023. Auditorio de Galicia. Real Filharmonía de Galicia. Pablo González, director. Roberto Gerhard: Albada, interludi i dansa; Arnold Schoenberg: Sinfonía de cámara nº 2, op. 38; Antonín Dvořák: Sinfonía nº 9 en Mi menor, op. 95 “desde el Nuevo Mundo”. Ocupación: 80%
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Me pareció forzado presentar este concierto bajo el título “desde el exilio”, cuando dos de las tres obras en cartel no fueron escritas ni estrenadas en esas circunstancias. Tampoco creo que se deba hacer mucho caso a las citas de Schoenberg que contiene el programa de mano justificando la composición de una obra más o menos tonal: aunque la fuente es la misma, le doy más credibilidad a Glenn Gould cuando dijo que Schoenberg guardaba “un inquietante esqueleto musical dentro del armario”, de forma que lo desempolvó para honrar la petición de Fritz Stiedry de una pieza para su orquesta New Friends of Music. Y me cuesta mucho creer que –como narró Pablo González micrófono en mano- la Novena Sinfonía de Dvořák se pueda explicar únicamente con las andanzas de Hiawatha.

De todos modos, lo verdaderamente increíble es que González no sólo se metiera al público en el bolsillo (sabe comunicar con la palabra), sino que hiciera lo propio con la Real Filharmonía de Galicia para dar uno de esos conciertos que renuevan el orgullo de ser abonado de esta orquesta, y sobre todo uno de esos conciertos en los que también se renueva la inigualable experiencia sensorial e intelectual que proporciona una función en la que todo sale a pedir de boca. González (Oviedo, 1975) es un músico como la copa de un pino que igualmente sabe comunicar con sabiduría artística a través de la orquesta.

Albada, interludi i dansa es una breve obra de circunstancias con trasfondo folclórico y estrenada en Barcelona en 1938. Para entonces Roberto Gerhard ya había estudiado unos cuantos años con Schoenberg en Viena y en Berlín, y se nota: la cosa tiene algo de “sardanada” pero también mucho de demostración de que el autor cursó con aprovechamiento esos estudios tanto en armonía como en orquestación. Las melodías populares quedan desdibujadas al borde de la tonalidad, y están orquestadas de forma impecable. Como impecable fue la interpretación de González y la Real Filharmonía; aunque, por muy bien que se toque, es una pieza poco atractiva que inevitablemente provoca la frialdad del público.

Bien al contrario, la Sinfonía de cámara nº 2 (1906-1939) de Schoenberg gustó mucho. Por un lado, es evidente que aquí su autor empleó un lenguaje mucho menos radical que el de sus composiciones dodecafónicas, lo cual facilita el acceso al oyente. Por otra parte, Pablo González acertó conceptualmente al presentar el primer movimiento –Adagio- como el tejido de una tela de araña, laborioso, constante, incansable (espléndida la articulación de las cuerdas); y el segundo –Con fuoco- como un discurso de lucha interior de Schoenberg (no hay estridencias decibélicas, sino que el fuego va por dentro). Y sobre todo el maestro asturiano acertó a hacer de la orquesta un instrumento de estupenda claridad sonora: son maderas a dos, un par de trompetas y otro de trompas, y la cuerda; y se les escuchó a todos en la proporción debida. Lástima que algún impaciente del público comenzase a aplaudir cuando aún no se había desvanecido la última nota.

No hace ni tres semanas que escuché a la Orquesta Sinfónica de Galicia una muy buena interpretación de la Sinfonía “desde el Nuevo Mundo”. Esta noche no las tenía todas conmigo, habida cuenta de que la plantilla de la Real Filharmonía no es la adecuada para esta obra (si bien es cierto que en el escenario había unos cuantos refuerzos). Los prejuicios me jugaron una mala pasada, aunque esta vez a mi favor: la interpretación de hoy fue aún mejor. En su presentación verbal de la pieza González exhibió dotes de gran narrador; pero es que antes ya había hecho lo mismo con la orquesta: trajo los deberes hechos de casa, esos deberes eran muchos y todos destinados a no dar ni un compás por perdido, y a la vista del resultado artístico es evidente que en los ensayos consiguió transmitirlos seduciendo a la orquesta.

Porque la Real Filharmonía tocó como en sus mejores noches: la atención continuada a la batuta y la expresión de satisfacción de los músicos daban cuenta de que, con o sin Hiawatha, González logró que la orquesta atendiese incontables ideas que hicieron que el público quedase igualmente hipnotizado. Jugó con los tiempos a placer pero sin extravagancias, no sólo en momentos obvios (el arranque de la obra muy lento y en el Allegro echó a correr) sino a lo largo de toda la obra (por ejemplo, retuvo el tiempo en el mismo movimiento cuando la flauta presenta el primer tema “espiritual”). También jugó con las dinámicas, y no sólo para equilibrar las texturas orquestales, sino para frasear de manera diferente dos versos similares (el tema guerrero del Finale). Y además estuvo atento al pulso sin descuidar los detalles (a eso ayuda un gesto clarísimo y una expresión facial y corporal inequívoca).

Pero es que encima dirigió la obra de memoria. Por supuesto, eso significa que la conoce, pero lo increíble es que también retuvo en la cabeza todas esas ideas que González necesariamente tenía apuntadas en su partitura y que obraron la magia de un discurso que, a pesar de un trabajo ímprobo, sonaba espontáneo. Sólo así se puede explicar un movimiento lento de una finura indecible (maravilloso el solo de corno inglés a cargo de Esther Viúdez). Sólo así se puede explicar que únicamente me faltase algo más de densidad en la cuerda en la conclusión de la obra, cuando el tema guerrero suena hímnico con toda la orquesta al unísono. Y sólo así se puede explicar que esta vez el público esperase a que el maestro bajase los brazos antes de aplaudir con fuerza, y que la Real Filharmonía le dedicase un pataleo de aprobación.  

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