España - Galicia

Viejos recuerdos

Alfredo López-Vivié Palencia
jueves, 9 de noviembre de 2023
Josep Pons © Harrison Parrott Josep Pons © Harrison Parrott
A Coruña, viernes, 3 de noviembre de 2023. Palacio de la Ópera. Orquesta Sinfónica de Galicia. Josep Pons, director. Johannes Brahms: Sinfonía nº 3 en Fa mayor, op 90; Sinfonía nº 1 en Do menor, op. 68. Ocupación: 90%
0,0001768

Hace muchísimos años que no veía a Josep Pons en directo. Fuentes de mi absoluta confianza aseguran que está haciendo una gran labor en el Liceu de Barcelona; y aunque estoy casi seguro de que alguna vez vino a Santiago a dirigir a la Real Filharmonía, mis recuerdos más nítidos se remontan a su época con la Orquesta de Cámara del Teatre Lliure: tengo bien presente sus estupendas interpretaciones de La Canción de la Tierra en el arreglo de Schoenberg, o del Concierto para bandoneón de Piazzolla. De manera que me apetecía mucho verle en este programa brahmsiano con la Sinfónica de Galicia.

Hay varios aspectos que me gustaron de su concierto de esta noche. Por de pronto, aplicó coherentemente el mismo concepto a ambas sinfonías (en mi opinión, a las cuatro hay que tratarlas por igual), quedando bien a las claras que ese concepto se había trabajado a fondo en los ensayos. La manifestación sonora de ese concepto se basa sobre todo en la supremacía absoluta de la cuerda: el empaste cuidado, toda la densidad posible (a pesar de que Pons no logró dominar la ingrata acústica de esta casa, en la que se tarda mucho en llenarla de música), y una obsesión incansable para destacar las segundas voces en violonchelos y contrabajos.

Pons también estuvo siempre atento a que la madera se escuchase con nitidez -algo que es de agradecer-, y la hizo cantar con muy buena presencia (aunque no me habría importado algo más de fuerza en el contrafagot). Otro tanto hizo con las trompas, en solo o en cuarteto, porque a la postre son instrumentos tan cantantes como las maderas. Los tiempos se ajustaron a lo prescrito en la partitura, es decir, sin prisas salvo en los escasos momentos en los que el papel pide pisar el acelerador. Y, en este sentido, le alabo el detalle de omitir la repetición en los respectivos primeros movimientos (su observancia me resulta contraproducente a la hora de dar cohesión a estas obras).

Otros aspectos de su interpretación no me gustaron. El más importante, la falta de tensión: las interpretaciones de Pons sonaron planas, sin músculo, desprovistas de la grandeza que hace de estas sinfonías -y de sus otras dos hermanas- la culminación del género. A ello contribuyó decisivamente que Pons silenciase las trompetas y los trombones, y que el timbalero se viese obligado a sustituir sus baquetas por palos de algodón de azúcar: apenas se escuchó a ninguno de ellos (aunque sí alguna que otra contribución vocal del director). Aquí no vale escudarse en la acústica de la sala, porque fue una decisión deliberada.

Así, no me importó que el arranque de la Tercera Sinfonía sonase anodino, pero que sus dos recapitulaciones saliesen igual de flojas le quita el sentido a ese movimiento. Me pareció acertado que Pons aligerase el tiempo en el Andante, y que el célebre Poco allegretto se cantase sin languidecer. Pero privar al Finale de uno de los pocos momentos de furia que hay en la literatura orquestal brahmsiana, eso me parece imperdonable. Y lo mismo en la Primera Sinfonía: bien los dos movimientos centrales, y solemnidad justa en el tema “beethoveniano” del Finale. Sin embargo, el comienzo de la obra de nuevo sonó monótono, igual que la impresionante introducción del último movimiento, sosa, sin nervio ni expectación. Por no hablar de los clímax en esos mismos tiempos, en los que no es cuestión de decibelios, sino de fuerza: en el primer movimiento, para que el descenso final cobre significado; y en la conclusión, para excitar al oyente: ahí la aceleración del tiempo debe acompañarse de un crescendo construido desde dentro, y Pons lo obvió. Y un último detalle: el dibujo ascendente en los dos compases previos a los cuatro últimos acordes se escuchó en los fagotes, pero no en el trombón.

Sabemos que Brahms no era rígido en la apreciación de las diferentes interpretaciones de sus sinfonías. Al fin y al cabo, estas obras nacieron al mismo tiempo que la primera generación de grandes directores de orquesta, y Brahms era consciente de ello. Sólo se mostraba intolerante cuando no se habían ensayado lo suficiente, y por eso creo que habría salido satisfecho de este concierto (como el público en general, que aplaudió con ganas). En cambio yo me aburrí como una ostra, porque tengo asimismo bien guardadas en la memoria las dos veces que vi -también hace muchos años- a Carlo Maria Giulini tocar este mismo programa.        

Comentarios
Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.