España - Galicia

Lo nuevo, viejo; y viceversa

Alfredo López-Vivié Palencia
miércoles, 29 de noviembre de 2023
Hugo Gómez-Chao © Xurxo Gómez-Chao, 2019 Hugo Gómez-Chao © Xurxo Gómez-Chao, 2019
Santiago de Compostela, jueves, 23 de noviembre de 2023. Auditorio de Galicia. Real Filharmonía de Galicia. Baldur Brönnimann, director. Richard Wagner: Idilio de Sigfrido; Hugo Gómez-Chao: Schattenhaft; Franz Berwald: Sinfonía nº 3 en Do Mayor “Singulière”. Ocupación: 75% Este mismo programa se interpretó, dentro de la programación de la Sociedad Filarmónica Ferrolana, el 24 de noviembre en el Auditorio de Ferrol.
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Programa atractivo el que presentaba hoy la Real Filharmonía con su nuevo director titular Baldur Brönnimann: una pieza que, de tan obvia, apenas se toca; el estreno de la última obra de un joven compositor gallego; y una sinfonía de la mitad del siglo XIX que nadie de quienes asistíamos a la función había escuchado antes en vivo. Por otro lado, segundo concierto de Brönnimann esta temporada de abono, y segunda experiencia más que satisfactoria desde todos los puntos de vista y de oído.

He visitado Tribschen unas cuantas veces, y casi siempre me he encontrado solo paseando por sus habitaciones mientras sonaba de fondo el Idilio de Sigfrido. La impresión allí es normalmente grata, porque se añaden las vistas espectaculares del Lago de los Cuatro Cantones. En concierto puro y duro es más difícil que cause esa misma impresión: la pieza es repetitiva y se hace larga. Tal vez por eso Brönnimann optó por un tiempo ligero que le dio a la cosa un aire más de divertimento que de idilio; salvo en el último tercio, en el que sí consiguió una hermosa ensoñación. La orquesta -en la versión ampliada, claro está- tocó impecablemente, con mención especial para el primer trompa.

Nunca había oído nada de Hugo Gómez-Chao (A Coruña, 1995), y habiendo leído que entre los compositores que más admira están Luigi Nono y Helmut Lachenmann, me esperaba escuchar una pieza muy difícil. Por de pronto, la lengua alemana da para construir palabras nuevas a partir de dos o más conceptos, de forma que su traducción se hace esquiva: Schattenhaft puede significar desde “lleno de sombras” a simple “indefinición”. Gómez-Chao la presentó al público incidiendo en las impresiones que quería transmitir (por una vez no es un poema sinfónico con la excusa de fuentes literarias recónditas), insistiendo mucho en los brillos nocturnos. Por su parte, Brönnimann puso algunos ejemplos sonoros de aquellas impresiones.

Ciertamente Schattenhaft es difícil, pero no es aburrida. Escrita para orquesta tradicional con dos percusionistas y un piano, el lenguaje es muy radical, pero a estas alturas no presenta nada especialmente novedoso (el propio compositor refirió que estaba empleando recursos ya utilizados hace décadas). 

El autor recurre las más de las veces a tiempos rápidos (por una vez no es el consabido Adagio), y el resultado auditivo -gracias a una escritura sin borrones y a una ejecución muy atenta por parte de orquesta y director- consigue un cierto ambiente de banda sonora que mantuvo el interés durante sus quince minutos de duración. 

Como era de esperar, el público la recibió con aplausos de mera cortesía. Lo que no quita para felicitar a los dos percusionistas -permanentemente ocupados en todos los utensilios de cocina imaginables, en especial rasgando sus respectivos gongs-, y a la pianista -que se jugó un lumbago por tener que estar continuamente inclinada pinzando las cuerdas de su instrumento-.

El compositor sueco Franz Berwald (1796-1868) fue más reconocido en vida por sus aportaciones médicas a la ortopedia que por sus obras musicales (lo cual no es ningún demérito, y si no que le pregunten a Alexander Borodin). Tan fue así que su Sinfonie “Singulière” no se estrenó hasta 1905, habiendo sido firmada en 1845. Y de no ser por la aparición del disco compacto, la inteligencia de las compañías discográficas escandinavas por ampliar el repertorio, y la necesidad de su país por dar a conocer a un sinfonista nacional -que no nacionalista- presentable ante cualquier público, es posible que la cosa se hubiera quedado ahí. Dinamarca tenía a Gade y a Nielsen, Noruega a Grieg, y Finlandia a Sibelius; pero Suecia no podía presumir de nadie mínimamente equiparable.

La principal singularidad de esta pieza de media horita de duración es que está dividida en tres movimientos (rápido-lento-rápido), aunque dentro del Adagio se contiene de manera abrupta un Scherzo. La segunda singularidad consiste en que Berwald -ajeno a la influencia de los compositores continentales de su época- hizo una obra sin melodías, sustentada en pequeñas células rítmicas y cuyo principal atractivo está en el juego armónico que las impulsa, quedando a medio camino entre el clasicismo y el romanticismo. Además está escrita para orquesta convencional, con trombones pero sin más percusión que el timbal.

De manera que el secreto para tocarla con éxito reside en esos dos factores: un pulso incansable en la cuerda y el resalte de maderas y trompas para darle color. Brönnimann lo logró de manera rotunda haciendo que la obra se escuchase con naturalidad, merced a una articulación inmaculada de las diferentes secciones de la cuerda, y al empaste de los instrumentos que por algo se conocen como “harmoniemusik”. Todo ello, haciendo que la orquesta sonase grande, con cuerpo pero sin estridencias ni desequilibrios, al tiempo que todo el mundo -a uno y otro lado del escenario- descubría una obra nueva cuya escucha en estas condiciones se hace agradable y que le sienta como un guante a la Real Filharmonía. 

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