España - Castilla y León

Boguetos húngaros

Samuel González Casado
jueves, 7 de diciembre de 2023
Vilde Frang © by Marco Borggreve Vilde Frang © by Marco Borggreve
Valladolid, sábado, 2 de diciembre de 2023. Centro Cultural Miguel Delibes. Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Vilde Frang (violín). Pablo Rus Broseta, director. Bartók: Bocetos húngaros, Sz 97; Concierto para violín n.º 2, Sz 112. Ligeti: Concierto rumano. Kodály: Danzas de Galanta. Ocupación: 85 %.
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Entretenido concierto el que propuso el director Pablo Rus Broseta para el programa de abono n.º 5 (aunque el programa en sí mismo no me gustara un pelo, como explicaré más abajo), en el que destacó, como era de esperar, la violinista noruega Vilde Frang en el n.º 2 de Bartók, una interpretación que constó de ingredientes muy meditados y que se benefició de ese discurso tan musicalmente rico con que Frang dota a todas sus intervenciones. 

Su concepto, como suele ocurrir en ella, no fue estilísticamente arriesgado, y la interpretación tampoco fue técnicamente perfecta; sin embargo se vio arrojo cuando era necesario y un compromiso total con la obra, que aún puede exprimir un poco más. En cualquier caso, el efecto hipnótico que produce el concierto cuando se interpreta con esta riqueza de fraseo es evidente, y me sigue resultando curioso cómo hay quien lo tiene como una composición difícil de escuchar o de entender.

El acompañamiento de Rus Broseta y la OSCyL fue respetuoso con la solista y añadió algunos toques de riqueza tímbrica interesante, pero en ocasiones resultó algo brusco. 

La cuerda sonó difusa, al contrario que en la encantadora primera obra, Bocetos húngaros, donde todo estuvo en su sitio y se notó un trabajo apreciable por parte de todos, lo que se agradece mucho en una obra inicial corta. 

La segunda parte era un bombón para el público, y director y orquesta triunfaron, como casi no podía ser de otra forma: estupendo, como los Bocetos, el Concierto rumano, de Ligeti, con sus motivos populares muy estilizados; quizá el comienzo Molto vivace [en el programa pone vivaca] podría haber sido más preciso. 

Y muy apreciables las Danzas de Galanta, de Kodály, aunque ahí de nuevo la cuerda se desdibujara en los forti y le faltara un poco de presencia por el ímpetu del director, que echó el resto rítmicamente, como es normal.

Cada una de las cuatro obras de este concierto me encanta, pero cuando vi esta selección en el libro 2023-2024 reconozco que decidí que me la saltaría. La razón primera es que no me suelen hacer mucha gracia los programas de temporada con varios autores y obras que parten de misma o semejante tradición musical, porque parece una decisión poco trabajada.

Si además esos programas se relacionan con una situación geopolítica, un asunto que tiende a cambiar con el paso de los años y que no es musical (aunque tenga que ver con la música y no para bien: el Concierto rumano estuvo censurado en una Hungría comunista que perpetró todo tipo de barbaridades culturales y que dejó traumatizado al poco húngaro Ligeti, y no hablemos de Bartók), el plan me repele directamente, porque lo geopolítico sigue condicionando en el presente gracias a un programa cuya justificación actual fue nociva en el pasado (por ejemplo en Hungría, URSS o España, aquí con el apoyo franquista a la vanguardia musical).

Y, para terminarlo de arreglar, si esa justificación mezcla lo geopolítico con lo folclórico, se impone el tufillo supremacista de conceptos como la marginalidad o el nacionalismo musical en cuanto a un tipo de repertorio suburbial cuyos orígenes populares arreglan divinamente uno o dos programas por temporada (con directores no muy conocidos por no ser gran repertorio; ya sabemos: compromiso con el talento emergente o con la igualdad de género).

Tiene razón Rus Broseta cuando en una entrevista en El Norte de Castilla dice que “a veces los programas parecen hechos con molde”. 

Desde luego, los programas son el mayor problema de las temporadas de muchas orquestas: un corsé casi insoportable que en su peor versión nace del tópico que permite ganar tiempo, la necesidad política de conseguir adeptos que justifican inversiones (y las financian) o la falta de cultura útil, no solo musical, para el desempeño de ciertas funciones. 

Lo que resulta curioso es que Rus utilice una opción tan rematadamente estereotipada y viejuna para “sorprender al público”. Y eso que algunas veces la culpa no nace estrictamente de los programas, sino de cómo se justifican en notas de prensa terroríficas, comentarios en libros de temporada que aportan más cuando no existen (“viaje por el folclore y la modernidad húngara”) y entrevistas de flaco favor. En este caso, sin embargo, la naftalina se huele nítidamente en la génesis.

Con poca ilusión y desde el convencimiento de que los programas anuales justificados folclórica o geopolíticamente deberían eliminarse cuanto antes —los guetos son perniciosos—, asistí sin embargo al concierto por la razón de que Frang toca excelentemente. 

Al final, el asunto se quedó en una velada mediana, poco trascendente por su pobreza combinatoria en un ámbito de música sinfónica general y con momentos buenos que se habrían iluminado en un contexto interesante.

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