Opinión

¿Valses de Viena o Valses de Sony? Una apreciación critica del Concierto de Año Nuevo

Agustín Blanco Bazán
martes, 9 de enero de 2024
Christian Thielemann © 2019 by Orquesta Filarmónica de Viena Christian Thielemann © 2019 by Orquesta Filarmónica de Viena
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Cada primero de año, Europa y el mundo occidental se desperezan con directores famosos al servicio de una firma discográfica dispuesta a comercializarlos inmediatamente con la ayuda de una orquesta célebre; y con valses, polcas y cuadrillas en una sala “de oro” y un público de distinción cursilonamente amanerada. 

Pero repasemos un poco, en mi caso con la ayuda de algunos recuerdos personales, la historia y el presente del Concierto de Fin de Año de la Filarmónica de Viena, desde Clemens Krauss y Willy Boskovsky hasta Christian Thielemann, el director de orquesta del concierto de 2024 que Sony Classical hoy comercializa urbi et orbi. 

Los comienzos 

La sala de la Musikverein de Viena alojó el primero de estos acontecimientos el 31 de diciembre de 1939 y algunos historiadores como Fritz Trümpi insisten en asociarlo con la estrategia propagandística de Joseph Goebbels. Si hubieran vivido en aquella época, los Strauss habrían sido condenados a coser una estrella amarilla en sus abrigos, a pesar de su conversión al catolicismo. Pero ocurre que para el momento de la anexión de Austria al Tercer Reich el Danubio azul y otros valses habían producido el milagro que aún hoy los define. 

Porque aquí se trata música y danza para todos y por encima de todo, una verdadera redención de cualquier burguesía, sea cual fuere su posición política o social. Frente a esta devoción un movimiento populista de derecha como el Nacional Socialismo no podía prohibir los valses en Viena como lo había hecho con las obras de Mendelssohn y Mahler

Para institucionalizar los conciertos de fin de año (el 31 de diciembre) y año nuevo (repetición del primero de enero), las autoridades contaron con la ayuda de Clemens Krauss, un colaboracionista no sólo dispuesto a ocupar el lugar de cualquier exiliado sino también un excelente director de orquesta, no sólo con Wagner o Richard Strauss, sino también con los valses y polcas de los otros Strauss. 

Krauss dirigió seis de estos conciertos a través de los años de guerra, y también los siete que siguieron, con excepción del 1 de enero de 1946, a cargo de Joseph Krips. Muerto Krauss en 1954, los filarmónicos vieneses prefirieron nombrar a uno de los suyos para dirigir el concierto de año nuevo. 

Homenaje a Willy Boskovsky en el programa del Concierto de Año Nuevo de 1980, tras haber tenido que renunciar por motivos de salud a dirigirlo tras 24 años (1955-1979). © 2024 by Agustín Blanco Bazán.Homenaje a Willy Boskovsky en el programa del Concierto de Año Nuevo de 1980, tras haber tenido que renunciar por motivos de salud a dirigirlo tras 24 años (1955-1979). © 2024 by Agustín Blanco Bazán.

Fue así que Willy Boskovsky, que había ascendido a Konzertmeister (Líder o Concertino) de la orquesta ya en 1939 pasó dirigir los conciertos de fin de año y año nuevo hasta 1979. Esto como Stehgeiger (literalmente “violinista de pie”), bien de acuerdo con la tradición de “dirección” orquestal a cargo de un líder que, violín en la mano izquierda y arco en la derecha, no impone sus ideas interpretativas, sino que más guía los tiempos y dinámicas de una interpretación sobreentendida entre todos los instrumentistas. 

El concierto del 1 de enero de 1979 fue el último de Boskovsky por causa de un infarto del cual no logró recuperarse totalmente. Su lugar para el concierto de 1980 fue ocupado por Lorin Maazel, entonces recién nombrado director artístico de la Ópera de Viena. Fue justo en aquellos años que mi residencia en Viena me permitió estar presente en algunos conciertos de Boskovsky, incluido el último, y el primero de Maazel que inauguró un cambio radical: con la aparición de un director de renombre internacional, este affaire anual vienés dejaría de ser tal para transformarse en un negocio de celebridades. Ciertamente, ha sido interesante ver en el podio a Karajan, Abbado o, el mejor de todos, Carlos Kleiber. Pero de los “tradicionales” conciertos de año nuevo queda poco, no solo atmosféricamente hablando, sino también musicalmente. ¿Por qué? 

La atmósfera 

Muchos amigos locales durante mis años vieneses miraban los valses con aprehensión anti-burguesa. Ello comprensiblemente, porque tanto en Austria como en Alemania la conformidad y los gustos de la burguesía de postguerra necesariamente debían ser analizados críticamente y los valses de Strauss caían en esa categoría. 

Es por ello que, contrariamente a lo que ocurría con los conciertos de obras de Mahler, Bruckner, Webern o Schönberg, mis amigos no me acompañaban a las operetas de la Volksoper. Ni tampoco a esas soirées en los cafés donde el vals se encontraba en su verdadera casa con pequeños conjuntos frente una audiencia siempre dispuesta a zapatear suavemente las polcas. 

Lorin Maazel dirige el Concierto de Año Nuevo de 1980, en sustitución de Boskovsky [Programa del concierto]. © 2024 by Agustín Blanco Bazán.Lorin Maazel dirige el Concierto de Año Nuevo de 1980, en sustitución de Boskovsky [Programa del concierto]. © 2024 by Agustín Blanco Bazán.

El año nuevo era para mí el momento en que los valses trascendían esta atmósfera local para ritualizarse a primer nivel, esto es, no sólo con los conciertos de la Filarmónica sino con las representaciones de El Murcielago en la Ópera de Viena. Entonces, como ahora, el fervor valsístico se completaba con la transmisión radial de las doce campanadas desde la catedral, seguidas de El Danubio Azul. Estos ritos permanecen intactos. Sólo que los valses que dirigió Boskovsky no suenan lo mismo bajo la batuta de los grandes de Sony. Una comparación con el reciente Concierto de Año Nuevo dirigido por Thielemann ha reafirmado esta sensación. 

De Boskovsky a Thielemann 

Con su habitual mezcla de rigidez de movimiento y nitidez de instrucción a los instrumentistas, Thielemann dirigió con lacerante claridad y precisión. ¡Que multiplicidad de miradas e inflexiones de dedos, manos y brazos! ¡Y que intensidad de propósito para redondearlo todo con magistral graduación de dinámicas! 

Pero su obsesión por controlarlo todo lo hizo demasiado intrusivo y hasta alcanzó un ribete cómico cuando al comienzo de la Marcha Radetzky interrumpió el aplauso acompasado del público hasta el momento de autorizarlo él una vez subido al podio. Ostensiblemente, el prusiano se aplicó a este concierto mit deutscher Gründlicheit, esto es, con profunda y detallada eficiencia alemana, aún cuando los vieneses gustan bromear que al obsesivo perfeccionismo “a la alemana” ellos contraponen su legendaria Schlamperei, esa pereza cínicamente humorística para aceptar lo que destino quiera, sin aristas o voluntarismos excesivos. 

Y así era Boskovsky con sus instrucciones más bien difusas y sus gestos casi bailables cuando actuaba como primer violín. Porque, lo atestiguan los conciertos televisados, él no se exhibía al público de EUROVISIÓN como Maestro Celebérrimo sino que se presentaba como un miembro más de esa orquesta de la cual seguía siendo sólo un instrumentista que se ponía de pie para guiar a sus colegas una respuesta coordinada. En una palabra, como un Kapellmeister, fiel a la tradición que presenta al director de orquesta como un facilitador y no como divo empeñado en mover los brazos como un rematador de subasta para autorizar la emisión de cada acorde. 

El vals de los delirios

Sirva como ejemplo la antítesis entre ambos directores en el caso del Delirienwaltz o “Vals de los delirios” de Joseph Strauss, compuesto para el Baile de los Estudiantes de Medicina que tuvo lugar en el carnaval de 1867, poco después de los miles de muertos sufridos por Austria en la batalla Königsgrätz librada contra Prusia. 

Los superficiales comentarios de EUROVISION omiten normalmente mencionar que frecuentemente los valses vieneses se bailaban “sobre el Titanic”, como ecos de una tragedia a olvidar o premonición de la que se aproxima. En este contexto la Schlamperei es una especie de “¿Qué me importa?” o, como cantan en El Murcielago, “Glücklich ist, wer vergisst, was doch nicht zu ändern ist.“ (¡Feliz el que olvida lo que no se puede cambiar!). “Quiero que la gente delire al bailar su nuevo vals” dijeron los organizadores del baile a Strauss, que tituló a su obra de los Delirios en parte como una enajenación saludable frente a una realidad difícil. “A veces es mejor entregarse a la enajenación que tratar de curarla” pareciera sugerir Strauss a los estudiantes de medicina. 

La introducción de este vals incluye trémolos tan sombríos y trágicos que cuesta visualizar a parejas dispuestas a entregarse a los delirios del carnaval. Pero enseguida arranca la melodía en tiempo de vals que nos lleva a un lugar diferente, no ya jubiloso (el vals es en tonalidad menor) sino más bien de una expansión sedativa, algo así como un calmante y,… sí, para entregarse y olvidar, tal vez con una pequeña dosis de optimismo en la coda.  

Thielemann se jugó todo en una introducción que sonó pesadamente wagneriana y que precisamente por ello siguió pesando demasiado a lo largo de toda la pieza. Por lo menos en comparación con Boskovsky, que sabía tratar las texturas sombrías del comienzo sin énfasis exagerados sino con esa liviandad necesaria para flotar, en lugar de hundirse en acentos excesivamente marcados. 

A partir de esta liviandad inicial, Boskovsky instruía…¡no, mejor dicho, permitía! que la orquesta se entregara a un tiempo de vals similarmente ágil, que parecía escaparse con impulso propio e independiente de la ejecución. ¡Qué mágico era verlo, con mirada distraída y apenas marcando, bien en el estilo de otros directores que frente a cualquier partitura anatemizaban el exhibicionismo en el podio como, por ejemplo, Richard Strauss o Karl Böhm! 

Epílogo 

Como homenaje a Willi Boskovsky, la DECCA distribuyó la grabación en vivo su último Concierto de Año Nuevo, con aplausos y todo, e incluyendo su invitación a entregarse al “vals de los valses” olvidándose de todo. Tal vez por el recuerdo de haberlo visto en vivo, este concierto queda como mi preferido. ¿Hay algún otro director que haya podido igualar el balance entre la percusión y las cuerdas en la obertura La bella Galatea o la Schlamperei de los ralentandos en el vals de Loreley? Y en lo que al “vals de los valses respecta”, un video de YouTube de 1964 muestra a Boskovsky dirigiendo un Danubio Azul en el cual después de la introducción la orquesta deja caer el tema principal con la naturalidad de una gota de agua.

En sus entrevistas este violinista cum Kapellmeister ha hablado de su experiencia como concertino frente a todos los famosos, desde Richard Strauss hasta Karajan, pero sospecho que quien más le intrigaba era Furtwängler por la reticencia de éste último para instruir con precisiones estilo Thielemann. 

“Maestro, ¿no podría marcar un poquito más en esta sección?” le preguntó una vez Boskovsky a Furtwängler, que respondió: “¡No, No! ¡Saldría demasiado directo!” En este caso se trataba de un pasaje de Fidelio que Furtwängler interpretaba como la misteriosa vaguedad a través de la cual, también en muchos valses vieneses, el arte musical respira con la indefinición y el misterio de una magia. 

Cuando la orquesta le sugirió a Boskovsky dirigir los Conciertos de Año Nuevo surgió ese diálogo típico de “No, no sé si animarme” y “No te preocupes. ¡Nosotros te ayudamos!” Y así pasó este violinista de su atril al podio, sin dejar de ser parte de una orquesta que, en buenas manos, más que tocar valses se entrega a ellos, sin necesidad de los forzados afanes de algunas batutas tan célebres como molestamente intrusivas. 

Tal vez, algún día, la Filarmónica de Viena volverá a animar a uno de los suyos para que, violín en mano, se suba al podio para volver a transmitir, en genuino tiempo de vals, el alma de una ciudad y una orquesta incomparables. 

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